Frei y Piñera se disputan hoy la Presidencia de la República
Por: Mario Amorós
Público

Hoy el pueblo chileno escogerá a su nuevo Presidente entre el derechista Sebastián Piñera (vencedor en la primera vuelta con el 44% de los votos) y el democratacristiano Eduardo Frei, quien el 13 de diciembre logró el 29,6%. Será probablemente una jornada muy emocionante, de resultado incierto hasta muy avanzado el escrutinio, puesto que la derecha no triunfa en unas elecciones presidenciales desde el 4 de septiembre de 1958 y no ha superado el 50% de los sufragios (imprescindible para relevar a Michelle Bachelet en La Moneda) en ninguno de los 26 comicios celebrados desde la derrota del general Augusto Pinochet en el histórico plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Las estrategias de Piñera y Frei de cara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales han sido muy diferentes. Mientras que el representante de la Coalición por el Cambio ha insistido en su discurso amable, en apariencia inofensivo, sobre la necesidad de la alternancia tras veinte años de gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, Frei ha intentado atraer al 26,3% de electores que hace un mes apoyaron al independiente Marco Enríquez-Ominami y a Jorge Arrate, el candidato de la izquierda. Esta ineludible apuesta por superar las fronteras de una Concertación agotada históricamente le ha granjeado el apoyo de la mayor parte de las fuerzas de izquierda e incluso de Enríquez-Ominami, quien alcanzó un decisivo 20,1% y el miércoles anunció que votará por quien ya fue Presidente entre 1994 y 2000.

La solidez electoral de la derecha, pero también sus probadas dificultades para conquistar el apoyo de la mayoría ciudadana y la profunda crisis de la Concertación anuncian un nuevo escenario político y, al mismo tiempo, conceden una oportunidad inesperada para un avance significativo de la sociedad chilena hacia más democracia y más justicia social, en uno de los países donde la brecha entre ricos y pobres es más acentuada. Esta posibilidad se encarna en los doce puntos programáticos comprometidos el 20 de diciembre entre la candidatura de Eduardo Frei y el Partido Comunista y sus aliados ante la segunda vuelta.

La elaboración de una nueva Constitución en el año del bicentenario de la independencia, que sustituiría a la impuesta por la dictadura en 1980 (aún vigente, aunque reformada en 1989 y 2005), el mantenimiento del carácter público de la Corporación del Cobre (la principal fuente de ingresos del país, “el sueldo de Chile” según la definición acuñada por el Presidente Allende al lograr su nacionalización en 1971), el fortalecimiento de una educación y una sanidad públicas de calidad, la ampliación de los derechos de los trabajadores, el respeto a las exigencias de los pueblos originarios, la democratización de los medios de comunicación, la anulación del decreto-ley de Amnistía de 1978 o la construcción en torno a Unasur de un marco sudamericano de paz y seguridad cooperativa son algunas de las propuestas de hondo calado presentadas por Frei a la izquierda.

Este programa, principalmente las características de la nueva Constitución, plantea la posibilidad de un viraje histórico en Chile a partir del 11 de marzo, cuando Michelle Bachelet entregará la banda presidencial a su sucesor. Hablamos de la posibilidad de la anulación definitiva del legado institucional lastrado por la dictadura militar y del distanciamiento del modelo neoliberal que, antes que Margaret Thatcher y Ronald Reagan, Pinochet y los epígonos locales de los Chicago Boys impusieron a partir de abril de 1975, mientras la DINA y los otros organismos represivos de la dictadura se concentraban en el exterminio del movimiento popular.

Por el contrario, la victoria de Sebastián Piñera significaría la profundización de la privatización de la sanidad y la educación, los recortes de los escasos derechos sindicales y de los trabajadores, la privatización al menos parcial de la minería del cobre, mayores beneficios para las grandes empresas y el capital financiero, un retroceso en los derechos civiles producto de la hegemonía de los sectores fundamentalistas que dirigen los dos grandes partidos de la derecha (Renovación Nacional y, sobre todo, Unión Demócrata Independiente) y el fin de los juicios a los casi 800 represores de la dictadura actualmente procesados. Además, en política internacional, Piñera se aproximaría al papel que ejerce en América Latina el presidente Álvaro Uribe, a quien visitó en Colombia en julio de 2008 y le expresó su admiración por su política de “seguridad democrática”.

La historia de Chile registra una encrucijada similar a la actual. El 25 de octubre de 1938 el millonario Gustavo Ross, quien había amasado su fortuna como especulador en la Bolsa, disputó la Presidencia de la República al maestro Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, que unía a los partidos Radical, Socialista y Comunista. El derechista Ross perdió por apenas tres mil votos y el gobierno de Aguirre Cerda abrió una nueva época con su apuesta por la industrialización del país de la mano de la inversión pública y la aprobación de relevantes leyes sociales, algunas de ellas impulsadas por un joven diputado y desde 1939 ministro de Salubridad llamado Salvador Allende.

Hoy el pueblo chileno tendrá que escoger entre dos opciones para los próximos cuatros años: el retorno a las políticas económicas y “sociales” que muchos de los dirigentes de la derecha actual ya desplegaron durante la dictadura de Pinochet (y que condenaban a la pobreza a más del 40% de la población en 1989) o el apoyo a un nuevo programa que ha forjado una alianza entre las fuerzas del centro y la izquierda, a unas transformaciones democráticas que trazan en el horizonte las grandes alamedas de las que Salvador Allende habló una negra mañana de septiembre de 1973.