Bielorrusia ofrece una Unión Eslava con Rusia a cambio de gas
Ria Novosti

El actual tira y afloja entre Rusia y Bielorrusia sobre el precio del gas roza el límite de poder considerarse un conflicto internacional.

Sin embargo, según ha manifestado el canciller ruso, Serguei Lavrov, este tema se sale del ámbito de la diplomacia y de la incumbencia de los Ministerios de Asuntos Exteriores y deberá resolverse entre las compañías energéticas de ambos países.

A pesar de esto, el presidente ruso, Dmitri Medvédev, tomó cartas en el asunto y concedió a Minsk un plazo de cinco días para pagar su deuda por el gas suministrado en 2010 y que asciende a 192 millones de dólares.

Debido al incumplimiento de este ultimátum, el presidente de Gazprom, Alexei Millar, anunció que a partir de las 10.00 hora Moscú (6.00 GMT) del 21 de junio Gazprom reduciría en un 10% el volumen diario del gas suministrado a Bielorrusia.

Las palabras de Miller el pasado 19 de junio sonaron como si no fueran pronunciadas por el jefe de una empresa privada sino por un funcionario gubernamental: «El presidente lo dejó todo claro y nosotros tenemos que cumplir sus órdenes».

Este conflicto no es un asunto de sencillo aborde y resolución. Se trata de un tema privado, relativo a transacciones entre empresas privadas, pero es público a la vez por que se trata de hidrocarburos, bienes de importancia estratégica, que afectan a la política, seguridad y bienestar global. Se trata, en suma, de un regateo entre dos compañías que están guiadas por las decisiones de los presidentes de sus respectivos países.

Los economistas saben que no se puede esperar nada bueno de tales disputas porque en esta zona gris entre los mundos de la política y la economía, no rigen las reglas de ninguno de los dos y se acaban por imponer voluntades e intereses individuales que frecuentemente socavan el bien común.

No fue en Moscú donde se eligió este ineficaz método para resolver este tipo de problemas. Muchas empresas privadas en Rusia trabajan con compañías extranjeras y sus pérdidas o ganancias dependen de la coyuntura del mercado mundial y la calidad de su trabajo.

Pero estas reglas no terminan de funcionar en un mercado que, en esencia, está dirigido por sólo un hombre que quiere controlar las riendas de todas las áreas y de todos los sectores de su entorno. Cuando se negocia con un socio que establece y cambia las reglas y las pautas a seguir según su conveniencia y la coyuntura que se va encontrando, incluidas todas las elecciones presidenciales a partir de 1994.

Por este motivo, Rusia no tiene otro remedio que buscar protección y representación en todas las decisiones relativas a este asunto en la persona de su presidente para resolver esta disputa teóricamente originada entre compañías privadas. Sin embargo, durante el transcurso de las conversaciones se están produciendo algunas situaciones de confusión ya que, en ocasiones, no se tiene muy claro quién es el interlocutor válido.

La actitud de Alexander Lukashenko con Rusia se podría comparar, no ya con el dios romano Jano de doble rostro, sino más bien con el personaje mitológico Proteo y su facultad de cambiar de aspecto a voluntad.

Siempre que Lukashenko busca obtener créditos en Rusia o la UE se presenta como el líder de un estado soberano e independiente, que dispone de los recursos concedidos a su antojo y sin control por parte de nadie.

Pero cuando se trata del precio del gas y del crudo de Rusia el asunto cambia. Entonces Lukashenko se convierte en el presidente de un país miembro de la Unión Aduanera y de la Unión Rusia-Bielorrusia, que presuntamente tiene el derecho a importar los hidrocarburos rusos sin cargas aduaneras y al precio del mercado interno ruso.

