HECATOMBE O SALVACIÓN
Por: Darío Botero Pérez

Homenaje al distinguido apóstol de la igualdad,
la libertad y la justicia, Salvador Allende,
en el 36 aniversario de su asesinato
por el neoliberalismo naciente.


Son patentes las descomposiciones política, social y moral que está sufriendo la patria a raíz del imperio de la república mafiosa, en particular desde que uno de sus más caracterizados y antiguos promotores se tomó la presidencia, engañando, con promesas de depuración de las costumbres y derrota de la subversión, al electorado, que no lo conocía y le comió cuento.

Son promesas que no ha cumplido porque su verdadero propósito es consolidar una dictadura de extrema derecha y economía dependiente de los monopolios extranjeros, absolutamente arbitraria y corrupta. Para ello, la existencia de una oposición armada le es muy útil, quizás tanto como sus otros tres aliados: la corrupción, la politiquería y el clientelismo, más grandes y osados que nunca en lo que va corrido de nuestra corrupta y falseada historia.

Afortunadamente, tampoco ha podido realizar plenamente sus propósitos despóticos, porque la parte sana de la sociedad, particularmente la representada en el poder judicial no corrompido, ha tenido la gallardía, la dignidad y el valor civil necesarios para defender lo poco decente que hemos logrado conservar.

También, los periodistas independientes, los ciudadanos no contaminados y las ONGs han contribuido a frustrar los planes de los bandidos narcotraficantes de derecha para “refundar la patria” a su favor, según sus caprichos y miserias éticas y morales; ajustados a sus valores de bandidos.

Para mayor desgracia, la cabeza visible pero irresponsable e inmune a la ley, del poder de las “clases emergentes” –como se conoce a los nuevos ricos criminales, aliados de tantos políticos y oligarcas tradicionales-, también es un discípulo, apóstol y defensor vergonzante, furibundo y anacrónico, del fracasado neoliberalismo.

Al fin y al cabo, desde su juventud estuvo vinculado a la, en ese entonces, naciente política económica impuesta por el llamado “Consenso de Washington”. Éste se conoce más como “neoliberalismo” o “capitalismo salvaje”, y se funda en las teorías de Milton Friedman, un ganador del espurio premio Nobel de Economía, gestor de la “Escuela de Chicago” que dio sustentación teórica a la andanada imperialista impulsada por Richard Nixon y su secretario de estado, todavía vivo, impune y aconsejando a Obama, Henry Kissinger.

La estrenaron en Chile tras el asesinato del dignísimo Salvador Allende el inolvidable 11 de septiembre de 1973, por la basura humana que en vida respondió al nombre de Augusto Pinochet.

En Colombia -como en muchos países dependientes pero, en esa época, menos dominados por USA que el Chile del arrastrado traidor Pinochet- la estrategia neoliberal se implementó por etapas, empezando por la promoción del endeudamiento público.

Éste se promovió a través del Banco Mundial (BM) y sus agencias, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Corporación de Fomento Internacional (CFI) y la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), creadas para atender distintos tipos de países, clasificados según la fortaleza de sus economías domésticas.

Al efecto les ofrecieron a los gobiernos préstamos gigantescos para construir obras de infraestructura que dizque traerían progreso y nos situarían en la ruta del desarrollo capitalista imparable y generoso.

Naturalmente, la oportunidad de enriquecimiento rápido –y hasta súbito- fue un señuelo irresistible para nuestros padres de la patria, siempre corruptos y a la espera de prebendas que compensen su sacrificio por los demás ciudadanos ajenos a la política y el poder.

En consecuencia, la peste del neoliberalismo pronto empezó a echar raíces en los países dependientes, mediante el creciente endeudamiento externo, que años después fue causa de una crisis financiera internacional en las postrimerías del s. XX, conocida como la “Crisis de la Deuda”.

En Colombia, la represa del Peñol en Antioquia, surgió de esa política imperialista. El entonces joven Álvaro Uribe Vélez cumplió un destacado papel, como funcionario de EPM, en la negociación para adquirir los predios afectados por el mega proyecto.

Posteriormente, otras calamidades neoliberales nos fueron impuestas, como la ruina del aparato productivo nacional y el golpe de muerte a la sociedad anónima que protagonizó Alfonso López Michelsen en alianza con su primo delincuente de cuello blanco, Jaime Michelsen Uribe, cuyas maniobras también dieron pié para la ruina del sector financiero, que estalló durante el gobierno de Belisario Betancur Cuartas.

Tales proezas del “pollo” López -padre de un precandidato presidencial actual, homónimo suyo- crearon las condiciones para la desnacionalización del aparato productivo doméstico, tanto como de los recursos naturales. El tradicional saqueo imperialista ascendió de nivel, y se derrumbó la política de “sustitución de importaciones” que había promovido la CEPAL (Comisión Económica para América Latina).

Después se presentó la apertura incondicional del mercado interno a las mercancías extranjeras, impuesta por César Gaviria Trujillo. Ésta le sirvió para emular al dentón Alberto Lleras Camargo, pasando 10 años como Secretario General de la OEA, luego de terminar su período presidencial sin imaginarse siquiera que podía seguir mangoniando desde algún proyecto reeleccionista, expresamente prohibido por la Constitucuón que vió la luz durante su período y que Álvaro Uribe se empeña en pisotear como nadie, aunque juró defenderla.

