LUTO EN EL URIBISMO VENEZOLANO
MARCIANO

Para el uribismo venezolano, o mejor, para la oposición partidaria del ex presidente colombiano, era demasiado ver al zambo envuelto en la bandera nacional, la de las ocho estrellas, abrazado con el cachaco bogotano.


NUNCA, SALVO CUANDO CHÁVEZ los ha derrotado en las urnas electorales, y también después del 11-A y del fracaso del sabotaje petrolero, había visto a mis amigos escuálidos -con quienes suelo reunirme en el centro comercial San Ignacio, donde también lo hace Roberto Malaver con su bella amiga, la sifrina Cintia, tan tristes como el pasado martes a las tres de la tarde. O sea, a la hora en que mataron a Lola. Estaban con cara de cementerio. Apenas balbuceaban incoherencias y evitaban hablar del tema del momento. Que no era otro que la entrevista que, esa misma tarde, realizaban en Santa Marta, Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, y Hugo Chávez Frías, presidente de Venezuela.

NO HABLABAN. GUARDABAN SILENCIO. No miraban de frente, sino de lado. Un televisor transmitía el evento. Chávez llegando al aeropuerto, eufórico, su traslado en olor de multitud, aclamado por los costeños, luego el arribo a San Pedro Alejandrino y el abrazo franco de Santos. Era demasiado. Para el uribismo venezolano, o mejor, para la oposición partidaria del ex presidente colombiano, era demasiado ver al zambo envuelto en la bandera nacional, la de las ocho estrellas, abrazado con el cachaco bogotano. Esa imagen contrastante del dirigente revolucionario con el dirigente conservador, ambos muertos de risa, como si fueran amigos de toda la vida, de una impactante plasticidad, tenía el efecto de una patada en la espinilla. Era la liquidación mediática de un pasado.

SE CAÍAN ASÍ todos los pronósticos agoreros. Los análisis sesudos acerca de la imposibilidad de que mejoraran las relaciones de los dos países. Los constantes recordatorios de los ataques verbales que se entrecruzaron Santos y Chávez. Ahora la situación era diametralmente opuesta. Había desaparecido el lenguaje belicista, la amenaza recíproca, e imperaba, al conjuro de una relación distendida, el imperativo de avanzar con una nueva política. Se habían caído los anuncios de que el clima creado por Uribe imperaría; que Santos se plegaría a la línea de su antecesor. Había quedado atrás el podrido recuerdo del estúpido ataque por parte del Embajador colombiano en la OEA. Sólo un eco distante. Igual con la última carajada de Uribe: El anuncio de llevar a Chávez a la Corte Penal Internacional por parte de su abogado tarifado, condenada al fracaso. Nada de eso estuvo presente en aquel escenario hermoso con una naturaleza que explotaba en mil colores.

INDUDABLEMENTE QUE MIS AMIGOS escuálidos tenían razón de estar tristes, agobiados por el peso de la nueva realidad. En poco tiempo había cesado la tempestad y se imponía la calma. Dos hombres con sentido de Estado se reunían a conversar serenamente, racionalmente, orientados por el interés común de superar divergencias, de arreglar los problemas existentes, sin desplantes ni arrogancia. En concreto, la victoria de la racionalidad sobre la irracionalidad. Para los escuálidos era fundamental llegar al 26-S con la relación con Colombia destruida y con un Santos haciendo el mismo trabajo sucio de Uribe. Para la oposición uribista, en el fondo narcoparapolítica, la reunión de Santa Marta era un fracaso. Uno más. Premonitorio de lo que sucederá el 26 de septiembre.-

(Publicado por Diario Vea)