Si la cuestión gira en torno a los compromisos de Bielorrusia como país integrado en las citadas estructuras, Lukashenko se muestra como un diplomático inflexible y jefe de un estado soberano que no está dispuesto a ayudar, por ejemplo, a países del Asia Central a construir centrales hidroeléctricas (se barajaron tales proyectos dentro del marco de la Comunidad Económica Euroasiática).

Sin embargo, cuando Lukashenko necesita culpar de los problemas de su país a Rusia deja a un lado el lenguaje diplomático y comienza su verborrea histérica acusando a Moscú de negar su ayuda a sus vecinos de Bielorrusia.

«Hoy por hoy, la relación con Bielorrusa le reporta muchos beneficios a la economía rusa. No nos digáis que os estamos pidiendo limosna. Rusia se aprovecha de nosotros en materia industrial, militar y en muchos otros campos. La actitud de Moscú hacia Bielorrusia es inaceptable: reduce o congela los precios de gas para otros países, mientras que para nosotros los aumenta. Ni los rusos ni Gazprom no obtendrán buenos frutos a largo plazo siguiendo de este modo, perderán mucho más»,- comentó el presidente bielorruso a la agencia BELTA.

Este no es un lenguaje habitual en ámbitos diplomático. Los verdaderos políticos evitan alterar los hechos, sacar las cosas de contexto y simplificar las situaciones para dar validez a sus argumentos.

La reducción de precios del gas ruso para los países comunitarios no debe a un sentimiento de hostilidad hacia Minsk, sino al hecho de que la UE hoy en día está pagando mucho más que Bielorrusia.

Rusia tiene que reducir esta diferencia, por eso a comienzos de 2010 subió el precio para Minsk de US$150 a US$174 reduciéndolo para la UE, donde se registra una caída de los precios del gas debido a la crisis.

Lukashenko, por su parte, ha preferido ignorar esta alza desde enero pero ahora ha acusado a Moscú de tirar la piedra y esconder la mano. El quid de la cuestión radica en que Minsk es sencillamente incapaz de pagar los US$192 millones de la deuda pendiente, a pesar de que el año pasado obtuvo de Rusia créditos por miles millones de dólares.

La conducta de Lukashenko fue la misma cuando Moscú alzó los precios de gas en 2005 y 2008. Inicialmente, no mostró reacción alguna, pero luego prorrumpió en gritos de indignación.

Está claro que cada persona tiene su estilo. Lukashenko suele alternar lamentaciones con un juego sutil de venta de acciones de la empresa bielorrusa Beltransgaz a Gazprom. Hoy su precio es de US$2.500 millones, mañana de US$5.000 millones… Un día, Minsk ofrece a Gazprom la oportunidad de comprar el 50% de las acciones de la empresa bielorrusa, mientras que al otro día, sólo el 49%, poco después se descuelga con otra oferta: el 50% menos una acción, etc… Todo un mercado persa.

Lukashenko persigue un solo objetivo: recibir créditos y gas subsidiado de su socio ruso a cambio de palabrería sobre la Unión Eslava.

La Unión Eslava entre Rusia y Bielorrusia no es un mito, pero no debería corromperse con sucios juegos políticos. En virtud de los acuerdos firmados por Lukashenko, Rusia y Bielorrusia se comprometieron a introducir la moneda única ya en 2005 y aprobar un acto legislativo que elimine las barreras entre los dos países. Aunque esto no se ha terminado de hacer realidad, Lukashenko sigue reclamando sus derechos sobre el gas y el petróleo a precios rebajados casi semanalmente.

Es evidente que, tarde o temprano, este estilo autoritario de gobierno afectará negativamente a las relaciones políticas, haciendo tambalear la confianza de los socios y provocando una evolución impredecible de la economía.

Si se acostumbra a falsear los comicios presidenciales, tanto más se pueden trampear las negociaciones del gas.

Es muy importante que las relaciones entre Rusia y Bielorrusia estén basadas en unas normas civilizadas y democráticas. Para eso, el estilo de gobierno que practica Lukashenko debe quedar en el pasado.