Por: Luis Manuel Arce Isaac

La Habana, 3 jul (PL) A la exprimera ministra de Reino Unido Margaret Thatcher y al expresidente de Estados Unidos Ronald Reagan se les atribuye un proyecto de internacionalización de la economía al que se le denominó globalización.

En esencia de lo que se trataba era de ampliarles el horizonte a las grandes corporaciones transnacionales para hacer más abarcador su dominio de los mercados comerciales y financieros, y garantizar con ello el poder político de Washington y Londres.

El trato consistió en coordinar políticas para alejar obstáculos a la expansión económica y financiera aunque hubiera que pasar por encima de los derechos de todo tipo, e incluso usar la fuerza militar, como hicieron de forma conjunta en Iraq años después George Bush y Anthony Blair.

Un hijo directo de ese pensamiento neocolonial fue la creación de los Tratados de Libre Comercio (TLC) cuyo modelo o matriz fue el firmado entre Estados Unidos, Canadá y México, conocido como Tlcan, semilla de lo que devendría en la fracasada Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Esa pretendida globalización conecta con lo que en aquella época se denominaba interdependencia económica, es decir, las relaciones que se establecen entre las naciones en los procesos globales de producción, las finanzas y el comercio.

Cada PIB particular guarda una dependencia relativa con la enmarañada red que une a esos procesos en un todo, al margen de la cual es casi imposible que una economía nacional pueda subsistir. Ese mecanismo estaba bajo el dominio de un sistema económico único de interdependencias con instrumentos adecuados como el Fondo Monetario y el Banco Mundial.

La interdependencia económica actuaba, y actúa en la comunidad internacional, como una fuerza endógena cuyo núcleo rector es la policolaboración multilateral.

Por el contrario, el sistema económico único lo hacía por encima de la comunidad, como un estado supranacional, y aunque su objetivo era la explotación de la periferia dependiente, la lucha entre los centros de poder desató en el propio seno de los países capitalistas altamente industrializados una peligrosa guerra proteccionista que repercutió de forma muy negativa en el sistema monetario internacional.

Vista como un esfuerzo para que las empresas transnacionales fortalecieran el control de ese universo de relaciones para afianzar su hegemonía, la globalización debía contribuir a que el acelerado proceso de fusión de diferentes ramas de la economía y de la ciencia no necesariamente ligadas entre sí por ciclos tecnológicos, no afectara el sistema sociopolítico que les servía de base ni generara nocivas guerras comerciales entre aliados.

Esa globalización atribuida a ambos gobernantes, no es expresión de la interdependencia económica vital entre las naciones del mundo, sino de lo que Frei Betto califica de globocolonización, o la dependencia económica y política moderna al imperialismo de una buena parte del mundo.

Esa globalización -o globocolonización-, es un reflejo de la división internacional capitalista del trabajo basada en el neocolonialismo y en el resucitamiento de doctrinas liberales o neoliberales que dan paso a inventos como los TLC en su versión más simple, o más compleja como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación (ATP) y su par sietemesina la Alianza del Pacífico suramericana con su pretensión de sustituir el ALCA y barrer la integración lograda por gobiernos progresistas como siguen insistiendo en su actual reunión en Chile.

Con la salida del Reino Unido de la UE, la que Londres contribuyó a crear, la situación se les complica a los gestores de la globocolonización porque con la victoria del Brexit se tambalea el andamiaje montado desde la época de la Thatcher y Reagan y hay temores de que derive en una nueva crisis financiera que impida mantener actualizada la globalización y la división internacional de los mercados en detrimento de la periferia exportadora de materias primas.

La crisis por el Brexit ha sacado a la superficie el gran rechazo popular a la UE que existe en los 27 países miembros y la insatisfacción en las clases sociales medias y pobres, que son la mayoría que votó por la salida británica de la Unión.

Como dice el catedrático catalán Vicenç Navarro, la pérdida de soberanía nacional que conlleva la UE ha significado la pérdida de soberanía popular y la triste confirmación de que «esta Europa no es la Europa de los pueblos, sino la Europa de las empresas financieras y de los grandes conglomerados económicos».

Y ya están sonando campanas por el Brexit, o quién sabe si por una desglobalización impensada hace solo unos años como resultado de una descomposición de la empresa transnacional.

En una declaración conjunta, la canciller alemana, Angela Merkel, notificó a Londres que solo podrá acceder al mercado único o común si acepta sus «cuatro libertades»: libre circulación de las personas, mercancías, servicios y capitales, en el área sin frontera determinada por la UE.

Acudiendo de nuevo a Vicentç Navarro, el establishment británico y el establishment de la UE habían movilizado todo tipo de presiones (por tierra, mar y aire) a fin de que el referéndum fuera favorable a la pertenencia y Reino Unido se mantuviera en ella como desea Estados Unidos.

De esta manera, el Brexit es un claro signo de afirmación y poder que las clases populares se opusieran y ganaran al establishment y por qué no, también a la globocolonización.

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