Lunes, 16 de febrero de 2009
Crisis y perspectivas
Por: Juan Diego García.

Guardando las debidas distancias que impone el tiempo sobre los acontecimientos no es pequeña la tentación de establecer paralelos entre la crisis actual y la Gran Depresión de los años treinta en Latinoamérica.

Entonces como hoy las políticas que habían servido de sustento teórico y práctico al capitalismo en crisis se desgastan y fuerzas políticas nuevas entran en escena y ocupan los gobiernos mediante sonados triunfos electorales o movimientos revolucionarios.

En Latinoamérica hasta entonces concentran riqueza y poder unas oligarquías indolentes, ajenas a todo proyecto de desarrollo capitalista propio, agentes de cualquier imperialismo (en el siglo XX sin duda el estadounidense) y sanguinarias en grado sumo, encarnadas en tiranuelos de opereta, juristas e intelectuales de pacotilla, militares de gatillo fácil y curas ignorantes prendidos aún de la tradición premoderna del catolicismo. Del gobierno les desaloja la mayoría pobre compuesta por campesinos, obreros, artesanos y sectores medios empobrecidos, a cuya cabeza se coloca o un sector progresista de la misma clase dominante (industriales, por lo general) o grupos medios de intelectuales, profesionales, empresarios y hasta militares patriotas, sin que falte tampoco el aporte de sindicatos de clase y partidos comunistas y socialistas. Pero en ningún caso se trataba de promover el socialismo; el objetivo compartido no era otro que superar el modelo oligárquico y colonial previo a la crisis e intentar un desarrollo capitalista autónomo que, de todas maneras, representaba un salto gigantesco frente a la situación anterior y abría para todos halagadoras perspectivas.

Hoy como ayer, los renovadores entendieron que su proyecto no era posible sin introducir profundos cambios en la sociedad que ahora debían gobernar y sacar del atolladero que todos entendían como fruto, entre otros, del vínculo con la economía metropolitana, ahora en crisis. La demanda de materias primas, base tradicional de sus economías se veía ahora muy reducida, los precios caían vertiginosamente y la posibilidad de comprar lo que antes se importaba se reduce de forma dramática. El reto era entonces cambiar la orientación del modelo. Si antes la actividad económica se dirigía básicamente a exportar a los países ricos, cancelada temporal o parcialmente esta posibilidad solo quedaba volverse hacia el mercado interno. Ante el colapso de las importaciones (por la escasez de divisas) la única salida estaba en substituirlas por la producción local. Para empezar se contaba con el modesto desarrollo de algunas fábricas y talleres y con la acumulación que se salvara del despilfarro de las viejas oligarquías. Ahora bien, para generar un mercado interno dinámico era indispensable afectar los intereses de la elite criolla, sobre todo al gremio latifundista mediante una profunda reforma agraria.

Por eso los renovadores de entonces emprenden cambios sustanciales en el régimen de la propiedad rural, el sistema político, la educación, la estructura y función del Estado, el carácter laico de las instituciones, la nacionalización de recursos naturales (casi todos en manos extranjeras) y demás medidas que se conocen como «desarrollismo» o «populismo». Los paralelos con la situación actual saltan a la vista a pesar del tiempo transcurrido y ponen de manifiesto cómo aquellas reformas o fracasaron o se quedaron cortas, convertidas en las permanentes asignaturas pendientes de la sociedad latinoamericana.

En efecto, el alcance de estas reformas fue muy limitado y desigual de país a país aunque en términos generales supuso un avance considerable que abrió en muchos sentidos la puerta a la modernidad a sociedades dormidas en el medioevo y la economía de enclave. Pero una cosa si aparece como constante en todos ellos: la contrarrevolución fue fulminante. En todos los lugares, a excepción de México, probablemente por el mayor protagonismo popular de su proceso. Con dictaduras civiles y militares las viejas oligarquías retornaron al gobierno y sometieron violentamente al movimiento popular, recuperando privilegios, reordenando las formas de la dependencia (con la ayuda invaluable de sus aliados extranjeros que en algunos casos incluyó la invasión de los «marines»). Pocas conquistas sobrevivieron; en su mayoría fueron totalmente abolidas. La reforma agraria, por ejemplo, solo tuvo éxito allí donde la revolución triunfó de manera contundente (Cuba) pero sigue siendo una necesidad prácticamente en toda la región, inclusive allí donde llegó más lejos como en Bolivia y México. Más que revolución agraria se ha producido una gigantesca contrarreforma que tiene en Colombia su ejemplo más dramático.

Como si se tratara de una secuencia inevitable, de un eterno retorno, en Latinoamérica las crisis profundas del sistema capitalista provocan el ascenso de fuerzas progresistas que con las banderas del desarrollismo, el nacionalismo y la justicia social intentan sacar a esos países del atraso y la dependencia promoviendo un orden económico moderno y una democracia efectiva. En su propósito los reformistas rechazan para sus naciones el rol de eternas economías complementarias, de apéndices de las naciones metropolitanas; apuestan por la democracia, como un proyecto de las mayorías y han decidido no ser en el futuro países cloaca en los que el mundo rico arroja sus desechos; también los culturales.

