La postura de Rusia sobre el Tíbet no ha cambiado un ápice
Por: Dmitriy Kosirev,
RIA Novosti

En estos días, una fuente en el gobierno ruso en condición de anonimato accedió a comentar la intervención del ministro ruso de Asuntos Exteriores Serguei Lavrov en el Consejo de Federación (cámara alta del parlamento), el pasado 13 de mayo, en la que entre otras cosas, mencionó la situación en Tíbet.

Un comentario muy oportuno de cara a una nota editorial publicada por el diario Asia Times el pasado 2 de junio sobre la intervención del ministro ruso. La fuente explicó el trasfondo de esta intervención y, asimismo, de los matices de la postura rusa, de los que no hizo mención alguna el canciller.

Para empezar es necesario aclarar que la postura de Moscú sobre el Tíbet sigue invariable. Serguei Lavrov no expresó una sola idea que de alguna manera pudiera significar una ruptura con la postura oficial de Rusia formulada anteriormente.

Tampoco hay que buscar cambios en los detalles, no ha habido ningún desvío político, grande o pequeño. Quizás los tibetanos de Dharamsala hubiesen descubierto algo nuevo e inesperado en las palabras del ministro, pero en Pekín nadie pestañeó siquiera.

Es más, en el curso de la visita de turno de Lavrov a China no se abordo la cuestión del Tíbet, a excepción de la breve mención de que no se han producido ningún cambio en las posturas.

El Asia Times destacó las palabras de Lavrov cuando dijo que, «Rusia estaba dispuesta a contribuir al diálogo entre China y Dalai Lama, líder espiritual tibetano en exilio, para dar solución al problema del Tíbet.» El diario recordó que Pekín se opone categóricamente a la intervención de otros países en este asunto, insistiendo en que se trata de un «tema interno».

Claro que Moscú contribuiría gustosamente al diálogo entre Pekín y Dalai Lama (en caso de que este diálogo se iniciara en serio), y si por algún motivo, China necesitase de intermediarios.

En este sentido, es necesario insistir que no es la primera vez que Moscú hace ese tipo de declaraciones que no comprometen a nada. La fuente rusa recomienda prestar atención a los puntos relevantes en las palabras de Lavrov, puntos que destacan qué es lo que preocupa a Moscú con relación al Tíbet.

«Estamos interesados en la normalización de las relaciones entre Pekín y Dalai Lama … Si las partes logran separar los contactos meramente pastorales de las asociaciones políticas, esto sería una solución del problema. Estamos dispuestos a ayudar en estas tareas», dijo Lavrov, citado por el diario indio.

¿Cómo se pueden interpretar estas palabras? Pues, al pie de la letra. Si el budismo tibetano no estuviese tan fuertemente ligado a la política, incluso global. Si Dalai Lama no fuera una figura política internacional y, además, con una marcada postura antichina. Si se propone visitar Rusia únicamente en misión religiosa, si las relaciones entre Pekín y Dalai Lama llegaran a la normalidad. Y muchos más «si». Entonces Rusia estaría contenta y tranquila.

Pero este es el problema, que la situación real es muy diferente. Estos «si» sencillamente sólo insinúan posibilidades.

Ahora, miremos las circunstancias en que Lavrov pronunció estas palabras. No había preparado un discurso, simplemente respondió a una pregunta en el parlamento ruso. Su tesis se proyectó a la situación interna de Rusia, relacionada exclusivamente con los budistas rusos.

Considerar que en Rusia hay «millones» de budistas es una exageración. La cifra más aceptada serían 700 mil: los habitantes de tres Repúblicas Autónomas de la Federación de Rusia. El número de los budistas practicantes, y entre ellos los habitantes capitalinos, no supera, por lo visto, los 200 mil. No es poco. No olvidemos que todos ellos son electores de varios senadores que se reúnen en el Consejo de Federación y que hicieron preguntas a Lavrov el pasado 13 de mayo. Por cierto, este tipo de preguntas le hacen cada año.

No fue a Pekín, sino a los senadores y a su electorado, a los que Lavrov recordó: si Dalai Lama fuera tan sólo un líder religioso no habría problemas, podría entrar en Rusia cada mes, si quisiese. El gobierno ruso respeta las creencias de sus creyentes, pero no quiere que los políticos extranjeros y otras fuerzas jueguen con sus creencias. Y el problema no radica únicamente en la postura de Pekín.

Imaginémonos, por ejemplo, que llega el momento de elegir un nuevo Dalai Lama. Aquí es donde Moscú prevé muchos disgustos. Por supuesto, en el Tíbet encontrarán la nueva encarnación divina. Pero los budistas en Dharmasala pueden estar en desacuerdo, y esto provocaría un cisma entre las comunidades budistas y también en Rusia.

En este sentido, Pekín demuestra cierta miopía al no intentar entablar contactos con los budistas rusos, pero eso es un asunto de Pekín. Y si los budistas rusos se convierten en igual de radicales y extremistas, como cierta parte de los musulmanes, esto ya es un problema grave para Moscú.

Cuesta creer que exista la combinación de palabras «violencia budista». Pero es esto lo que está ocurriendo. Hoy en día está claro quiénes y por qué y con qué fin se organizaron los incendios de los comercios y los asesinatos en Lhasa en el año de las Olimpíadas de Pekín-2008. Y no fue el gobierno chino ni los budistas locales.

En Moscú hay personas que hacen notar también la participación de los monjes budistas en los acontecimientos en Birmania hace tres años. Todo esto es nuevo, inesperado y amenazador.

Las manifestaciones de las amenazas son múltiples. Basta mirar a lo que acaba de suceder frente a las costas de Israel con la Flotilla Libertad. ¿Qué se puede hacer con esta, a primera vista, desorganizada multitud de idealistas saturada con provocadores? ¿Cómo detenerlos o castigarlos?

No es un Estado extranjero el que ataca Israel, sino una red internacional de organizaciones no gubernamentales. La mayoría de estas personas cree sinceramente que está haciendo el bien. Pero hay una minoría. La tecnología de crear un escudo humano puede aplicarse algún día en relación con el Tíbet, y estos acontecimientos podrán ocurrir dondequiera. En Rusia, India, Europa, y los problemas del mismo Tíbet quedarían relegados a un segundo plano.

Moscú quiere estar lo más apartado posible de todo lo relacionado con el Tíbet, tanto en Lhasa como en Dharmasala, para evitar la radicalización de sus budistas. Esta es la esencia y sentido de su consenso con Pekín en relación con la cuestión tibetana.

Moscú comprende también la situación en que se ha visto la India tras haber dado asilo a los refugiados del Tíbet. Para la India la cuestión tibetana es una bomba de acción retardada. Y se puede afirmar que los objetivos que comparten Rusia, China y la India es evitar una radicalización del budismo.