Hiroshima-Nagasaki-1945-2010
Por: Susana Roberts

Durante los primeros días del mes, 6 y 9 de agosto respectivamente, se conmemora el aniversario número 65 del terrible genocidio humano ocurrido en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Cuando la bomba explotó en Hiroshima con su potencial de 12.5 Kilotones produjo un daño letal a 5 km con una radioactividad del 17 % y la térmica [1] aumentó el 33%; pocos días después, Nagasaki, con 23 kt más de poder sobre la anterior, el 96% de la población falleció y el resto contrajo queloides, leucemias, cáncer…
En el presente EEUU tiene 7.200 armas nucleares, Rusia 6.000 y otros países en menor medida como India, Reino Unido, Pakistán, Francia, Israel, Corea del Norte. Un submarino nuclear como Poseidón tiene 9 MT.

Los misiles intercontinentales alcanzan 2.500 millas en 12”. Una explosión causa inmediatamente un colapso al sistema, comunicaciones, suelo clima, electricidad, seguridad, y produce el invierno nuclear. En la actualidad con la potencia superior que estas armas poseen bastaría una detonación entre Pakistán e India para causar 5 millones de toneladas de hollín hacia la estratosfera, el hollín absorbería suficiente radiación para calentar los gases circulantes poniendo en marcha una serie de reacciones químicas que destruirían buena parte de la capa de ozono que protege a la tierra de la radiación ultravioleta.

Sabemos que la violencia social genera conflictos étnicos, terrorismo, guerras civiles, regionales… guerra nuclear.

Los gastos de la guerra son más de un trillón de dólares por año-EEUU. Si se pudiera parar la carrera armamentista por unas horas, con ese dinero se podrían producir 300 billones de vacunas; por 4 días se podría controlar la malaria; por seis meses, se pondrían en práctica programas por 20 años para alimentos y salud necesarios para países más necesitados.
En el mundo cada día mueren de hambre 24.000 personas: una cada 3,6 minutos, tres de ellos son niños menores de cinco años.

Este poema y otros más serán leídos en su versión original en inglés en Japón el día 5 de agosto del corriente año frente al Alcalde de la ciudad y a los hibakushas (sobrevivientes) en actos solemnes y conmemorativos.

Escribí este poema en honor de Tsutomu Yamaguchi, fallecido a principios de este año tras una batalla con el cáncer de estómago. Tenía 93 años. El único hombre reconocido como un sobreviviente de las dos bombas atómicas que en Japón cayó al final de la Segunda Guerra Mundial…

Yamaguchi estaba de paso en la ciudad por viaje de negocios para su empleador, Astillero Mitsubishi. En ese día, 6 de agosto 1945 a las 8.15 horas, recordó: “Fue muy claro, un día realmente bueno, no hay nada inusual en ello. Yo estaba de buen humor”, dijo. “Mientras caminaba a lo largo, oí el sonido de un avión, sólo uno. Miré hacia arriba en el cielo y vio que el B-29, dejó caer dos paracaídas. Yo estaba mirando al cielo, a ellos, y de repente… fue como un flash de magnesio, una gran llamarada en el cielo, y yo estaba derribado”.

¡Mira mi edad, noventa y tres!
muchas cicatrices en mi alma
Gritando nombres, lugares y el agua contaminada
sediento para beber
no hay más agua limpia de
este horizonte negro de lluvia
y soportan mis venas
el dolor conjunto
con el daño de todos los cuerpos
de aquellos que permanecen ciegos
a los ojos del amor
en el cielo azul
asustados por las sombras las tinieblas
Mi sangre atrapó grave enfermedad
Y sobrevivió para contar a otros
la voz caliente de la arruinada Hiroshima
“Little Boy” del diablo
tomó de la vida de las almas
amor sin compasión
todos los sueños quemados
todas las células quemadas
cada lágrima quemada
cada suspiro quemado
dentro de mi cuerpo
en la puerta del cielo.

Alrededor de 140.000 personas murieron en Hiroshima y otros 70.000 en Nagasaki.

Muchos de los que sobrevivieron sufrieron toda una vida de problemas de salud relacionados con la radiación, incluyendo el cáncer. Yamaguchi perdió la audición en su oído izquierdo en las explosiones, y sufría de leucemia aguda, cataratas y otras enfermedades relacionadas con las bombas en los años posteriores.

Con quemaduras graves, Yamaguchi regresó a casa, a Nagasaki, sólo para experimentar el horror de nuevo.

Defendamos la vida: ¡Basta a la carrera armamentista!