El clientelismo político. Vieja rémora y nuevos desafíos

Por:  Darío L. Machado Rodríguez*

Introducción

Uno de los temas más recurrentes en la vida política y en la producción académica en la región latinoamericana y caribeña es el del clientelismo político.
En las últimas décadas del siglo pasado y en la que va del presente, se han escrito miles de páginas tratando este asunto que sigue vigente en nuestras sociedades y que en algunos países y regiones ha sido y es una práctica que se ha constituido en hábito y actúa como una subcultura que deforma e instrumentaliza la vida política de un país a favor de intereses corporativos y egoístas, afectando a la sociedad en general y particularmente a los sectores más empobrecidos.

Esta subcultura ha sido alimentada por décadas por sectores con grandes intereses económicos que se sirven de ella para sustentar sus privilegios obscenos y reproducir su poder político, manteniendo al margen a las grandes mayorías.

Las breves páginas que siguen han sido escritas con la intención de estimular nuevamente el debate sobre el tema, pero esta vez intentando hacerlo desde una perspectiva equilibrada, global, que ponga sobre el tapete sus características, sus causas principales, así como las vías para construir los ejes de un abordaje práctico que contribuya a la educación política de las sociedades lastradas por tales prácticas y con ello a encontrar los caminos para su superación, proceso que deberá ser a todas luces gradual.

El problema es complejo y este breve texto obviamente no persigue el interés de agotarlo, tampoco será declarativo – propagandístico en contra del clientelismo político, un mal generalmente reconocido como tal, sino que intentará en breves trazos un abordaje objetivo que evidencie la naturaleza social de este fenómeno y aporte al debate sobre las vías para su comprensión, adecuado enfoque y labor dirigida a su superación.

El hecho de que la práctica del clientelismo político sea algo generalmente cuestionado y visto como algo negativo no debe obnubilar el análisis con un reduccionismo que nos impida ver la realidad en todas sus aristas y complejidad, algo imprescindible precisamente para poder abordar con posibilidades de éxito la labor dirigida a su superación.

De entrada diré algunos criterios básicos que comparto. En el clientelismo subyace siempre una relación socioeconómica asimétrica. Su práctica necesita siempre de dos polos: el de aquellos que tienen el poder y los recursos y el de quienes tienen necesidades insatisfechas. El clientelismo sustrae al ciudadano su derecho de participar libremente en la actividad política. Diré también que el clientelismo es de naturaleza piramidal, verticalista y por ende es típicamente contrario a la horizontalidad que distingue a la democracia verdadera. La pirámide clientelar se compone básicamente de tres estratos, en la cúspide están los que detentan el poder económico y político, en la base los clientes y en el estrato intermedio los gestores o eslabones mediadores a través de los cuales se produce la distribución de bienes, favores, servicios etc. desde la cúspide hacia la clientela.

Un aparte inicial sobre el término

Se emplean habitualmente los términos de clientelismo, clientela y cliente. Los significados otorgados por el diccionario de la Real Academia Española (vigesimosegunda edición) otorgan al término clientelismo el significado siguiente: “Sistema de protección y amparo con que los poderosos patrocinan a quienes se acogen a ellos a cambio de su sumisión y de sus servicios.”

“Cliente”, en su tercera acepción tiene el significado de: “Persona que está bajo la protección o tutela de otra.”

Prefiero empezar por aquí, porque una cosa es el concepto de clientelismo que se debate y construye en los espacios académicos y de análisis empleando tal término y otra el contenido del término que se construye por el manejo de la política y la actividad de los medios de comunicación social, donde el fenómeno raras veces se aprecia en su verdadera complejidad y en sus diversas interrelaciones.

El origen romano de la palabra (“cliens”) remite a un momento que se sitúa en la época imperial de Roma y que se trasmite o pasa mutado a los inicios del régimen feudal.

El término de “cliente” significa en primera acepción: “Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa”, y en segunda acepción: “Parroquiano, persona que acostumbra a ir a una misma tienda”. No habría, en rigor, por qué vincular el significado general que hoy tiene a la subordinación política, a la enajenación del derecho ciudadano a mantener posturas políticas propias libremente y hacer actividad política vinculada esencialmente a su conciencia. Sin embargo, las prácticas políticas clientelares que ha prohijado la democracia representativa, ausente de participación popular y de control social, han convertido en clientes del clientelismo político, no solo a mucha gente pobre carenciada, sino también, de la mano del individualismo, del egoísmo y del afán de lucro, a profesionales de los medios de comunicación, a publicistas, a empresarios, incluso a artistas, a prósperos comerciantes, a funcionarios de carrera, en fin, se ha diseminado, formando en muchas de nuestras sociedades redes extendidas de personas que responden a diferentes “patronos políticos”.