Claro que tal recompensa por sus servicios a las multinacionales tuvo que lucharla contra otros aspirantes, para lo cual la ayuda de la carismática camaleónica Noemí Sanín, otra eterna candidata presidencial, entonces en todo el esplendor de su belleza, fue fundamental e imprescindible.

Con Álvaro Uribe Vélez, lo más notable ha sido la consolidación de todas esas políticas depredadoras, parte de las cuales impulsó como senador, precisamente durante el gobierno de su actual contradictor, César Gaviria, quien, a más de la ruinosa apertura, se empeñó a fondo en la privatización de los servicios de salud y en arrebatarles a los trabajadores sus conquistas laborales, conseguidas tras luchas intensas.

Por eso, como presidente, Uribe ha llegado al punto de privatizar, preferiblemente con inversionistas extranjeros, hasta las más sagradas y exclusivas funciones públicas, que el Estado tiene la obligación de prestar directamente a la población, como la provisión de servicios básicos de agua potable, alcantarillado y energía, la vigilancia armada, la salud o la educación.

Un colmo de esta desnaturalización del estado liberal clásico, lo constituye una denuncia sobre las Empresas Municipales de Cali, que el gobierno vendepatria se empeña en entregarle a alguna multinacional con pretextos tan viles como los que adujo para entregarle la empresa insignia de las telecomunicaciones, Telecom, a la multinacional española Telefónica; o la costosa marca Ola de EPM a Comcel; o Isagén quién sabe a quién, si nos dejamos.

Resulta que esa empresa pública, tan querida para los caleños, contrató con particulares las tareas de espionaje a los ciudadanos, que serían del resorte exclusivo de alguna entidad oficial, y que tanto han desacreditado al gobierno nacional por lo que le compete al DAS (Departamento Administrativo de Seguridad, creado por el dictador Rojas Pinilla como su aparato represivo de bolsillo) en el delito de las chuzadas telefónicas y los seguimientos ilegales.

Evidentemente, de la sociedad pacata escandalizada en 1994 por los aportes del cartel de Cali a la campaña presidencial de Ernesto Samper Pizano, a la sociedad que eligió en 2002 a Álvaro Uribe Vélez, hay una diferencia abismal en términos de moralidad y decencia.

La actual ha alcanzado un grado tal de descomposición, que es imposible creer que sea la misma que llegó a matar a Álvaro Gómez Hurtado porque se negó a encabezar un golpe de estado contra Samper.

Aclaro, Es inconcebible que la hipócrita sociedad que se sintió tan ofendida y consideró tan vil e indigno al gobernante, hasta planear derrocarlo por su indelicadeza inusitada (realmente, antes de Samper fueron muchos los candidatos que recibieron fondos de la mafia, pero no era de dominio público), sea la misma que se hace la ciega ante las lacras purulentas que exhiben Álvaro Uribe y sus patrocinadores.

Ahora resulta que Samper es una potencia moral. Ya no es repudiado ni excluido, sino admirado. Quizás hasta le habrán devuelto su visa USA que le quitó Clinton. Por eso, ya habla con desparpajo en escenarios distinguidos y da lecciones de ética, decencia y buenas costumbres.

En cuanto al asesinato de Gómez, eso sí es natural en nuestro estado criminal desde el asesinato de Sucre, como mínimo.

Actualmente, cada delito de cada cómplice del gobierno ilegítimo, tanto como la sarta de irregularidades, crímenes y canalladas que lo han caracterizado desde que inició su primer mandato, a los ojos de sus acríticos, violentos y decididos fanáticos descerebrados, parecen constituir virtudes y méritos para seguir apoyándolo en sus aspiraciones dictatoriales.

¿Será que la mayoría de la sociedad colombiana que presumía de decente se ha vuelto abyecta? El interesante e inédito proceso político que estamos viviendo y que tenemos la obligación de iluminar con la verdad sobre sus actores, nos dará la respuesta.

De ahí la importancia de que los buenos demuestren que son más, porque el terreno ganado por los malos es grande, y están dispuestos a quedarse con todo, así toque a la “berraca”, pues se creen la mayoría, y son una masa fanatizada e irracional, dispuesta a lo que sea por defender a su carismático, trabajador y pulcro caudillo tropical.

La constitución de 1991 les importa un rábano. Añoran la aristocrática que redactó Miguel Antonio Caro, el tío abuelo del precandidato Rafael Pardo, y que impuso en 1886 el famoso tránsfuga Rafael Núñez, ídolo de Álvaro Uribe, negándole la soberanía al pueblo para asignársela dizque a la nación.

En consecuencia, le corresponde al pueblo defenderse desmintiendo a las presuntas mayorías, fruto de encuestas amañadas, empeñadas en sacar adelante una ilegítima convocatoria a un plebiscito presentado como si fuese un referendo, destinado a legitimar la dictadura uribista.

Tenemos la obligación de rescatar nuestra dignidad como sociedad, rechazando la condición de país paria en que nos está sumiendo el régimen mafioso y neoliberal, para vergüenza de los ciudadanos decentes, sobrevivientes de la guerra sucia que nos agobia hace medio siglo, y que en el presente ha alcanzado sus más asquerosas manifestaciones

Por eso, no hay derecho a seguir apoyando al “padrecito” Uribe, pues tenemos que evitar que se perpetúe en el poder, como José Stalin, su antípoda ideológico pero su par moral. Es tan mentiroso e iluminado como el mismísimo Hitler, lo que le mereció el reconocimiento del criminal Bush y el repudio de la humanidad decente.