Hace 20 años el Kremlin rehabilitó toda disidencia antisoviética en el exilio
Por: Dmitri Bábich,
RIA Novosti

Hace veinte años, el 16 de agosto de 1990, se publicó el decreto del Presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, sobre la restitución de la nacionalidad soviética a los disidentes en el exilio.

La denominación oficial de esa ley fue el siguiente: “Decreto del Presidente de la URSS que deroga decretos del Soviet Supremo de la URSS relativos a la anulación de la ciudadanía soviética a ciertas personas residentes fuera de la URSS”.

Este decreto fue aprobado inmediatamente después del decreto del 13 de agosto de 1990 “sobre el restablecimiento de los derechos de las víctimas de la represión política durante los años 20 a 50”.

De acuerdo el segundo decreto, los beneficiarios ya no eran las víctimas de la represión estalinista sino todos los disidentes expulsados de la URSS desde 1966 hasta 1988.

Fue una época sorprendente: a pesar de las nuevas tendencias de apertura política, continuó la retórica de antes. Todavía se utilizó el término “ciertas personas” y también estaba en boga señalar a todos los inconformes bajo la expresión de “ciertos círculos”.

Daba la impresión de que las autoridades soviéticas sentían vergüenza de los cambios anunciados, situación comprensible si se tiene en cuenta que los casos más recientes de personas desposeídas de la ciudadanía soviética tuvieron lugar en 1988, en otras palabras, por el mismo gobierno que dos años más tarde rehabilitó a los disidentes expulsados.

En el mismo 1988 se abrieron los últimos sumarios por “propaganda antisoviética” y se ordenó la vigilancia a soviéticos “por contactos no autorizados” con los extranjeros. Los responsables de aquellas persecuciones catalogadas de ilegales en 1990 nunca fueron castigados.

Esto se desprende del texto decreto que excluyó cualquier tipo de disculpa o el pago de indemnizaciones por los daños causados. La represión política en la URSS acabó sin que se anunciara su final de manera oficial.

El texto del decreto era corto y conciso: “Se encomienda al Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS informar el contendido del presente decreto a las personas residentes fuera de la URSS afectadas por la anulación de la ciudadanía soviética, y en caso de solicitudes, entregar pasaportes como ciudadanos de la URSS”.

Como dicen en algunas películas: “la investigación concluyó; aquí no pasó nada”. Pero aquello no se puede olvidar, aunque muchos querían precisamente eso. A propósito, el Gobierno soviético nunca presentó disculpas y no faltaron los intentos de dejar recursos para una posible marcha atrás.

En 1986, el Presidente del KGB, Viktor Chebrikov, al informar la Buró Político del Partido Comunista Soviético (PCUS) sobre el regreso a Moscú del Académico Andrei Sajarov de su destierro de la ciudad de Gorki, dijo que la vigilancia sobre el académico se mantendría.

Es decir, el jefe de los servicios secretos sugirió a sus colegas de los más altos cargos del Partido que sería simple anular la decisión anteriormente adoptada. Como un despertador al que se aprieta el botón, deja de sonar el timbre, y vuelve la calma.

Pero tras el decreto de Gorbachov, fue muy difícil intentar de nuevo imponer la mordaza del silencio a la sociedad soviética. Personajes de toda condición desde Solzhenitsyn a Limonov (Savenko) recuperaron su estatus como ciudadanos de pleno derecho. Entre ellos no había ningún punto en común, y tampoco pudieron crear ningún tipo de “frente unido antisoviético”.

Simplemente, como su famoso compatriota Boris Pasternak querían, “vivir, pensar, sentir, crear, hacer descubrimientos”. Pero a finales de los años 80 esto era imposible sobre todo para quienes se dedicaban a las Humanidades.

Hoy suena tremendamente extraña una frase que se repetía mucho en aquel entonces de que: “hay que corregir el error de haber exiliado a Solzhenitsyn y a Brodsky”, dos personajes que por alguna extraña razón siempre aparecían juntos, a pesar de que cuesta trabajo concebir a dos escritores más diferentes y alejados el uno del otro.

Uno, profeta épico, incómodo en la Literatura e incluso en la Historia que se sintió llamado a cambiar no sólo de Rusia sino al resto del mundo. El otro, un poeta lírico anglófilo, deleitándose en su existencia personal y única; un esteta muy alejado de la épica.

Y no obstante, entre esos y el resto de disidentes parece que existió algo en común. Y eso que tienen en común es la capacidad de soñar, de crear, de aspirar a algo nuevo.

En uno, esa aspiración se expresó en prosa; en otro, en el verso; en un tercero, en la economía o en la sociología.

Hoy, sin embargo, ese tipo de aspiración ya no está de moda: hay miedo de que se rompan los moldes. Por el contrario, está de moda hablar de la inutilidad de los disidentes, “soñaron, escribieron cosas, pero ¿salió algo positivo de todo eso? Mejor habría sido que intentaran cambiar el sistema desde dentro como lo hicimos nosotros, los rusos de a pié simples y mortales”.

Pero esta teoría es cínica y equivocada. Y es más fácil de lo que parece darse cuenta de ello: imagínese llegar a una biblioteca y pedir poemas de Ajmatova o de Tsvetaeva, relatos de Solzhenitsyn, la Isla de Crimea de Axionov o los relatos satíricos de Voynovich. ¿No tendrá problemas, verdad? Y todos estos autores en su momento estuvieron bajo vigilancia y tuvieron problemas con las autoridades.

Imagínense ahora pidiendo las obras del camarada Zhdanov, Secretario del Comité Central del Partido. O los trabajos de Mijail Andreevich Suslov. O bien las reflexiones sobre la moral socialista de Felix Kuznetsov, para no seleccionar a los representantes de la ortodoxia comunista más dura. ¿Cómo les mirarían? Exactamente así… No es casualidad que el libro de Roy Medvedev sobre su hermano Zhores, que fue encerrado en mayo de 1970 en un hospital psiquiátrico en Kaluga por haber editado libros en Occidente, se titule precisamente “¿Y quién es el que está loco?”

No sería demasiado inteligente esperar la verdad absoluta de estas personas a las que Gorbachov devolvió en 1990 sus derechos de ciudadanía. Entre otras razones porque se trataba de un grupo muy heterogéneo.

El violonchelista Mstislav Rostropovich apoyaba al primer presidente de Rusia Boris Yeltsin, mientras que el escritor Andrei Siniavsky le odiaba. Muchos disidentes cometieron errores de juicio… y los siguen cometiendo.

Zhores Medvedev durante un tiempo confió en la regeneración del socialismo en la Unión Soviética; y su hermano, Roy Medvedev, llegó a justificar casi por completo las acciones de Yuri Andropov, uno de los máximos líderes comunistas que se destacó por la persecución de los disidentes.

Tampoco se cumplieron los pronósticos del Académico Sájarov de una convergencia de los sistemas socialista y capitalista, y el libro del disidente Andrei Amalrik “¿Sobrevivirá la Unión Soviética hasta 1984?” dio una fecha incorrecta de la caída de la URSS.

Sin embargo, si tenemos en cuenta que ese libro se escribió en 1969 y que ni la CIA, ni la Dirección General de Estadística, ni la Academia de Ciencias se enteraron de que el sistema comunista se desmoronaría hasta el año 1991, debemos reconocer que los errores de los disidentes fueron infinitamente más valiosos que las verdades de los ortodoxos.

Así que muchas gracias, Mijail Sergueevich, por ese decreto que rehabilitó a toda la disidencia antisoviética en el exilio.