MÁS SOBRE EL DESMONTAJE DE LA SUPERESTRUCTURA CAPITALISTA DESDE LA TEORÍA Y LA PRAXIS SOCIALISTA

Por: Martín Guédez
Cada día se hace más evidente la necesidad de tener una vanguardia revolucionaria bien formada e ideológicamente sólida. Como casi todo cuanto ocurre en nuestra revolución, los esfuerzos tienen tanto de voluntaristas como de inconexos.

 No en vano partimos de la creatividad como fórmula y en ella todas las ideas se sienten incluidas y a gusto. No obstante, con todo el respeto por las variables propias de nuestras condiciones, algo habría de hacerse en el concepto básico de socialismo para que éste adquiera organicidad fecunda.

Para Marx, la ideología era: «El sistema de ideas y representaciones que domina el espíritu del hombre o un grupo social». Luego, Louis Althusser representaría la ideología en la forma de instituciones del Estado que actúan sobre lo escolar, familiar, religioso, jurídico, político, social, informativo, cultural, etc., en donde la ideología es determinante. Espacios donde la ideología tiene como función «transformar individuos concretos en sujetos». El estructuralismo de Althusser no supera el carácter reduccionista y economicista de clase. «Todo sujeto es un sujeto de clase; cada clase posee su ideología paradigmática; todo elemento ideológico tiene una necesaria pertenencia de clase». Esto es cierto pero –nos parece- esconde una trampa reduccionista así como unas debilidades, pues de ser estrictamente así los pobres del mundo -inmensa mayoría- no votarían o respaldarían a sus verdugos en clara migración de la conciencia.

Será Gramsci quien primero superaría el carácter reduccionista de la ideología. Niega que cada clase social posea una ideología paradigmática y considera en cambio que el carácter de clase de la ideología le es proporcionado por el tipo de articulación a que cada elemento es sometido. De resultas que, es posible transformar el carácter de clase de los distintos elementos ideológicos. Es una batalla por la apropiación de los elementos ideológicos fundamentales de cada sociedad para articularlos al respectivo discurso. Rompe, por decirlo así, con el carácter rígido según el cual cada clase es indefectiblemente prisionera de su discurso ideológico irremediablemente prefijado y por el contrario es posible desarticularlo, transformarlo y fecundarlo. En otras palabras, la ideología burguesa puede y debe ser desarticulada. Eso es mucho más importante en estos tiempos y en la circunstancia tan sui generis de la revolución bolivariana sometida a un masivo bombardeo por una superestructura capitalista intacta.

También explicaría la presencia en la historia de enigmas desconcertantes como cuando representantes naturales de una ideología de clase son ganados y transformados a través de su articulación al discurso de la ideología clasista opuesta. Vale decir que la ideología revolucionaria debe convertirse en estructuras con alto desarrollo de los sistemas de signos comenzando por el lenguaje. Debe convertirse en una fuerza real capaz de invadir la sociedad en la que se forma hasta hacerse un modo de ver las cosas cotidianas desde las relaciones sociales hasta las expresiones culturales más comunes.

Se hace desde luego imprescindible desmontar la ideología burguesa dominante desde la ideología revolucionaria y de ninguna manera apañándose o haciéndole concesiones a ella. Hacerlo le ha permitido al capitalismo sostener una estructura ideológica, una colonización de la ideología proletaria y con ello el mantenimiento del poder político y económico por siglos. Thernborn en su obra «La ideología del poder y el poder de la ideología» señala las variadas formas en que la ideología dominante alcanza el objetivo de preservar el poder para la clase dominante. A cada momento vemos dolorosamente como las mejores propuestas de la revolución bolivariana, desconcertantemente, terminan estrellándose contra el aparato ideológico burgués. Eso que coloquialmente llamamos la «herencia cuartorrepublicana» y que como una hidra de mil cabezas, aparece por todos lados en las formas de egoísmo, avaricia, corrupción, burocratismo, oportunismo pequeño burgués, etc., etc.

Podemos identificar algunas de las cabezas de la hidra. Veamos:
La adaptación. Esa suerte de fatum que hace ver como normal obedecer a los dominadores por los riesgos que supone la posibilidad de un régimen alternativo. Se habitúa la persona al hecho y lo acepta como normal por degradante que sea. Es normal que un funcionario público cobre una comisión por un favor; es normal que a un fiscal de tránsito le «quede alguito para dejarte ir»; es normal que el banco cobre por servicios que no debería; es normal, es normal, es normal…

La inevitabilidad. Referida en este caso a la obediencia natural a cuanto se presenta como lo normal porque se desconoce otra alternativa. Esta palanca del sistema económico dominante está basada en la exclusión del sistema político, al punto de que la injusticia es vista como algo inevitable. Digamos que la más generalizada de esta forma es aquella que señala «Siempre habrá pobres». Esta visión va acompañada de la opinión cínicamente crítica de los dominadores, por ejemplo: la Iglesia que siembra la sumisión y la resignación es una estructura ideológica al servicio de la clase dominante eficacísima por siglos para este fin.

La representatividad. Ese factor que hace creer que el representante lo es a favor de los representados. Un mecanismo perverso que lleva a confundir los valores de dominadores y dominados. Normalmente este factor se infunde a través de la educación y la penetración de los medios de difusión masivos.

El destino. Mecanismos por los cuales se piensa que los dominadores poseen cualidades que los hacen merecedores del dominio que ejercen. De nuevo aquí la educación, mediante el perverso sistema de exclusión de los pobres actúa para reforzar este concepto, pues los privilegiados siempre sabrán más y alcanzarán puestos de dominio, en tanto los pobres siempre estarán en posiciones de sumisión como consecuencia del círculo vicioso del sistema.

Estas características de la dominación ideológica permiten cierta estabilidad social y hasta consenso. No es poco socorrido el argumento que ofrecen las clases dominantes de una Venezuela donde todos los venezolanos vivíamos en paz y nos queríamos todos hasta que llegó Chávez. De hecho es quizás el argumento más oído para enfrentarlo al clima de efervescencia social que hoy vivimos. Nada más falso, pero que mediante el aparato ideológico dominante logra confundir a muchos sectores, especialmente a las capaz medias incluidos muchos sectores populares.

Es claro entonces que debemos desmontar el aparato ideológico dominante e irlo sustituyendo en forma creativa por un sistema ideológico que, al modo de lo propuesto por Gramsci, sin reduccionismos, seamos capaces de ir preñando el sistema ideológico con los valores de la ideología socialista. Para ello deberíamos trazar un plan de movilización ideológica que permita ir estableciendo una actividad común para una masa cada vez mayor de nuestra gente. Todo a partir de una simple jerarquización de tareas: Identificación de la crisis, identificación del objeto decisivo y por último la definición de lo que es posible lograr y como lograrlo.

Una movilización ideológica que no parta exclusivamente de las ruinas de la ideología previamente dominante sino que, como hemos señalado, vaya preñando con la siembra práctica y teórica la semilla socialista a partir de sus valores existenciales.

Una movilización ideológica que vaya al tiempo que descomponiendo el sistema de dominación caduco, edificando el nuevo mediante la siembra del sistema de valores profundamente nuevos. Una movilización impregnada del ejemplo de vida y la coherencia entre la ortodoxia y la ortopraxis de la vanguardia, cuadros o apóstoles del socialismo. Una movilización que movilice hacia el futuro contrapuesto al presente. Sin miedo y sin descanso.

EL MUNDO, O ES SOCIALISTA O NO SERÁ