“La estratificación tiene un poder muy fuerte para nombrar y categorizar a otros y yo sí creo que tiene un poder gigante de segregación”, dice la socióloga, economista e historiadora colombiana Tatiana Andia.

En Colombia, las personas tienen muy claro el lugar al que aparentemente pertenecen o el que supuestamente deben ocupar. Ese dato se los recuerdan, cada mes, las facturas de los servicios básicos, donde, con un número del 1 al 6, les indican en qué escala de la sociedad se encuentran.
Existe “un marcador de distinción y de clase que es muy evidente, muy obvio, salta demasiado a la cara”, dice, en entrevista con RT, la socióloga, economista e historiadora colombiana Tatiana Andia, quien hace referencia a la “estratificación socioeconómica” que rige en el país, según la Ley 142 de 1994.
“La estratificación realmente surgió como mecanismo de focalización para dar subsidios o precios diferenciados en las tarifas de los servicios públicos”, explica la especialista. Pero esa diferenciación en el costo del agua, la electricidad y el alcantarillado también está asociado a “las viviendas, su calidad y, un poco, su imagen”, agrega.
De esta manera, el sistema clasifica a los inmuebles residenciales en seis estratos:
  • Bajo-bajo.
  • Bajo.
  • Medio-bajo.
  • Medio.
  • Medio-alto.
  • Alto.
El mecanismo, que funciona principalmente en las zonas urbanas —puesto que se asume que todas las rurales son estrato 1—, permite, entonces, generar un subsidio para los estratos 1, 2 y 3, y un sobreprecio (o contribución) para los estratos 4, 5 y 6.
“El subsidio a los estratos bajos se financia con el sobreprecio a los estratos altos”, aclara Andia, quien considera que “el principio es bonito y es un principio de solidaridad: quienes más tienen recursos pueden subsidiar a los que menos recursos tienen”.
Debilidades del sistema
Sin embargo, no todo es tan “bonito” como se plantea en los documentos que sustentan el mecanismo. Al respecto, Andia pone en evidencia algunas debilidades del sistema.
En primer lugar, la socióloga menciona que “hay un problema de actualización, en gran medida asociado con los costos”; es decir, es un mecanismo que no se actualiza con tanta frecuencia, debido a que cuesta mucho dinero hacerlo. “Eso genera que haya cambios urbanísticos muy importantes en las ciudades que no están capturados por el sistema o procesos de gentrificación, por ejemplo, de barrios que de repente ahora uno podría decir que son estrato 5 o 6, y siguen siendo estrato 3”.
Por ende, también puede ocurrir que personas que deberían estar en estrato 5 y 6, paguen servicios como si estuvieran en 1 o 2, y viceversa. “En un lado estás perdiendo recaudo y eso está mal; pero en el otro lado estás, probablemente, poniéndole una carga muy pesada a hogares que no tienen la capacidad de pago”, detalla la entrevistada.
La otra debilidad es que “no se sabe qué pasa dentro de los hogares”, dice Andia. Entonces puede suceder que una casa que parece estrato 4 o 5, en realidad esté albergando a más de un hogar y, por lo tanto, las familias estén viviendo en condiciones socioeconómicas no favorables.
La socióloga dice que, en esos casos, hay “una imprecisión entre la vivienda, la cosa arquitectónica y las condiciones de vida de las personas que habitan”.
“Un poder para categorizar a otros”
Pero este mecanismo, que en la teoría estratifica a los inmuebles residenciales, en la práctica se usa para clasificar a las personas. De hecho, se ha convertido en una etiqueta para cada colombiano.
“El Estado crea unas categorías, en este caso categorías de desigualdad socioeconómica, y la gente, de repente, comienza a identificarse o es identificada por otros a través de esas categorías, porque ese es el punto de referencia”, explica Andia.
Comenta que el estrato es una categoría que es fácil de identificar, incluso sin hacer la pregunta directa. “Yo no te digo: ‘¿tú qué estrato eres?’, sino que te pregunto dónde vives, y uno tiene ya un mapa de las ciudades por estratos porque, como todas las ciudades latinoamericanas, están muy segregadas”.