¿Cómo se expresa hoy el clientelismo?

Las formas de expresarse o de darse el clientelismo político son innumerables, todas se distinguen por su esencia de intercambio de favores a cambio de una respuesta política, momentánea o dilatada en el tiempo. Otorgar favores, subsidios, recomendaciones y otras formas de capital simbólico, dinero, privilegios, servicios, ventajas, el empleo amañado del presupuesto de la nación, la provincia, el departamento o municipio en una u otra dirección, otorgamiento de puestos públicos o en empresas privadas o simplemente la inclusión en una nominilla de una entidad pública para cobrar sin trabajar, y un largo etcétera.

Pueden reconocerse, eso sí, dos tipos de clientelismo, que son caras de la misma moneda o cabezas del mismo dragón. Uno es el clientelismo que podemos denominar burdo o grosero y otro que podemos denominar sutil.

El clientelismo burdo suele producirse más en las sociedades donde ha crecido la anomia social, donde priman el desorden y la desestructuración sociopolítica, donde los partidos y organizaciones políticas están en su mayoría merced a la ideología mercantilista, carentes de ideología política, o que la enarbolan solo de modo fragmentario y demagógico, donde son mayores y más agudas las diferencias sociales, donde hay más injusticia. Aparece con fuerza sobre todo en las épocas electorales expresándose en la compra de votos.

Es efectivamente clientelismo porque se está obteniendo un favor político a cambio de otro favor: dinero, una promesa de cargo público, un apoyo para viabilizar un trámite, una cama en un hospital, una receta, etc., pero en rigor no media una relación clientelar propiamente dicha, porque se produce en el marco del mercado de compra de votos sin que exista una relación dilatada, más estructurada, la que convierte al cliente no en un partner ocasional, sino en componente más orgánico de una clientela política.

La obtención del voto a cambio de dádivas es sobre todo un acto de corrupción política, pero no necesariamente una relación clientelar sostenida entre un político o grupo político y quienes le siguen a cambio de prebendas y favores. En este sentido, si bien cumple con algunos rasgos del clientelismo político, es esencialmente un acto de compra-venta, una transacción claramente mercantil, en la que ni siquiera media el conocimiento mutuo de las partes contratantes. Puede ocurrir incluso que en medio del proceso electoral, el voto convertido en mercancía quede sujeto a la ley de oferta y demanda y se aprecie rápidamente en las breves horas de existencia del mercado electoral el día de ir a votar, al crecer vertiginosamente la demanda de votos y reducirse su oferta.

Pero es preciso comprender que la subcultura clientelar no obedece única y exclusivamente al clientelismo que hemos denominado burdo o grosero.

En las sociedades latinoamericanas y caribeñas y en las de otras latitudes, se ha abierto paso y arraigado también una concepción de naturaleza clientelar, pero que se comprende no como algo socialmente avieso, sino como una necesidad funcional, a veces incluso como un derecho político, para asegurarse las lealtades en el manejo de la cosa pública por parte de los adeptos, los correligionarios, los afiliados a unas u otras organizaciones políticas para llevar adelante sus propósitos políticos, es decir, como parte de las reglas del juego.

Obviamente, cuando se desarrolla el clientelismo en sectores, regiones, comunidades etc., es inevitable también el desarrollo de relaciones personales que si bien forman parte del tejido clientelar en diferente medida no en todos los casos pueden homologarse tales relaciones con una esencia clientelar, porque de un origen primigenio clientelista se deriva hacia otros ámbitos de las relaciones humanas, que aun manteniendo su naturaleza clientelar, van incorporando las simpatías, las lealtades personales, las prácticas conjuntas de gobierno y administración, las relaciones de amistad y un cierto curso histórico común. No pueden quedar fuera de este análisis las relaciones familiares que hacen aún más complejo el análisis del fenómeno del clientelismo político. Esas relaciones van perfilando la acción de los eslabones mediadores, de modo que va solapándose más la esencia clientelar bajo un manto, pudiéramos decir, “adecentado”.

