Enfrentamientos interétnicos: ¿un mal exclusivamente ruso?
Por: Andrei Fediashin,
RIA Novosti

Si los recientes disturbios en la Plaza Manézhnaya, en pleno centro de Moscú, hubieran sido sólo un estallido de violencia, un ajuste de cuentas entre hinchas de fútbol, la cosa no pintaría tan mal.

La batalla campal en sí es un hecho profundamente lamentable, pero sólo es un mero acto de vandalismo. Sin embargo, el problema es mucho más profundo, dramático y lleva a la cuestión de la preponderancia racial y a la verdadera autoridad en la ciudad, en el país. A partir de este punto no hay más que un paso hasta el caos social en las grandes ciudades rusas y en las repúblicas caucásicas. Dios no lo quiera.

Es cierto que, en los últimos tiempos, toda Europa ha sido testigo de varios episodios de violencia callejera parecidos a éste, que ha tenido lugar ante los mismos muros del Kremlin. La diferencia sólo estriba en la envergadura de los desórdenes y en sus motivos.

En Inglaterra, por ejemplo, la semana pasada, los estudiantes, indignados por el aumento del coste de las matrículas universitarias (que pasarán a costar tres veces más), se enfrentaron a la policía y arrojaron piedras y “cócteles Molotov”. Incluso el coche del heredero de la corona, el Príncipe Carlos, sufrió daños y tuvo que enfrentarse estoicamente junto con su Gobierno a este ataque al establishment.

En la plaza Manézhnaya y en la Avenida Leningradski, cortada por los participantes en la protesta, supuestamente también se estaba defendiendo una causa justa y se expresaba el descontento con el poder establecido, que parece tener la culpa de todos nuestros males. Está claro que se podría dividir a los manifestantes en grupos, subgrupos y segmentos: hinchas, engañados, confundidos, provocados, provocadores, organizadores, ejecutores, etc., pero tal ejercicio, en este caso, carecería de sentido.

Es fácil imaginarse qué habría ocurrido si una explosión semejante de energía negativa se hubiera dado en Francia, Alemania o Inglaterra. Una situación parecida (murieron unos jóvenes negros) se dio hace unos tres años en París y desembocó en una semana de incendios que arrasaron los suburbios donde residen los inmigrantes.

El radicalismo europeo tiende, al igual que cualquier fenómeno extremista, a morir y a renacer cual ave Fénix, sólo que viene armado de piedras, “cócteles Molotov”, pasamontañas y puños desnudos. Y lo cierto es que no puede ser de otra manera, porque los jóvenes, los principales protagonistas, suelen ser maximalistas y se dejan llevar por el ardor de sus sentimientos, aunque los ideólogos de estas acciones suelan ser más maduros.

¿En qué nos diferenciamos de Europa?

El radicalismo ruso, se mire por donde se mire, es el más joven en la Europa moderna y tiene problemas de crecimiento propias de la edad. Por otra parte, sería ingenuo pensar que exista por si sólo, sin recibir “riego”, cierta ayuda condescendiente por parte de las autoridades y las fuerzas políticas.

Nuestro extremismo dista mucho de ser el más combativo, aunque este rasgo parece estar potenciándose. Si la situación sigue como hasta ahora, el desastre será inevitable: la tolerancia rusa parece de goma, pero llega un momento en que la goma se vuelve un material altamente explosivo que estalla con el más leve movimiento. La historia ha registrado muchos casos de estos.

Si consultáramos cualquier lista, incluida la más incompleta, de las que aparecen publicadas en Internet, de grupos de ultraderecha, radicales o nacionalistas, Rusia inevitablemente ocuparía allí el primer lugar al contar con media docena de estas organizaciones. Los países que están más cerca de Rusia son Alemania (el país europeo con mayor número de inmigrantes musulmanes) y la India (un Estado increíblemente multiconfesional y multicultural). Esto en cifras absolutas. En cuanto a la relación porcentual respecto a toda la población, por muy extraño que parezca, gana Suiza, que tiene el mismo número que Estados Unidos de personas agrupadas en organizaciones de ideología diferente a la oficial. Merece la pena señalar que el radicalismo suizo no deja de tener “aspecto ordenado y civilizado”. En el único país europeo con una democracia directa, donde todos los asuntos clave se votan en consultas públicas, no es sencillo ver comportamientos como los de los ultras o los anarquistas británicos o alemanes.

