La vacuna de Nuremberg contra el nazismo
Por: Guennadi Bordiugov*,
RIA Novosti

«El resumen final de la guerra reside en la vacuna contra el nazismo que fue inoculada a todo el mundo en Nuremberg». Estas palabras, pronunciadas por el presidente ruso, Dmitri Medvédev, durante la celebración del 65º aniversario de la Victoria sobre la Alemania nazi (9 de Mayo), tienen un profundo sentido.

Es cierto, las actas de los procesos de Nuremberg (20 de noviembre de 1945 – 1º de octubre de 1946) y de los de Tokio (3 de mayo de 1946 – 12 de noviembre de 1948) sirvieron de resumen y conclusión de la Segunda Guerra Mundial.

Digan lo que digan acerca de la justicia de los vencedores y, a pesar de que la legalidad de los procesos y de los veredictos se ha puesto en tela de juicio, por mucho que se haya intentado borrar de la conciencia social la culpa y la responsabilidad por los crímenes cometidos, el valor histórico de Nuremberg es eterno. Como subrayó Geoffrey Laurence, que presidió en el primer tribunal, «fueron tiempos únicos en la historia de jurisprudencia».

Hoy, a los historiadores ya les parece impactante el propio hecho de que el tribunal tuviera lugar. Por lo visto, muchos se tomaron en serio el brindis que ofreció Iósif Stalin en la conferencia de Teherán a finales de 1943 «por la justicia de los pelotones de fusilamiento» añadiendo que eran necesarios 50.000 fusilamientos.

Franklin Roosevelt y Winston Churchill se quedaron estupefactos al oír la cifra, pero estaban de acuerdo en el método. Hasta la muerte de Hitler las autoridades de los EEUU y del Reino Unido optaban por un procedimiento judicial simplificado e incluso el Lord-canciller, John Simon, llegó a afirmar que los dirigentes nazis ni siquiera merecían ser juzgados.

Este comportamiento, tal vez, se debiera a un deseo de que no salieran a la luz pública los trapos sucios de los gobiernos del Reino Unido, EEUU y otros estados, cómplices todos del régimen hitleriano en la creación de la poderosa máquina militar alemana, con el objetivo de atacar y neutralizar a la URSS. Quizás, temieran que las acusaciones contra el nazismo se dirigieran también contra ellos que lo habían cultivado y aupado al poder.

Hoy se puede decir abiertamente que la participación de la URSS en los Procesos de Nuremberg no fue fácil. Así, por ejemplo, el papel de víctima en el crimen de la «Guerra de Agresión» se complicó por las consecuencias del Pacto Mólotov-Ribbentrop, del 23 de agosto de 1939, cuyas cláusulas secretas permitieron a Stalin iniciar la guerra contra la zona este de Polonia, los países bálticos y Finlandia. Además, el fiscal soviético insistió en atribuir el fusilamiento de los polacos de Katyn a los nazis. Hubiera sido lo más fácil y deseable, pero las pérdidas humanas de la URSS habían sido demasiado grandes y su aportación a la derrota de Alemania demasiado evidente para que los juicios pudieran ser realizados sin fiscales y jueces soviéticos.

Todo lo ocurrido durante los juicios es hoy de sobra conocido y está detalladamente descrito en la literatura. Sin embargo, los ciudadanos de la antigua Unión Soviética no dejan de discutir en torno a la persona del «filósofo», oriundo de Estonia, Alfred Rosenberg, responsable de los territorios ocupados del Este. Fue declarado culpable y ejecutado por los cuatro puntos del acta acusatoria: «complot», «guerra de agresión», «crímenes de guerra», «crímenes de lesa humanidad».

Ya a principios de los años 20 del pasado siglo, Rosenberg estaba componiendo libelos contra la URSS e intentado enemistar a unos pueblos soviéticos contra otros.