Asimismo, no puede obviarse el hecho de que no pocos ven ese intercambio de favores con una dosis de justicia cuando, por ejemplo, una relación clientelar permite viabilizar un derecho ciudadano, sea sorteando los enmarañados sistemas burocráticos establecidos en la superestructura política y jurídica, y no pocas veces fundamento para la coima, la prevaricación y el abuso; sea obteniendo una prestación a la que tiene derecho; sea realizando aspiraciones personales o grupales legítimas, aunque efectivamente “por el camino corto” del intercambio de favores.

Pero también puede ocurrir que a partir de relaciones primarias de lealtad, reciprocidad y confianza, se obtenga el apoyo político de ciudadanos convencidos, en cuyo caso no puede verse al político favorecido como “patrón”, porque el propio ciudadano lo ve como una figura respetable, buena, amiga.

Lo que sí es imposible homologar el clientelismo con la solidaridad. Antes bien cuando se emplea la palabra solidaridad para distribuir bienes y servicios a cambio del favoritismo político de quienes los reciben, estamos frente a una de las formas más perversas del clientelismo político, y de las que de modo más dañino contribuyen a perpetuarlo en el hábito ciudadano.

A su vez, existen en América Latina y el Caribe formas justas de distribución del producto social, que son catalogadas aviesamente como populismo o clientelismo político, y que son sin embargo vías para favorecer una más justa distribución del producto social, a través por ejemplo de la educación, la salud pública, etc., a favor de las grandes mayorías sin que en ello medien las lealtades a uno u otro partido político, pero también sin detrimento obviamente del acrecentamiento del prestigio político de quienes hayan logrado tales formas justas de distribución, socialmente aceptadas y consensuadas y ajenas al favoritismo, viables y éticamente sostenibles. En este caso pasa a un primer plano el origen y manejo de los fondos, si entraña realmente una más justa distribución del producto social y los mecanismos de otorgamiento y control para separar lo que por derecho humano elemental debe ser para asistir al necesitado y lo que debe contribuir no a perpetuar la entrega de ayuda, sino a crear en las personas favorecidas las condiciones y capacidades productivas que les permitan el desarrollo y ascenso social por sus propios esfuerzos.

Al fondo del problema. Causas o factores principales de la reproducción del clientelismo político

No es ni puede ser objeto de esta breve presentación incursionar en las raíces históricas del clientelismo político, pero sí es posible exponer algunas de sus principales causas y factores de su persistencia.

Entre las múltiples causas que condicionan la persistencia y reproducción de la subcultura clientelar en las sociedades latinoamericanas y caribeñas pueden mencionarse las que siguen a continuación, que están estrechamente interrelacionadas, pero pueden ser diferenciadas para su análisis:

La persistencia de modelos económicos reproductores de la pobreza, el crecimiento de los sectores empobrecidos y de sus necesidades apremiantes no satisfechas.

La corrupción de los políticos y en general de la clases dominantes económica y políticamente y a las cuales conviene la persistencia de la subcultura clientelar y la función de control político que esta ejerce.

Las ambiciones políticas, los afanes reeleccionistas y la avidez de los políticos por permanecer en funciones públicas.

La ignorancia de muchos sectores pobres acerca de sus derechos, de los mecanismos de funcionamiento de la estructura política de sus respectivas sociedades, del vínculo entre esas prácticas y el sistema socioeconómico vigente, que resulta las más de las veces, asimétrico, excluyente de las grandes mayorías ciudadanas.

El individualismo y el “sálvese-quien-pueda” componentes típicos de la ideología dominante del capitalismo tardío, que este sistema ha impregnado en la sociedad.

En las sociedades subdesarrolladas que han sido víctimas del neoliberalismo, la desvalorización del papel regulador del Estado, la desestructuración y fragmentación social, el clientelismo ha tendido a extenderse con mayor velocidad en las prácticas políticas, se ha vulgarizado más, perdiéndose sus rasgos más sutiles. Pero también a ello se añade que el propio clientelismo, si bien cohesiona a la clientela, desordena y desestructura la sociedad al trabajar favoreciendo unas personas por encima de otras, lo que además de ser injusto, conduce a la división de la ciudadanía, al roce y enfrentamiento, es por tanto contrario al desarrollo de una sana cultura ciudadana y la unidad y solidaridad entre la gente. En otras palabras, el clientelismo reproduce el individualismo y el egoísmo que genera la sociedad capitalista.

De hecho, una organización política formada por ciudadanos de desigual posición social y económica tiende a establecer una relación de subordinación basada en la capacidad de unos para distribuir bienes escasos (recursos, dinero, favores, apoyos, ayudas, asistencias, puestos, etc.) y en la necesidad de otros de recibirlos, en la inmensa mayoría de los casos para su sobrevivencia, aunque también para satisfacer ambiciones personales.