Hoy como ayer, todo indica que la gran crisis se manifestará no solo en una caída de las exportaciones tradicionales (por falta de demanda de los países centrales). Una cierta desconexión resulta inevitable y como antaño se vuelve a enfatizar en la necesidad de incentivar el mercado interno, fortalecer el trabajo nacional, recuperar (y en algunos casos construir) las instituciones públicas, reafirmar la soberanía nacional (el distanciamiento de Washington, del Banco Mundial y del FMI sería uno de sus síntomas más claros) y sobre todo emprender las reformas siempre postergadas que materialicen la justicia social, el bienestar y hagan que la democracia sea algo más que una palabra vana.

Como elemento novedoso y positivo en el actual panorama del continente debe destacarse el proceso de integración regional que favorece la unidad política, la complementariedad económica, el dinamismo de los mercados, la cooperación y el común objetivo del desarrollo, sin excluir temas tan decisivos como la defensa y la seguridad.

Pero si de algo valen las enseñanzas de la historia, sería ingenuo desentenderse de los factores que conspiran contra este proyecto y que son los mismos de siempre: los intereses de la burguesía criolla y sobre todo los intereses del capitalismo mundial que prefiere a Latinoamérica como abastecedor de materias primas, mercancías simples y mano de obra, además de consumidor cautivo de los excedentes agrícolas e industriales del Occidente rico, además de reserva estratégica en las pugnas por el dominio mundial entre los viejos y los nuevos imperialismos. No asombra en consecuencia el tratamiento tendencioso que las multinacionales de la comunicación dedican a los procesos nacionalistas y reformistas de Latinoamérica. Como voceros del gran capital internacional, no hacen más que responder a los intereses de sus propietarios; sus mentiras, tergiversaciones y la desinformación sistemática sirven además de alimento a las campañas internas de la oposición de derechas. Pero no todo son palabras; conspiran de mil maneras y preparan los clásicos golpes de estado utilizando el conocido manual de la desestabilización que incluye todo tipo de medidas desde las algaradas y desórdenes callejeros hasta los rumores y el terrorismo mediático, el sabotaje de la economía productiva, el desabastecimiento y las huelgas financiadas por extrañas manos (no tan extrañas) Y unas ONGs multimillonarias que lo financian todo con tal de alimentar el caos. La derecha, hoy como ayer, no abandona por supuesto la tarea de influenciar a las fuerzas armadas (hasta ahora, sin éxito), hacer uso del atentado terrorista y, si llega el caso, propiciar el magnicidio y exasperar la situación hasta que desemboque en la guerra civil.

Por ahora en Latinoamérica se van cumpliendo algunos de los actos obligados del eterno drama de estas democracias de papel: profundas crisis del sistema que provocan la salida del gobierno de los partidos tradicionales de la burguesía criolla; toma del poder político (que no del económico) por parte de movimientos populares; inicio de profundas reformas en todos los órdenes, particularmente en lo económico y lo político; recuperación de los recursos naturales (una de las principales riquezas de estos países) y manifestación de independencia y soberanía respecto a los grandes centros de poder mundial. Entonces se produce el segundo acto: reacción violenta de los sectores desplazados, en defensa de sus privilegios, con la generosa ayuda de las empresas transnacionales y sus gobiernos respectivos (conocidos ahora como «comunidad internacional»), combinando las clásicas reconvenciones paternalistas con las amenazas y la arrogancia, las medidas de presión con la intervención grosera al más clásico estilo de la «diplomacia de cañoneras».

El tercer acto está en curso allí donde las contradicciones alcanzan niveles mayores: Venezuela, Bolivia y Ecuador -por ahora-. El desenlace está abierto y dependerá de la correlación de fuerzas que se genere. Una batalla decisiva que se resolverá a favor del progreso si se consigue la adecuada movilización y organización de las masas trabajadoras, si los dirigentes actúan con prudencia y decisión y, también, si se cuenta con la solidaridad activa de los trabajadores del mundo metropolitano que afrontan la misma crisis aunque en condiciones menos malas; una hecatombe mundial que solo tiene un culpable: el capitalismo.

No se sabe cómo se van a desarrollar los acontecimientos en los próximos días en el mundo rico, sumido en una crisis sin precedentes. Dada la actual debilidad relativa del movimiento popular allí, es muy probable que los capitalistas consigan sus propósitos y la solución se descargue en buena medida sobre las espaldas de la población. No está a la vista ninguna revolución pacífica o violenta en el Primer Mundo aunque tampoco el capital saldrá completamente ileso del presente impasse. Pero en Latinoamérica, por el contrario, solo los optimistas incorregibles creen que la derecha aceptará perder o al menos ver reducidos sus privilegios y que en un arranque de generosidad aceptará la decisión de las urnas sin ejercer la violencia que tan buenos resultados le ha reportado siempre. La «obamanía» no solo hace estragos entre las almas buenas de Europa y Estados Unidos; también lo hace entre el criollaje. Veremos cuándo dura.

http://www.argenpress.info/2009/02/crisis-y-perspectivas.html