Europa, mirándolo bien, ya pasó por lo que estamos pasando nosotros ahora. Fue a finales de los años 70 del siglo pasado. El ejemplo más característico de aquellos disturbios lo dio Inglaterra, tan conservadora y moderada, como siempre. El final de los años 70 estuvo marcado por las desenfrenadas actividades del ultraderechista Frente Nacional, con sus enfrentamientos y con una verdadera “guerrilla callejera” con sangre, humo, incendios, heridos y víctimas mortales.

El mal común

En estos casos, el exceso de la “cortesía política”, es decir, cuando se evita llamar las cosas por su nombre, a veces puede acarrear unas consecuencias inesperadas.

En términos generales se puede decir que Rusia y Europa padecen un mal común, sólo que con ciertas diferencias. En el Viejo Mundo esta enfermedad empezó a desarrollarse mucho antes que en nuestro país, pero allí se dispone de un arsenal más completo para luchar contra ella, además de más válvulas de escape para relajar tensiones sociales; opciones, de las que Rusia, desgraciadamente, carece.

En primer lugar, en Europa funciona mejor el sistema judicial, los ciudadanos son más respetuosos con la ley y no existe la opción del soborno para cerrar expedientes abiertos. Estos factores permiten evitar que las tensiones alcancen intensidades peligrosas.

En Rusia, el problema todavía no ha alcanzado el punto de ebullición, pero en las calles se ven cada vez más grupos de “alborotadores”, “provocadores”, racistas, neonazis, etc. Las diversas razones de su descontento acabarán fundiéndose en una mezcla altamente explosiva. Es como si estuviésemos en un arsenal con municiones de diferentes tipos, donde los tabiques que separan los componentes explosivos están a punto de desplomarse, pero se las sigue pintando… Cuando esta mezcla social estalla, actúa la policía a rienda suelta y desde el gobierno se comunica que la policía había obrado de una manera profesional y sopesada, sin extralimitarse…

Es triste oír estas palabras “se hizo lo que se pudo”, “se obró de manera profesional y sopesada”. ¿De qué profesionalismo de la policía, del Ministerio del Interior o de las autoridades estamos hablando, si los disturbios arrasan las calles y las plazas de la parte céntrica de Moscú?

Cuando se recurre a la policía antidisturbios (OMON) en pleno centro de la capital, es evidente que ya no estamos hablando de medidas de prevención, sino de medidas extremas. Si las acciones de protesta se producen con tanta frecuencia y adquieren tal envergadura que precisan de la intervención de unidades de misiones especiales, habría que señalar directamente como responsables a las autoridades encargadas de combatir el problema.

Margaret Thatcher, al llegar al poder en Inglaterra en mayo de 1979, ordenó, entre otras cosas, regular la inmigración (no prohibirla) y exigir una escrupulosa observación de la legislación pertinente. Fue parte de su éxito. El Frente Nacional perdió su influencia de antaño precisamente por esta razón. Estas medidas fueron las que impidieron que las ideas ultra radicales se acabaran transformando en un desastre neonazi.

En relación a los recientes acontecimientos, viene a la mente la célebre frase de Bernard Shaw: “Una nación sana es tan poco consciente de su nacionalidad como un hombre sano de sus huesos”. Y la verdad es que la frase da en el clavo. Sin embargo, la cita continúa: “Pero si se rompe la unidad de la nación, esta ya no se pensará en otra cosa que en restablecerla. No se escuchará a ningún reformador, a ningún filósofo, a ningún predicador, hasta que la demanda del nacionalismo le sea concedida. No atenderá a actividad alguna, por vital que esta fuere, salvo a la de liberación y unificación”.