En consonancia está la inercia de los políticos que no adoptan una actitud en contra del secuestro del derecho político de los ciudadanos por las prácticas clientelares, lo que revela la voluntad de mantener la dependencia de estos y con ello la persistencia de los primeros en las posiciones del Estado y el Gobierno, con todos los privilegios para sus intereses individuales y corporativos.

Esa realidad no necesariamente es así percibida por el ciudadano carenciado que no es responsable del estado de cosas y que está atrapado entre el rigor de necesidades básicas insatisfechas y las “puertas de escape” de la oferta clientelar. La disposición de luchar para superar el clientelismo político no tiene como contrario al ciudadano común, víctima de la conjugación de estos dos factores, sino a las causas de fondo del fenómeno.

Al basarse la política en el dinero y ser este un medio de compra – venta, ocurre lo mismo que en una tienda donde el vendedor no pregunta al comprador de dónde sacó el dinero. Así, elementos delictivos, vinculados al narcotráfico y a la actividad criminal en general, cuyos delitos no han sido castigados por la ley, pueden llegar incluso a posiciones en el Estado y el Gobierno merced al dinero mal habido, creciendo y arraigándose el tejido de la ilegalidad y el crimen, encubierto ahora por las instituciones legalmente establecidas y encargadas precisamente de garantizar la institucionalidad y los derechos y protección del ciudadano.

Clientelismo político y corrupción van de la mano, porque el clientelismo corrompe y la corrupción crea condiciones para un mayor desarrollo del clientelismo. Los fondos para el clientelismo salen fundamentalmente del erario público, resultan del manejo irregular de los recursos de que dispone la sociedad.

Clientelismo y pobreza van de la mano porque el clientelismo se ceba en la pobreza y la reproduce, desvía los cauces de la movilidad social, haciéndola depender no de las aptitudes naturales y del esfuerzo de los ciudadanos, sino de los favores clientelares.

Algunas de las principales consecuencias del clientelismo

Desde el punto de vista estrictamente económico, el clientelismo político puede ser visto como un mecanismo especial de distribución del producto social, que al no corresponderse con resultados económicos tangibles a cambio (referidos a la producción de bienes y servicios), es disfuncional al desarrollo.

Aunque es siempre en el fondo una relación de naturaleza mercantil, lo que se adquiere por el político es algo intangible, el favor político, por lo que el bien recibido no constituye un estímulo para el aporte del individuo al proceso productivo, en especial cuando se trata de lo que podría llamarse “clientelismo minorista”, que solo produce el consumo de bienes o servicios con esos recursos. Por otra parte, es disfuncional al desarrollo de la sociedad porque por lo general los recursos financieros para obtener los favores de la clientela proceden del erario público y deberían ser empleados en las prioridades del país, por lo que de uno u otro modo, afectan el desarrollo de la sociedad.

La perversidad del clientelismo en lo tocante a su afectación a las masas empobrecidas estriba especialmente en que el ciudadano afectado por la práctica clientelar llega incluso a ver a quien la ejerce desde su poder sociopolítico y económico como a alguien que le está haciendo a él un gran favor, que lo ayuda “con algo” a paliar sus necesidades apremiantes, cuando en realidad lo que está haciendo es contribuyendo expresamente a mantenerlo en su miseria. En otras palabras, participa en la relación clientelar en contra de sus más genuinos y estratégicos intereses.

En la relación clientelar hay implícito un acuerdo no escrito, lo cual siempre es más ventajoso para el que tiene el poder y el dinero y que puede llegar incluso a recibir el favor del ciudadano a cambio solo de una promesa que finalmente no se cumpla.

El clientelismo anula y desvirtúa el empoderamiento de la ciudadanía y su participación en los asuntos del país, la desestimula sistemáticamente al enajenar mediante la relación clientelar en los patronos, en las cúpulas políticas y económicas asociadas, su participación en las decisiones. Quienes se apropian así del derecho ciudadano mediante las prácticas clientelares se sienten además en el derecho de ser los que deben decidir por este, es un derecho ilegítimo, pero adquirido. Su deber para con el ciudadano que lo elige queda saldado con la protección clientelar o con la promesa de protegerlo o con lo entregado en dinero o en especie, etc., mientras, la parte de la sociedad que obedece a otras realidades clientelares salen de su responsabilidad, son considerados en tal contexto “ciudadanos de segunda” cuando no son parte de la clientela o no están en las posiciones del Estado o del Gobierno. En consecuencia, el clientelismo divide a la ciudadanía, opone a unos ciudadanos a otros, privilegia sin méritos a unos sobre otros.

