El presidente Obama entre Mahoma y el Rey David
Por: Andrei Fediashin,

RIA Novosti

Al intervenir el pasado 19 de mayo ante los funcionarios del Departamento de Estado, el presidente estadounidense, Barack Obama, declaró que EEUU apoya el restablecimiento de las fronteras que existían entre Israel y Palestina antes de la guerra de 1967.
Una declaración bastante audaz para un presidente estadounidense y más aun de cara a las elecciones: hay que estar muy seguro de sí mismo o no estar hablando exactamente de hechos reales. O querer decir algo diferente al texto oficial. O ambas cosas a la vez, porque el potente grupo israelí, capaz de influir en los resultados de las elecciones, está atento.

Hecha la declaración, Obama se entrevistó al día siguiente con el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y posteriormente, intervino en la reunión del Comité Americano-Israelí de Actividades Políticas (AIPAC), el grupo de presión proisraelí más potente de Estados Unidos. Netanyahu, mientras tanto, anunció que para Israel las fronteras de 1967 son inaceptables, porque el país se vería “indefenso” dentro de ellas.
Primero que todo, la declaración sobre las fronteras no es nada del otro mundo y ni siquiera algo nuevo.

Los últimos 10 años la Casa Blanca extraoficialmente reconoce las fronteras entre Palestina e Israel, existentes antes de la Guerra de los Seis Días de 1967. Por lo menos, los últimos tres presidentes de Estados Unidos, incluidos el actual, el demócrata Bill Clinton y el republicano George Bush en las negociaciones a puerta cerrada con Israel aceptaban precisamente estas líneas divisorias y se esforzaban en conseguir, aunque sin resultado aparente, que los israelíes también las aceptaran.

Obama ha sido pionero en hacer pública y de manera oficial esta postura. Ha dado muestras de una valentía sin precedentes que, no obstante, no parece suficiente para que se avance de verdad en el proceso de arreglo pacífico en Oriente Medio. He aquí las palabras del presidente norteamericano: “Estados Unidos está seguro de que las negociaciones (entre Israel y Palestina) deben finalizar con la realización del principio de dos Estados con la fijación de fronteras permanentes palestinas con Israel, Jordania y Egipto y unas fronteras permanentes entre Israel y Palestina. Las fronteras entre Israel y Palestina han de mantenerse de acuerdo con las trazadas en 1967, con el intercambio mutuo y voluntario (de territorios)…”

En la diplomacia, una declaración pública deja de ser un gesto simbólico y representa ya un paso, fijando un marco para las negociaciones en una materia concreta.

Si Obama no hubiera dicho nada más, su declaración sería un increíble avance, un cambio dramático de la postura de la Casa Blanca. Y de haber sido así, Netanyahu ni siquiera habría viajado a Washington.

Ocurre que Tel Aviv no quiere volver a las fronteras de antes de la guerra de 1967, en la cual Israel ocupó los territorios del Jerusalén Este, Cisjordania y la Franja de Gaza.

Los árabes también necesitan sus incentivos

Sin embargo, Obama prosiguió, porque no podía permitirse no continuar. A los presidentes de Estados Unidos de las últimas dos décadas les ha tocado maniobrar con habilidad entre los intereses de los israelíes y de los árabes en Oriente Medio. Y ninguno ha conseguido salir ileso de este ejercicio.

Suele pasar, cuando hay que compatibilizar lo incompatible y apaciguar las pasiones, siendo siempre altamente inconsecuente, rasgo característico de la política de EEUU en Oriente Medio. Además, Obama ha recibido en herencia lo acumulado por sus antecesores casi desde Eisenhower.

Y, por lo tanto, Obama dijo en su intervención que Estados Unidos no compartía la impaciencia de los palestinos y su deseo de conseguir para el próximo septiembre que la ONU respalde la proclamación del Estado palestino (a propósito, hay cada vez más partidarios de apoyarlo), que su país se pronuncia por un Estado palestino desmilitarizado, que seguirá apoyando a Israel y que al “Estado judío” le debe ser garantizada la seguridad.

Muchos se sienten confundidos por el apoyo de este aspecto “mononacional” de Israel. Los palestinos están seguros de que la proclamación de un “Estado judío” les privaría de manera automática a centenares de miles de refugiados árabes su derecho a volver a los territorios que les fueron arrebatados. ¿Y qué pasaría con los derechos democráticos de decenas de miles de árabes israelíes?

El General Alexander Haig, Secretario de Estado durante el mandato Ronald Reagan, dijo hace 30 años una frase acertadísima: “Israel es el portaaviones norteamericano a prueba de hundimiento más grande del mundo y situado en una región de importancia clave para la seguridad nacional de EEUU”. Esta actitud hacia Israel no es fácil de superar.

Y Obama lo tiene todavía más difícil que sus predecesores: cuesta mantener el equilibrio entre los árabes y los judíos, sobre todo, dados los últimos acontecimientos en la zona, tanto “heredados” de George Bush como “propios”, es decir, ocurridos durante la presidencia de Obama.

Después de la serie de revoluciones, los bombardeos de Libia, la muerte de Osama bin Laden, y las guerras en Afganistán e Irak como telón de fondo, el presidente norteamericano tenía que ofrecer algún incentivo a los árabes. De lo contrario la balanza de la política de EEUU en la región parecería haberse inclinado en demasía hacia Israel y el mundo árabe está demasiado calentado por los acontecimientos antes mencionados.

No queda mal expresar el apoyo a las “explosiones democráticas” en el África del Norte, aunque sea casi seis meses después. Y aquí también se nota la falta de congruencia y la política de doble rasero: tras haber respaldado a todos los “revolucionarios” y haberle hecho una suave reprimenda a Bahréin por haber suprimido toda protesta contra el régimen, Obama ni mencionó a Arabia Saudí, que dista mucho de ser un país democrático de la zona, pero sí es el principal socio petrolero local de Estados Unidos.

Sin embargo, para el mundo árabe parece que sirve de indicador de las relaciones actuales con Occidente el estado del arreglo árabe-israelí. Y no oyeron nada nuevo que no fuera la elegantemente servida declaración de Obama sobre una postura, por otra parte, ya bastante conocida.
Dicho sea de paso, en vísperas de la visita a Washington del primer ministro de Israel se anunció en el país la próxima construcción en los territorios ocupados de otras 1.500 viviendas.

Resulta, pues, que casi seis meses después de la “primavera árabe” el presidente Obama trazó en rasgos más o menos generales la política de Estados Unidos en el mundo árabe, sin atreverse a ir más allá de meras fórmulas acuñadas. No fue ni mucho menos la repetición del famoso discurso, pronunciado ante los estudiantes de la Universidad de El Cairo en 2009. Entonces Obama prometió soluciones definitivas, amistad y paz en el Oriente Medio, promesas que nunca han dejado de ser únicamente eso: promesas.