Jueves, 26 de marzo de 2009
La mujer: Regreso al Edén
Por: Arnulfo Poyer Márquez

El Edén es un arquetipo de felicidad perpetua que no conoce el dolor. Todo está dispuesto para satisfacer a capricho. En el devenir humano es casi certero que el momento existió, sin tener que quitarle o añadirle un ápice a la hipótesis de Freud de que el susodicho es un recuerdo in-sub-consciente, qué sé yo, de nuestro estado amniótico cuando estamos gestándonos en el vientre materno.


Sin avanzar un paso más allá, aquí en el suelo patrio del planeta, las connotaciones apuntan a que el hecho en si, sí posee articulaciones que indican su existencia. Con sus matices paradójicos de gula y/o violencia que ocasionan las “disimilidades”, ese momento, convergencia y partida de aprendizajes, fue irradiación atómica a un hastío de zozobra, final de una era que solo conocía de defensa, así fuese el ataque ofensivo su carácter.

El Edén es el tránsito de la nomadía a la vida sedentaria. El conocimiento de la agricultura. La agricultura sobre la cacería, la suma de ambas, al aumento de la estabilidad. Nuevas formas de conquistar que exterminaron un modus de azoramiento que guardarían en sus arquetipos, mitos, y que el tiempo se los tragaría hasta el completo olvido. La generosidad de Madre Tierra como parangón incomparable es en ese lapso, medida que modela cierta tipología de deidades que de seguro también reflejarán caracteres de las sociedades que las adoraban. La creatividad florece a la disolución de la zozobra. Se descubre otra sazón a la vida, que va proporcionando artimañas mientras más luces arrojan los convenios y pactos entre las curiosas comunidades.

La agricultura es el ticket de entrada del hombre al planeta, aún continúa siéndolo. Si el hombre no se detiene, ya sería palillo de dientes de cuanto bicho lo olfatease o sintiera cerca. En efecto, lo ha sido en tanto los criterios de superioridad de sus propios hermanos más estabilizados, catalogaron como propios irracionales a los aborígenes, a los americanos por ejemplo, donde se “detuvo” el aprendizaje, que no fue otra cosa que el criterio “pre-metal”, que aún permanecía en cuanta cultura ¿rezagada? seguidora de las categorías añejas traídas de sus antiguos lares, trasladadas y moldeadas en las nuevas patrias de los mundos nuevos. Todas las culturas establecidas en América que tuvieron ascendiente sobre sus vecinos, agradecieron el domesticaje que les brindara la agricultura, con la cual sus monumentales testimonios reflejan el tiempo para el discernimiento que las nómadas no reunieron.

La agricultura es la trascendencia más importante descubierta, inventada o forjada por el ser humano, que lo distingue de cuanto lo rodea. Es tal el alcance que es desde entonces que el ser humano distingue su fortaleza, superior a los dioses anteriores del azoramiento, fantasmas neuróticos que perseguían y husmeaban los pasos de los débiles humanos. La nueva gama de divinidades se deslumbra con figuras heroicas en nada parecidas a la nueva ola de divinidades: MUJERES. Mamuts, jabalíes, venados, caminos, rayos, tormentas, sequías, daban paso a deidades que ofrecían sus bondades con sólo tener con qué “pagarles”. El pago era cierto trueque, cierto objeto, peculiaridad que tuviese costo, con qué recibir lo que se quería, que también contenía su costo y fuese preciado por ambos convenientes.