Entonces, solo con saber la dirección de una persona, se ‘determina’ a qué estrato pertenece. No solo geográficamente, sino en la escala de clases sociales del país.
“La estratificación tiene un poder muy fuerte para nombrar y categorizar a otros y yo sí creo que tiene un poder gigante de segregación”, analiza Andia, y señala que ello podría “tener impacto en el acceso al empleo, en el estigma, en los prejuicios, etc.”.
La socióloga cuenta que, en una oportunidad, cuando dictaba una clase de métodos cualitativos a estudiantes de arquitectura, les pidió hacer observaciones en la ciudad y tomar notas de campo. Al entregar la asignación, “varios estudiantes en sus notas de campo reportaban cosas como: una señora, evidentemente, estrato 3”, comenta la académica.
“Alguien cree que puede ver a una persona y saber de qué estrato es por cómo se vea físicamente, cómo se comporte y cómo se viste […] Entonces, la categoría se ha vuelto poderosa, porque se le van atribuyendo otras características”, enfatiza.
La estigmatización de las personas por el estrato ha llegado hasta niveles exagerados en la práctica. “Se oye mucho ‘este señor es estrato 7’, como diciendo que ya es otro nivel; y también se usa el estrato 0 para hablar de las personas que ni vivienda tienen, que viven en asentamientos informales, que no alcanzan, ni siquiera, a estar en la escala”, explica Andia.
“Es bien imperfecta la escala y creo que muchas de las frases que existen están muy asociadas a todo lo que no mide”, dice.
“Clase media pobre”
En este sistema de estratos, Andia menciona que “la clase media es la más fregada, porque, probablemente, el estrato no coincide con su nivel de ingresos”.
Explica que “en Colombia, justamente porque los estratos son tan importantes, la idea de movilidad social está muy asociada a mudarse de casa hacia un estrato superior”, pero señala que eso implica un costo, puesto que todos los servicios suben de precio, tanto los evidentes —agua, electricidad y alcantarillado— como el resto, incluyendo las compras en supermercados, farmacias, etc.
Ese espíritu de movilidad es más evidente en la clase media. “Si yo gano más y no me mudo, es como si no hubiera cambiado mi estatus social, entonces toca moverse; y uno ve las trayectorias de las personas así, como van cambiado de barrios”, detalla.
Sin embargo, la socióloga recalca que en Colombia “la clase media es poquita y, sobre todo, pobre”. Explica que este nivel socioeconómico es considerado desde que un hogar tiene un ingreso per cápita de más o menos 600.000 pesos (menos de 200 dólares).
Aunque exista ese objetivo de ir en ascenso, subir de estrato en Colombia “es una tarea titánica”, dice Andia, quien califica este proceso como “una historia de mucha inversión”.
Por ello, lo que ocurre con más frecuencia es bajar de estrato. “La historia de descenso es también dramática y traumática”, dice la socióloga, y sostiene que ese fenómeno se debe a que “es difícil mantenerse”.
“La clase media es, generalmente, asalariada; por lo tanto, cualquier choque, como pérdida del empleo, enfermedad, puede implicar que ya no puedes pagar el arriendo o la cuota de la casa o del apartamento del estrato en el que estás […] eso te puede devolver al estrato anterior”, menciona.
“Es la forma en la que nos dividimos”
“Cambiar el sistema de estratificación es algo supremamente costoso”, señala Andia, porque —dice— implicaría “repensar toda la estructura redistributiva de los servicios públicos”, entre otras cosas.
Sin embargo, eso no sería el fin de esa estigmatización. Para la académica, incluso si se llegara a cambiar ese sistema, muchas cuestiones ya interiorizadas en la sociedad colombiana no se acabarían.
“Así tú elimines los estratos como mecanismo de focalización, ya existe en el imaginario colectivo que esa es la forma en la que nos dividimos […] Yo creo que es por eso que nadie se está peleando para eliminar los estratos”, sentencia.
Edgar Romero G.

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