El surgimiento de clientelas políticas integradas por profesionales de los medios de comunicación introduce en el mundo de la prensa escrita, la radio y la televisión una grave distorsión de la reproducción mediática de lo público, vulnerando el derecho de la ciudadanía a la información responsable, oportuna, exhaustiva, apegada a la veracidad, no distorsionada, y faltando estos profesionales y los medios en los que ejercen su actividad a ese vital compromiso social. Tal conducta, ética y profesionalmente reprobable, introduce confusión en el público, desordena y desvía el sentido de la información y trastorna los análisis. La superficialidad, el tremendismo, el sensacionalismo, los titulares elaborados para incidir en lo emocional, la tergiversación de la información, el tratamiento sobredimensionado de problemas de segundo orden y el ocultamiento malicioso de los asuntos de importancia fundamental, y muchos otros vicios y deformaciones vienen de la mano de la clientela en el terreno de la comunicación social.

El clientelismo tiene otras importantes consecuencias éticas porque su práctica continuada y sistemática va alejando al ciudadano de sus deberes para con la sociedad, este no se siente responsable de lo que se hace en la política, eso queda en manos de quienes son dueños de la clientela. El clientelismo aleja al ciudadano del civismo. Conduce, por tanto, a la despersonalización política del ciudadano, al sustituir su voluntad política, su derecho participativo, su criterio personal, por la voluntad de quien lo practica en provecho corporativo e individual. En consecuencia, cada vez que se erradica en la sociedad una práctica clientelar, se estará dignificando la política, contribuyendo al empoderamiento de la ciudadanía, devolviendo al individuo su personalidad política.

El clientelismo político, al mercantilizar la política y hacerla por cauces espurios, obstaculiza y llega a suprimir el libre intercambio de ideas, las iniciativas políticas y los deseos de cambio, vaciando el ejercicio de la política de contenido ideológico y ético.

El clientelismo, dada su esencia mercantil, puede llegar por ósmosis a hacerse cada vez más costoso. Su práctica puede derivar en que las cúpulas políticas, que controlan los medios económicos para las campañas electorales, para la propaganda y la publicidad, terminen teniendo que financiar directamente no solo la acción de su clientela sino también la de sus propios correligionarios políticos para que participen en la actividad política, sellando con ello el fin de la militancia consciente, convencida de una ideología política, y ahora mercantilizada e ideológicamente desvalorizada.

El complejo entramado clientelar puede llegar a ser un gigantesco cuerpo parasitario que constituya un freno al desarrollo social, económico, cultural y político de la sociedad.

Hay una espiral perversa que reproduce el clientelismo asociada a la pobreza, al autoritarismo, a la ignorancia, a la corrupción y otros males sociales y que a todas luces evidencia que es imposible superarlo solamente aludiendo a los factores de conciencia o con medidas dirigidas a paliar sus manifestaciones concretas, aunque todo lo que contribuya positivamente a superarlo debe ser bienvenido en el enfrentamiento a dicho flagelo social, porque siempre aportan algo al enriquecimiento de la conciencia ciudadana y al logro de una mayor justicia.

Es fundamental no equivocar al adversario en esta lucha. Aunque en el proceso social se entrelazan los hechos, las acciones, sus consecuencias, hay que saber separar las relaciones primarias que construyen lealtades, confianza mutua, reciprocidad y obligaciones de correspondencia, de lo que constituye clientelismo político, saber separar el clientelismo político de la solidaridad, saber separar el clientelismo de las políticas públicas justas, es decir, aquéllas no sujetas al voto y al apoyo político como obligación a cambio y que propician el desarrollo personal y colectivo de los ciudadanos.

Por las razones arriba expuestas, todo indica que sin proponerse de partida como finalidad estratégica un cambio estructural en el modelo socioeconómico y político de sociedad que viabilice el desarrollo material y espiritual de la ciudadanía y un cambio sustantivo en su cultura política, procesos ambos obligadamente graduales, no será posible enfrentar con probabilidad de éxito esa ancestral deformación social.
* Dr. Darío L. Machado Rodríguez, Licenciado en Ciencias Políticas, Diplomado en Teoría del Proceso Ideológico y Dr. en Ciencias Filosóficas; Investigador Invitado del Centro de Investigación y Promoción social (CIPROS).