Ya se ha olvidado que en vísperas de la guerra, Rosenberg había propuesto crear en el territorio de la URSS cinco grandes provincias: Ostland (Estonia, Lituania, Letonia y Bielorusia), donde para una germanización completa serían necesarias dos generaciones; Ucrania (Galitsia del Este, la península de Crimea, territorios adyacentes a los ríos Don y Volga y la antigua República Autónoma Socialista Soviética de los Alemanes del Volga) con cierta autonomía; la tercera provincia incluía al Cáucaso; la cuarta, a Rusia hasta los Urales y la quinta, a Turkestán.

Hitler, teniendo en cuenta el fracaso de la política alemana en Ucrania en 1918, no estaba dispuesto a conceder autonomía alguna a Ucrania. Además, propuso sustituir las provincias por reichskomissariats.

Las operaciones del ministerio de Rosenberg en los territorios soviéticos ocupados demuestran que el nuevo sistema de administración buscaba saquear estas regiones.

Así, por ejemplo, en la carta a Bormann, del 17 de octubre de 1944, Rosenberg escribe que su Sociedad Central Comercial Oriental de Venta y Consumo de Productos Agropecuarios en el período desde su fundación hasta marzo de 1944 recogió y envió a Alemania 9.200 mil toneladas de cereales, 622 mil toneladas de carne y productos cárnicos, 950 mil toneladas de semillas oleáceas, 208 mil toneladas de aceite, 400 mil toneladas de azúcar, 2.500 mil toneladas de pienso, 3.200 mil toneladas de patata, 141 mil toneladas de semillas, 1.200 mil toneladas de demás productos, 1.075 mil huevos.

El saqueo total desembocó en una hambruna entre la población local, aumentando la mortalidad.

El Tribunal Internacional Militar sentenció que Rosenberg estaba al corriente de las atrocidades y del terror cometidos contra la población de las provincias orientales. Los decretos de Rosenberg suponían el aislamiento definitivo de judíos en guetos. Sus subordinados participaron en matanzas masivas de judíos.

Son mundialmente conocidos los casos de fusilamientos masivos de judíos de Kiev en Babi Yar, el exterminio de esta población en el Báltico, la quema de los shtetl hebreos con todos sus habitantes en Bielorrusia y la quema de judíos en sinagogas, practicada en muchos lugares. En los territorios controlados por Rosenberg el exterminio abarcó tanto a judíos como a gitanos, y también a otros pueblos de la URSS.

Los juicios internacionales y la sentencia de Rosenberg resultaron muy útiles. Tenemos que aprender la lección de que los regímenes criminales no aparecen de la noche a la mañana. Hjalmar Schacht, uno de los ideólogos de la economía militar de Alemania, comentando en sus memorias la llegada de Hitler al poder en 1933, escribía: «el pueblo alemán no veía lo criminal que era su Gobierno porque los demás países lo trataban con sumo respeto».

Lo mismo decía el histórico y el asesor del Foreign Office de Gran Bretaña E.L. Woodword, advirtiendo a los organizadores de los juicios, que hasta el 1º de septiembre de 1939 el gobierno de Su Majestad había tolerado todo lo que hacía Alemania para mantener intactas sus posiciones en Europa. Las consecuencias de ello son harto conocidas.

En el contexto de los crímenes nazis parecen muy extrañas las «guerras de memoria», los intentos de las repúblicas ex-soviéticas de nacionalizar la Victoria común del 1945.

Otra señal mucho más alarmante son los conflictos bélicos, ocurridos ya después de la desintegración de la URSS: Transnistria (lucha por la independencia de Moldavia), Abjasia y Osetia del Sur (por la independencia de Georgia), Chechenia (por la independencia de Rusia) y Alto Karabaj (por la independencia de Azerbaiyán). Además, en el territorio postsoviético estallaron dos guerras civiles: en Georgia y en Tayikistán. Todas las guerras enumeradas fueron acompañadas por operaciones de limpieza étnica, crímenes contra la población civil, atentados contra la identidad nacional y propagación de controversias de carácter étnico.

Tarde o temprano, estos crímenes serán vistos desde el punto de vista legal, así surtirá su efecto la vacuna de Nuremberg.

Guennadi Bordiugov* es historiador y miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti