Desde entonces no asesinan periodistas en Cuba
Por: Aleida Godínez Soler

“El que muere, si muere donde debe, sirve”.
José Martí

Fue “Gallo Ronco” un matón profesional que ejecutaba al pie de la letra las tenebrosas órdenes de Pilar García, uno de los más sanguinarios de la nomina policial del dictador Fulgencio Batista que respondía al nombre de Orlando Marrero Suárez, el que dio muerte al último periodista asesinado en Cuba, el 13 de mayo de 1958.

En invaluable búsqueda el investigador y periodista cubano Juan Marrero González en su nueva versión de “Andanzas de Atahualpa Recio”, presentado en esta ciudad en ocasión del cincuentenario del asesinato del periodista ecuatoriano Carlos Bastidas Arguello, en mayo de 2008, nos acerca a la breve pero profunda existencia del joven que después de haber entrevistado a Fidel Castro en la Sierra Maestra hizo una breve parada en Santiago de Cuba, continúa viaje a La Habana y se hospeda en el Hotel Pasaje ubicado en el Paseo del Prado y Neptuno.

“El 13 de mayo por la noche, Bastidas salió del Hotel. Al día siguiente […] debía viajar a Estados Unidos. Miembros del Movimiento 26 de Julio le habían pedido que llevase unas cartas para entregarlas a los exiliados cubanos en ese país. La entrega de esos documentos debía hacerse por la noche en el Bar Cachet […] como no conocía la ciudad, salió acompañándole una persona la cual lo condujo al Bar y fue testigo ocular de su muerte”.

(Se trataba de Luis Gómez Balado, hijo de la propietaria del Hotel Pasaje quien hizo amistad con Bastidas) […] “Como mediara algún tiempo para la cita, Bastidas resolvió esperar con su amigo dentro del bar, sito en la calle Prado, entre Virtudes y Neptuno. Se sentaron en los taburetes del mesón. Allí estuvieron cuando se presentó un sujeto fornido, agente de la policía secreta de Batista […] La verdad es que tan pronto como entró al bar se acercó al periodista ecuatoriano y le apostrofó e injurió, sin que mediara motivo aparente. Como es humano Bastidas protestó. El violento e inesperado diálogo fue bruscamente cortado por un tremendo golpe del policía –cuya corpulencia era casi el doble de la de Bastidas- en el rostro del periodista ecuatoriano. Bastidas rodó por efecto del golpe y cayo sobre los taburetes del mesón; quedó inconsciente en el suelo, bajo los muebles derribados. Entonces el policía se acercó, sacó su revolver y disparó a mansalva sobre la cabeza del periodista. Bastidas quedó agónico, desangrándose, […] fue llevado a un puesto de socorro donde falleció a las cuatro de la madrugada”.

La férrea censura de la dictadura batistiana se encargó de omitir la información. Solo una esquela firmada por dirigentes del gremio fue publicada en algunos periódicos de la época aunque los censores eliminaron la firma del entonces Embajador Virgilio Chiriboga.

El periodista cubano Orlando Gómez, en su testimonio para “Andanzas de Atahualpa Recio” recordó sus contactos con Carlos en la Sierra: “Lo conocí siendo yo un joven rebelde en la Columna 1 que dirigía el Comandante en Jefe Fidel Castro. Mi edad entonces, era de dieciocho años, mientras que Carlos creo tenía unos veinticinco. Lo que más me atrajo de él era la alegría y entusiasmo con que acometía cualquier tipo de acción en la Sierra. Fue de los primeros que habló a través de Radio Rebelde antes de que esa emisora se fundara oficialmente, y luego se trasladó a la comandancia en La Plata, donde establece una relación con Fidel, Celia y otros compañeros de la dirección del Ejército Rebelde”

Hace algún tiempo, a su paso por La Habana, su hermano Edmundo Bastidas Arguello tuvo la gentileza de contarnos que después de recibir una carta de Carlos fechada en Caracas el 9 de Marzo de 1958, donde le informaba que pensaba permanecer en La Habana hasta que cayese la dictadura de Batista, su señora madre Doña María Arguello, le preguntó… ¿ No tienes temor a hallar la muerte metiéndote en las revoluciones y en la violencia política?, a lo que Carlos responde: “Lo mismo me da morir tarde que temprano, pero me hieren profundamente las injusticias y sufro cuando el pueblo sufre”. “El era un político de nacimiento. Desde niño demostró la línea que iba a seguir. Ya en tercer grado, reclama a los profesores porque no lo atendían bien, reclama en la Escuela, porque eran maltratados sus compañeros y en alguna ocasión el propio Carlos porque era muy inquieto. Eso le costó a Carlos que la dirección de la escuela hiciera un llamado a mi papá, pero como este no estaba en casa, fue mi mamá a la Escuela a ver que sucedía. Allí le explican lo que había pasado, nuestra madre preguntó que había ocurrido y entonces él explicó… “el señor me castigó, porque yo estaba jugando en la clase con mis compañeros; el señor me dio con la palmeta”. (Una especie de regla de madera).

