Imperios y autocríticas
Por: Eliades Acosta Matos

Parece un folletín por entregas o una radio novela jabonera: cada cierto tiempo una extraña pasión autocrítica despierta en los prohombres imperiales y los hace examinar, a camisa quitada, qué ha marchado mal en “La Gran Jugada”.
Así llaman, desde el Siglo XIX, a sus expansiones geopolíticas a costa de países más débiles y en feroz guerra de rapiña con otras potencias coloniales o bloques imperialistas.

Estados Unidos, enzarzado en dos guerras que no ha podido ganar ni perder, de clara estirpe expansionista y avaladas por la razón cínica de ese patético tartamudo mental que es George W. Bush, está sacando fuerzas del entuerto en que se halla y ha comenzado a racionalizar las causas de lo que se vislumbra ya como una inevitable derrota. Una corriente visible, de análisis más o menos objetivos, se va abriendo paso entre las noticias de los descalabros del frente y la impotencia de quienes pensaron ganar a base de millones, masacres y bombardeos. Un reciente artículo de James Reeves, publicado por la revista “Newsweek”, puede servir para ilustrarlo.

“La cruz del hombre blanco”, titula Reeves su artículo, recordando aquel célebre poema de Rudyard Kipling, el bardo de la expansión colonial británica del Siglo XIX y temprano cantor de las glorias imperialistas de los Estados Unidos, a partir de su debut en la Guerra hispano-cubano-americana, de 1898.”Llámelo de otra manera y más políticamente correcta-argumenta-, pero los Estados Unidos necesitan organizar un servicio colonial o deberá mantenerse fuera del negocio de la “construcción de naciones”

Son sus propias palabras, y llegan a tiempo para barrer definitivamente, lanzando al basurero de la historia y de la infamia, tantos discursos carnavalescos que pretendían elevar las agresiones norteamericanas a Iraq y Afganistán al rango de santas cruzadas idealistas por la civilización, la democracia, la defensa de los derechos conculcados de las mujeres afganas oprimidas por los talibanes y del pueblo iraquí, a manos de un nefasto tirano. ¿Les suena eso de “servicio colonial”? Y, ¿cómo conjugar el colonialismo y las colonias con la libertad que venían a traer los desinteresados libertadores?

Todo ha durado lo que un merengue a la puerta de un colegio. Caen las máscaras nobles y quedan los llagados rostros verdaderos. “Lo que ustedes, norteamericanos, deben hacer en Afganistán es enviar de inmediato un Virrey civil”-pone Reeves en boca de un veterano diplomático británico, que pidió guardar el anonimato. “Si fuesen ustedes imperialistas británicos del Siglo XIX-agrega otro importante funcionario inglés, tampoco identificado-se concentrarían en las regiones de ese país con mayor potencial minero, y las cubrirían con un manto de fuerzas de seguridad”

Un cauto Mr Reeves no duda en afirmar que…”hay importantes lecciones coloniales británicas que aprender. Y si bien no necesitamos virreyes ni industriales rapaces (¡) en busca de concesiones mineras, si necesitamos contar con los servicios del coronel Creighton”.

Se trata de un personaje de ficción de la novela de Kipling titulada “Kim”, más o menos el arquetipo de estadista colonial dentro de la astuta tradición imperialista inglesa que le ganó a aquella nación el apodo de “La pérfida Albión”.”Etnógrafo-investigador-soldado-espía, encargado de llevar a cabo “La Gran Jugada en la India del Siglo XIX”-así lo caracteriza un deslumbrado Mr Reeves- Creighton veía al mundo de manera sistémica -agregaba, citando las palabras de Edward Said-. Todo lo relacionado con la India le interesaba… No se puede gobernar lo que no se conoce, y para conocer hay que entender la manera en que opera. Su enfoque estaba libre de dogmas, o al menos de eso que llaman moral. Para un estadista (colonial)-concluye Said-lo importante no es lo que está bien o mal hecho, sino lo que funciona o no, lo que nos ayuda a someter y controlar una entidad extraña.”

La autocrítica imperial de Mr Reeves no es ajena a reconocer que…”en las Fuerzas Armadas (de los Estados Unidos), en la Secretaría de Estado y en otras agencias gubernamentales, hay coroneles Creighton que trabajan duro por entender( y controlar, agrego yo) las culturas de los países donde las tropas yanquis están desplegadas. Uno de los ejemplos recientes, que lo demuestra, fue la creación de la Office for the Coordinator for Reconstruction and Stabilization, creada para subsanar los errores cometidos tras la invasión a Iraq”, una versión postmoderna de aquel “Buró de Asuntos Insulares” o Ministerio de Colonias, surgido para administrar las posesiones de ultramar arrebatadas a España en 1898.

Para respaldar este llamado al orden colonialista, Mr Reeves cita también a Robert Gates, Secretario de Defensa de Bush mantenido en el puesto por Obama, quien publicó un reciente artículo en la revista “Foreign Affair”, y en el cual llamó a la “obligación” norteamericana de lidiar con los llamados “estados fallidos”, como “el mayor desafío de seguridad de nuestra época”. Y para terminar las abundantes citas con las que justifica la necesidad de realizar un examen de conciencia imperial, Mr Reeves no puso sustraerse a la tentación de recordarnos las quejas del mayor general Michael Flynn, Jefe de la Inteligencia Militar en Afganistán, cuando expresó en un documento publicado a principios de año:

“Cuando la inteligencia militar suministra a los comandantes informaciones socio-políticas para integrar a los esfuerzos de reconstrucción del país, estos suelen ignorarlas: Solo les interesa que se les indique contra quién disparar”.

La recomendación final de Mr Reeves, hábil zurcidor del honor colonial perdido, es muy concreta: “Lo que necesitamos es una nueva institución, algo parecido a lo que los británicos llamaban “Servicio Colonial”, pero que los norteamericanos imaginan más parecido a los Cuerpos de Paz con poderes policiales, una gendarmería con lingüistas e investigadores… Este eventual Stabilization and Development Service podría también desplegarse en áreas de desastres naturales, o apoyar a los gobiernos de los estados fallidos que combatan a sus enemigos”

A pesar de su análisis, y de la lógica imperialista de su propuesta en tiempos de soft y smart power, Mr Reeves se muestra finalmente escéptico: no percibe voluntad política en su gobierno para atender estas sugerencias. Y para presionar en busca de atención, no duda en sacar de la manga la última carta: el poema de Kipling titulado “The White Man Burden”, que podría ser traducido como “La cruz del hombre blanco”:

Recordando lo sucedido cuando el gobierno imperialista norteamericano ocupó Filipinas, dice que para liberarla, y provocó una enconada lucha de resistencia del pueblo que se prolongó por más de cinco años, Reeve trae al presente una alerta del bardo imperialista:

“Los yanquis pueden llevar a cabo la pacificación ( de Filipinas); pueden construir puertos y carreteras, vivir con los nativos, incluso influirlos, pero jamás recibirán gratitud a cambio…”

Pero Mr Reeves, ¿cómo agradecer en Filipinas las masacres imperialistas contra la población masculina mayor de diez años y la aplicación de la tortura generalizada, que despobló islas enteras? ¿Y el millón de muertos que ya se contabilizan en Iraq?

No es que los pueblos sean desagradecidos, es que no son desmemoriados. Algo que, al parecer le sucede a los imperios de todas las épocas: por ello siempre acaban derrotados.