Crónica de uno de los hombres del año

5 Enero 2011
El Dr. Marcus Dutra en Nabasanuka.

El Dr. Marcus Dutra, médico brasileño graduado en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), ha escrito a Arleen Rodríguez un comentario, a propósito del artículo El hombre del año, que no quisiéramos dejar de compartir con nuestros lectores. Marcus se encuentra prestando servicios en una comunidad indígena llamada Nabasanuka, en Delta Amacuro, Venezuela.

Arleen querida,

No había visto el texto que escribiste por Cubadebate (ver más abajo), gracias por las palabras que me dedicas. Seguro que si no fuera por la Revolución cubana y la Revolución bolivariana jamás sería posible nada de eso.

Y qué casualidad que me hayas enviado el correo hoy; ayer por la noche, a las 4 de la mañana en punto, yo había realizado un parto a una señora con eclampsia, convulsionó, le apliqué todo el tratamiento y las medidas en lo posible, pues yo no cuento aquí con todos los recursos de un hospital, ni tenía tiempo para trasladarla a otro centro porque era de madrugada.

La lancha del ambulatorio no tenía una sola gota de gasolina, y ya ella había empezado a parir. El hecho es que después de todo el estrés de la situación, donde era posible que ella no viviera, bueno, al final nació bien el niño, un varón, gordito. La madre comenzó a mejorar, estuve toda la noche a su lado, pendiente de cualquier cosa. Ella se mejoró, no convulsionó, la presión se normalizó, ya no tenía dolor, estaba tranquila, el medicamento iba bajando lentamente junto al suero… Todo se calmó.

Cuando ella se durmió y yo pude salir afuera a tomar aire, eran como dije las 4 de la mañana. Caminé por el pequeño muelle que hay frente al ambulatorio, hecho de tablas semipodridas, un silencio tomaba cuenta de la comunidad, algunas casitas con las luces prendidas brillando solo lo suficiente que permiten las velas, un perro acostado sobre las tablas, y el silencio profundo de todo ese pueblo. No podía dejar de sentirme feliz por haber ayudado a la madre y a su hijo. Un orgullo sano tomó cuenta de mi alma, y al sentir eso no podía dejar de preguntar:

coño, ¿sabrá Fidel la exacta dimensión del bien que ha hecho a la humanidad? ¿Acaso imaginará que en una pequeñísima comunidad del estado más pobre de Venezuela frente al Orinoco, a las 4 de la mañana hay un médico hijo de la ELAM salvando a la gente que había sido olvidada por todos? ¿Podrá él comprender cuánto lo necesitan, cuánto se necesitan hombres como él para hacer la felicidad de los seres humanos? ¿Entenderá que no hay palabras suficientes para calificarlo? Y acaso, ¿sabrá el niño algún día que si no fuera por Fidel Castro él mismo no tendría vida?

Es decir, sin Revolución no habría ELAM, sin ELAM yo no habría sido medico, y si yo no estuviera acá, en el momento que convulsionó la madre y hubiera actuado a tiempo el niño probablemente iba a morir, o quizás la madre. Fue entonces, Arleen, que sentí más que nunca el orgullo de todos los internacionalistas cubanos, los que partieron a Argelia en el 60, los que fueron al Congo, los que estuvieron con el Che en Bolivia, los que pelearon en Angola, y sentí un frío en la barriga, Arleen, cuando me enteré de que ahora yo soy un internacionalista cubano también… un soldado, un revolucionario, a la orden de la Revolución cubana, y de este increíble gigante, Fidel Castro

Si algo no se entiende de esto que escribo de manera apurada, es que el deseo de compartir eso contigo es muy fuerte, y no puedo dejar para después. Además ya tocan a la puerta, llamando por el médico, parece que viene un niño con deshidratación. Tengo que ir. Cuídate mucho por allá, gracias por las palabras tan bellas, y sí, claro que puedes compartir mi correo, no hay problema, un beso grande.

Marcus
 

Los hombres del año

3 Enero 2011 en Arleen Rodríguez Derivet
Fidel en el acto por el aniversario de los CDR. Foto: Roberto Chile

Desde una comunidad indígena llamada Nabasanuka, en Delta Amacuro, Venezuela, me escribe a menudo Marcus Dutra, joven médico brasileño formado en la ELAM. Está feliz de servir en uno de esos pueblos de cuya existencia no sabíamos -en realidad no sabríamos- nada, de no ser por las circunstancias que lo llevaron a él, y antes a otros como él, hasta el delta del majestuoso Orinoco: la Revolución Bolivariana y el horizonte infinito de los sueños cumplidos de Fidel.