Desde allí despunta y escribe, luego va al colegio nacional Mejía, uno de los más antiguos del Ecuador y en tercer curso funda el periódico Vida Estudiantil, se reúne con tres o cuatro compañeritos y en un mimeógrafo editan tres páginas y escribe también reclamando en primer lugar: “por qué el gobierno no atiende a su colegio en donde faltaban materiales didácticos, incluso pizarrones, pero que sí había para que los profesores se vayan de gira a Colombia o a Perú, que les sufragaba gastos el Ministerio de Educación, y no había para pupitres. Entre sus compañeros de escuela había muchos que iban sin tomar desayuno, pues los padres no podían dárselo cuyo reclamo aparece en el periódico Vida Estudiantil. Por el periódico -la queja de la dirección de la escuela- hace una huelga, estando en tercer curso y los compañeros lo apoyan, porque había muchos problemas con los profesores, que se embriagaban y se presentaban “mal nochados” a clases siendo los alumnos quienes sufrían las consecuencias.

Carlos hace la primera huelga que hubo en el Mejía, y lo iban a expulsar, pero mi papa consigue que le den el pase a otro colegio, entonces fue a un colegio de enseñanza cristiana, que se llama los hermanos cristianos La Salle. Estando en La Salle se hace amigo de un hermano que era profesor de allí y le dice, que el no quería estudiar regularmente, “yo quiero ganar dos años en uno”, entonces él se muestra interesado en ayudarlo, a cambio de que viniera a la escuela para dictarle clases. Y así lo hace. De tercero del Mejía va a tercero de La salle y en un año pasa al quinto curso. Ya en quinto curso tiene un problema con otro profesor. Termina yéndose a Guayaquil, donde estaba mi papá que era profesor de la Universidad Central. Allí mi papá decide ponerlo en el colegio americano, de hembras y varones.

Conoce una chica y comienza otro problema pues la muchacha tiene un carácter especial parecido al de él y hacen otra huelga en el colegio americano. El director del colegio llama a mi padre y le dice, lo mejor que puede hacer para que Carlos estudie sin problema es que lo mande fuera del país y lo manda a Estados Unidos a terminar el bachillerato a Carolina del Norte; por recomendaciones del director matricula en Blue Ridden luego en el Lake Forest Collage School y más tarde pasa a a Universidad donde se gradúa a los 21 años. Comienza a trabajar con la Asociated Press como corresponsal extranjero por su condición de ecuatoriano. En ese tiempo es la invasión de Rusia a Budapest y uno de sus primeros trabajos lo escribe después de haber presenciado en Budapest un combate. De ahí el título “Yo vi la tragedia de Hungría”. Regresa a Estados Unidos y luego a Ecuador. En esa época es lo que yo califico como el cinturón de fuego dictatorial en América Latina. Estaba en Paraguay una dictadura terrible, en Argentina comenzaba también, en Colombia, Venezuela y en el caribe Trujillo. En Caracas, conoce al periodista argentino Jorge Ricardo Masseti y los dos caen presos, pero nadie sabía que Carlos estaba preso. Masseti logra comunicarse con la embajada de Ecuador y avisa que esta preso. El embajador acude personalmente a sacar a Bastidas de la cárcel, donde permaneció más de 30 días. A la salida de la cárcel, sale directamente al Aeropuerto y alguien lleva allí sus pertenencias, que estaban en el Hotel. En el aeropuerto de Caracas, querían devolverlo a Ecuador pero él se niega, alegando que se quedaba en Caracas, lo que no fue permitido.

Finalmente aborda vuelo a República Dominicana, pero al llegar a Santo Domingo le comunican que no puede salir, que debía continuar viaje y es entonces que decide venir a La Habana que era su meta acariciada.

Aquí reposa donde quiso caer. Sus restos mortales son un símbolo de lucha, que se alzan gigantes ante las más crueles e injustas campañas del imperio mediático contra Cuba, donde jamás un periodista ha sido torturado, desaparecido ni asesinado.