La historia se repetirá tras las elecciones presidenciales en Bielorrusia
Por: Svetlana Tivanova,
RIA Novosti.

El pasado 18 de noviembre, en Bielorrusia arrancó la campaña electoral para las presidenciales.
Son diez los pretendientes al cargo más importante del país que se enfrentarán en una lucha abierta. Como se esperaba, entre ellos se encuentra el actual líder del país, Alexander Lukashenko.

¿Qué pasará después del 19 de diciembre, día de las elecciones? Esta es la pregunta que se hace la gente con cierta ansiedad. Nada, en un futuro próximo no pasará absolutamente nada. El sumiso pueblo bielorruso no tiene fuerza para afrontar ningún cambio.

La voluntad del presidente bielorruso maquilló ligeramente el nivel de vida de sus conciudadanos y en noviembre aumentaron los sueldos, las pagas de jubilación y las becas estudiantiles. El aumento fue minúsculo, imprescindible sólo para que las autoridades pudieran informar de la subida a la población en la subsiguiente alocución a la nación. Sin embargo, la gente está contenta: en un autobús un anciano comparte su alegría con un vecino; el aumento de unos 60.000 rublos bielorrusos (algo menos de 20 dólares) le permitirá comprar a plazos un televisor, porque el antiguo tiene ya 30 años y falla sin parar.

Como se ve, la máquina propagandística funciona a todo trapo. Los medios de comunicación ensalzan esta subida como un nuevo logro de la economía nacional, cuyos avances reales se perciben en los precios de los productos alimenticios y en las cuentas por los servicios comunales. Baste decir que el precio de las patatas, el alimento preferido de los bielorrusos, ha crecido un 50% en un año.
Los estudiantes también están encantados con la noticia y poco les importa que sean los centros docentes, y no el estado, los encargados de buscar los recursos necesarios para la indexación de las becas. En otras palabras, el dichoso aumento correrá a cargo de quienes pagan por sus estudios.

Todo son alegrías pasajeras. En Bielorrusia se vive al día y a los problemas del mañana ya se les encontrará una solución mañana. El lema de la actualidad bielorrusa es la estabilidad y el orden. Y sí éstas se dejan sentir, la gente lo aprecia. El anciano del autobús no piensa en ninguna suspensión de pagos, ni en la devaluación de la moneda, palabras demasiado crípticas con las que los economistas suelen asustar y engañar a la gente sencilla. ¡Quién sabe si habrá de verdad suspensión de pagos…! Las autoridades aseguran que todo va bien; al menos lo parece, en la lista del Desarrollo Humano de la ONU Bielorrusia ocupa el puesto 61, cuatro posiciones mejor que Rusia; se importará petróleo de Venezuela y las inversiones fluirán cual bulliciosa corriente.

Sin embargo, las cuentas bancarias se vacían con rapidez y el Banco Nacional se las ve y se las desea para mantener la demanda de rublos bielorrusos. Pero esto no es lo peor: la economía se está desmoronando, deparándole con ello muchas sorpresas desagradables al presidente actual, y al futuro, que con toda probabilidad, serán la misma persona. El Gobierno, dando calderilla a la población y estimulando el mercado interno, busca hacer que funcione el sistema económico para conseguir a toda costa los niveles de desarrollo económico y social que habían sido previstos para este año 2010. De lo contrario, la confianza en Lukashenko se podría transformar en humo.

Las elecciones, sin lugar a dudas, animan la vida cotidiana, y el principio de panem et circenses (pan y circo) parece seguir siendo válido desde la antigüedad. En el partido de ping-pong con Rusia: una especie de guerra de información y revelaciones, parece haberse declarado una tregua hasta que lleguen los ajustes contables en las esferas de gas y de petróleo que se esperan para finales de año.

No obstante, parecen haberse animado las visitas de representantes de la Unión Europea, abriéndose así de repente una grieta en el aislamiento internacional del país. Y estas visitas llegan con promesas de ayuda financiera y de supresión recíproca de visados. En este contexto, con un poco de retraso, parece que Bielorrusia sí que es un país europeo, aunque sus estándares políticos sean poco comunes en Europa.

Sin embargo, estos defectos del sistema político bielorruso se pueden corregir con facilidad. Sólo hay que taparlos con unos vistosos carteles, permitiendo a quien quiera participar en las elecciones. Una cortina de humo. Las autoridades del país no dejan de hacer guiños a los representantes de la Unión Europea y la oposición está contenta porque puede expresar abiertamente su opinión.

No obstante, a día de hoy las elecciones están muy lejos de ser un procedimiento normal para la renovación del poder político en Bielorrusia. Por esta razón, la comunidad internacional está dispuesta a llegar a una fórmula de compromiso con los dirigentes actuales.

Al país se le prometió, por simular estos cambios, nada más y nada menos que 3.000 millones de euros. Esta cantidad no despertó especial entusiasmo, pero permitió a las autoridades anunciar “una paulatina evolución de las relaciones con la Unión Europea”. Las dos partes han de poner al mal tiempo buena cara: los europeos, por haber errado en su estrategia de aislar a la “última dictadura” europea; y los bielorrusos, por haberse mostrado rebeldes ante la postura cada vez más implacable de Moscú.

Los politólogos bielorrusos independientes señalan que, en vísperas de estas elecciones, la posición de Alexander Lukashenko es más débil que nunca. Es posible que esto sea así, pero no aparece ningún político más fuerte que haya presentado sus bazas a la presidencia. Los otros nueve aspirantes ya han recibido de la Comisión Electoral Central las credenciales para la campaña y han comenzado unas actividades que no denotan una clara intención de victoria.

En realidad sólo podría tener opciones un único candidato que representara a varios partidos políticos. Sin embargo, estos partidos no han sido capaces de ponerse de acuerdo entre sí. De esta forma, desgarrados por rencillas y contradicciones internas, van a dilapidar los votos de los electores en pequeños porcentajes.

El pueblo se siente confundido, posiblemente, le gustaría que se produjeran cambios, pero los candidatos no les prometen ninguno.
En el fondo no pueden, carecen de dinero y recursos, además de que apenas son conocidos fuera de Minsk. Así que es de comprobar si de verdad estos imbéciles, como los suele llamar Alexander Lukashenko, están planeando o no entregar el patrimonio nacional a los depredadores rusos.
Se rumorea que recientemente acudió a la sede de la Comisión Electoral Central uno de los representantes regionales con la siguiente pregunta: “¿A quién hay que votar?” “Estamos en contra de Lukashenko, pero no conocemos a ninguno de los candidatos, díganos qué es lo que tenemos que hacer, para que luego no haya malentendidos”, fueron sus palabras textuales.

Las autoridades actuales, en cambio, parecen saber muy bien de qué forma hay que organizar la votación. No en vano, desde hace tiempo estas elecciones se conocen como “la reelección de Alexander Lukashenko para su cuarto mandato” y se estima con toda seriedad el tiempo que podría seguir en el poder, dos, diez o “hasta que crezca su hijo menor Nikolai”.

El tema del reconocimiento de los resultados de las elecciones bielorrusas por parte de los países occidentales, que inquietaba hace un par de semanas, ha perdido su actualidad. Tanto los países occidentales, como los orientales, han dejado claras sus posturas al respecto. Por otra parte, a quién le importa ese reconocimiento: se ha vivido durante 16 años sin él y se vivirán otros tantos tranquilamente.

Parece que el país lo tiene todo decidido ya: los rivales de Lukashenko y sus partidarios no dejan de hablar del indudable y seguro triunfo del actual presidente en primera ronda. Sin lugar a dudas, se dan cuenta de que están contribuyendo a su popularidad o, posiblemente, son ciertos rumores que aseguran que no son sino muñecos actuando según el guión de las autoridades. Hay quienes llaman a boicotear las elecciones (cosa que se agradece, para poder dormir hasta más tarde el día de los comicios); otros llaman a manifestarse (y, seguramente, a los jóvenes patriotas que les escuchen estos llamamientos les darán hasta en el carné de identidad cuando salgan a las calles); hay quien, por último, aparenta estar aprendiendo de las experiencias y preparándose para futuras batallas.

Todo esto ya se ha visto en otras ocasiones y parece que nadie va a pulsar la tecla de “reiniciar”. El pueblo bielorruso es pobre, pero no pasa hambre, y ello parece suficiente. La botella no está ni medio llena, ni medio vacía, sino todo lo contrario…. Tiene agua algo estancada, pero todavía potable. A lo mejor es así como tiene que ser.