Los correos de Marcus tienen cierto parentesco con los de un grupo de jóvenes italianos a quienes conocí el pasado año durante una conferencia solidaria. Lo que habían leído sobre la Brigada Henry Reeve en Pakistán y otras regiones devastadas por fenómenos naturales, los inspiró a fomentar un hermanamiento. Querían aprender de los nuestros el arte de devolver energías y esperanzas, porque es lo que hubieran querido para los damnificados del terremoto de L Aquila, que en abril de 2009 dejó cientos de muertos en esa zona del centro de su país.

Liurka Rodríguez, colega y diplomática en Haití también llena mi buzón de relatos sobre la desafiante realidad de esa nación, donde Cuba, médicos y ELAM son enorgullecedores signos de distinción humana para con un pueblo al que otros solo les reservan armas, desprecio y si acaso piedad y limosnas.

Conozco bien los rostros que Gladys Rubio y el Loquillo nos trajeron a casa en su conmovedor documental sobre la proeza más reciente en Haití. Los he visto antes en otros reportajes de mis colegas en los cinco continentes. Los he tenido cerca en los cerros de Caracas y en los áridos valles bolivianos. Me han conmovido hasta las lágrimas, al verlos mirar una y otra vez las fotos y las cartas de sus hijos, colgadas en la pared de los cuartos improvisados a miles de kilómetros de sus casas, donde están haciendo historia sin ellos mismos saberlo y casi siempre sin que el resto del mundo lo sepa.

Como ha escrito Fidel, es valiente y osada la periodista británica que los llama héroes. En nuestra aldea global, donde la heroicidad parecía haber quedado para los libros y las leyendas y donde la publicidad persistente y machacona entretiene y estupidiza a millones, invitándolos a ser y parecerse a las estrellas del cine y si acaso a las del deporte; meterse hasta en el lodo para jugarse la propia vida salvando otras, parece cosa de misioneros locos, que los mass media no están interesados en mostrar porque no cumplen con sus patrones de belleza.

Porque no hay que hablar o pensar en pasado sobre el silencio o la subestimación de la heroicidad verdadera. Los poderosos seguirán escondiendo esa verdad mientras puedan, porque ella guía al mundo en el sentido inverso a como lo han encaminado ellos, los que hicieron de la medicina y los medicamentos negocios florecientes y artículos de lujo, una real vergüenza para ésta que se supone civilizada época.

Muchos que escriben sus comentarios bajo las Reflexiones de Fidel, se preguntan cómo es que su autor no ha ganado ya un Premio Nobel por esa idea maravillosa que, viajando en sentido contrario a las tendencias egoístas y depredatorias que impuso el mercado al planeta, mejora y cura, ennoblece y salva, no a cientos sino a millones de personas, sin distinción de etnia, clase social, edad, ideas.

¿Habrá que esperar otro siglo quizás, para que se premie lo justo, lo humano, lo verdadero? Para entonces, será bueno que anotemos ahora, en las crónicas nuestras, tal y como los contadores apuntan en sus libros de deber y haber, lo que mañana deberá reconocer la Humanidad.

Dejemos asentado que, como hace medio siglo, Fidel fue el Hombre del Año 2010. Porque regresó como Ave Fénix, renacido y vital, sacudiendo al mundo con premoniciones que solo no se cumplieron por su oportuna advertencia. Y que entró al Año Nuevo haciéndonos ver lo que se hace y lo que está por hacerse aun en materia de sensibilidad y compromiso con las vidas que otros consideran olvidables porque nadie paga por ellas.

Sí, Fidel fue el Hombre del Año en el mundo, como Raúl fue el Hombre del Año en Cuba, con la sacudida que nos viene dando a todos para que se salve con nuestro proyecto de sociedad más humana, esa que otros Hombres y Mujeres del Año -médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, terapeutas físicos y del alma- en cualquier rincón del planeta expanden con su esfuerzo, como prueba de que es posible salvarse y salvar al mundo del egoísmo, esa epidemia que lleva siglos expandiéndose y seguramente costará otros siglos vencer.