El crudo y el terrorismo ambiental
Por: Juan Marrero

Siempre se ha dicho que detrás de cada guerra contemporánea, de una manera u otra, están el petróleo y las compañías transnacionales. Así fue en el Golfo, en Iraq y en Afganistán. Por apoderarse de ese recurso natural, explotarlo y saquearlo, o controlar los mercados, los imperialistas emprenden, sin piedad ni remordimientos, guerras que dejan centenares de miles de personas muertas, heridas o mutiladas, como ha ocurrido en Iraq, destruyen ciudades enteras y dejan a los pueblos sin viviendas, sin agua potable, sin alimentos, sin hospitales ni medicinas, los hunden, en fin, en la más profunda miseria, en el hambre y en la desolación.

Y no obstante por el mundo, en las páginas y espacios de los grandes medios de comunicación no se deja de hacer propaganda a cada minuto sobre que el capitalismo, su sistema político, su economía de mercado, su desarrollo armamentista para garantizar “la democracia y la libertad”, su filosofía egoísta e individualista, son los ejes salvadores del futuro de la humanidad.

La voracidad de las transnacionales petrolíferas lleva a una guerra, no pocas veces silenciosa, que también va acompañada de sangre, lágrimas y destrucción. Mata a trabajadores, a poblaciones enteras y causa gigantescos desastres ambientales.

Precisamente, en estos días, somos testigos de lo que ocurre en el Golfo de México luego de la explosión ocurrida en una plataforma en alta mar de la British Petroleum, uno de las empresas poderosas de la explotación petrolífera, que solo en el primer trimestre del 2010, había logrado ganancias superiores a los 6 mil millones de dólares. No son pocos los que atribuyen a la no observancia de medidas de seguridad tal desastre que, como consecuencia, ha ocasionado un impacto para la pesca y el turismo en la medida en que la “marea negra” avanza hacia la costa de Luisiana, en el sur del territorio de los Estados Unidos. Algunas informaciones señalan que entre los culpables del desastre está la empresa contratista Halliburton, propiedad del ex vicepresidente norteamericano Dick Cheney, que no selló debidamente el pozo.

Lo ocurrido en el Golfo de México se considera un desastre muy superior al causado por el buque Exxon Valdez, de la petrolera Exxon Mobil, que chocó con un arrecife en Alaska, en 1989, y originó el derrame de 50 000 toneladas de hidrocarburo sobre el mar.

Como consecuencia de tal derrame murieron 250 000 aves marinas, 2 800 nutrias, 300 focas, 250 águilas de pico blanco y quedaron envenenados miles de millones de huevos de salmón y arenque.

Del pozo averiado en el Golfo de México están saliendo 4 millones de litros por día. Ya hay una mancha en el mar que abarca casi 10 mil kilómetros cuadrados. Sellar el pozo, que está a una profundidad de un kilómetro y medio, podría tardar 90 días. De cumplirse tal pronóstico, quedarían flotando en el mar 360 millones de litros, casi nueve veces más que el crudo derramado por el Exxon Valdez.

Y también en estos días ha renacido con fuerza un litigio entre otra poderosa transnacional petrolera, la norteamericana Texaco-Chevron, y organizaciones sociales de la Amazonia ecuatoriana, en parte debido a una película documental, realizada por el cineasta estadounidense Joe Berlinger, que bajo el título “Crudo” se exhibió primero en festivales en Estados Unidos y Gran Bretaña, y ahora en Quito, Guayaquil y otras ciudades ecuatorianas.

La película ganó mayor relevancia cuando la petrolera Texaco-Chevron ha desplegado todo su arsenal económico, mediático y jurídico para tratar que el cineasta le entregue cientos de horas de películas filmadas, que no se utilizaron en el documental Crudo, para usarlas en su favor en el litigio con más de 30 mil pobladores de la Amazonia ecuatoriana que reclaman una indemnización de 27 millones de dólares de la transnacional por la contaminación causada en la explotación del petróleo en un territorio de más de 4 mil kilómetros cuadrados.

Acogiéndose a la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, el cineasta Berlinger se niega a entregar esas filmaciones. Su documental muestra la cruda verdad de la contaminación, de lo cual la Texaco-Chevron, que explotó el petróleo en esa zona desde 1964 a 1990, no se considera responsable.

El actual gobierno del Ecuador, encabezado por el presidente Rafael Correa, se ha solidarizado con las comunidades indígenas que presentaron la demanda contra la Texaco-Chevron. “Hay transnacionales que se creen imperios -declaró Correa a Telesur–. Miran a las naciones de América Latina con poco respeto. Creen que pueden pisotear nuestra dignidad y soberanía. Quieren pulverizar a nuestro país y deslegitimar el juicio que le pusieron algunas comunidades de la Amazonia. Hay seis etnias afectadas por tal contaminación, y una de ellas, la tetete, ha desaparecido”.

Texaco vertió deliberadamente miles de millones de desperdicios tóxicos en la Amazonia, y desde ellos se siguen filtrando toxinas a los suelos vecinos, al agua subterránea y a las cuencas acuíferas. Todo eso ha afectado tierras de cultivo y causado numerosas enfermedades, entre ellas leucemia, cáncer en mujeres jóvenes y muertes prematuras.

Correa también expresó en la misma entrevista: “Las compañías petroleras todavía siguen haciendo lo que quieren. Pero en esa época realmente era la ley de la selva. No había procesamiento de residuos, de aguas contaminadas, todo se botaba a los ríos, se hacían lagunas totalmente antitécnicas. Usted puede ir a la Amazonía ecuatoriana y de repente enterrar la mano en un terreno y la saca llena de petróleo. Dejaban botado el petróleo ahí, con total impunidad. No había control del estado y estas compañías claramente abusaron del país. Estas compañías han hecho de nuestro país, algo que nunca se hubieran atrevido a hacer, ni de lejos, en los Estados Unidos. Y ya es hora que respondan frente a la justicia”.

No es fácil, claro, que se haga justicia, porque compañías como la Texaco-Chevron compran jueces y actúan con suciedad para evitar que se les coloque en el banquillo de los acusados.

La transnacional también niega que sea responsable de las frecuentes muertes ocurridas en esas comunidades indígenas. “La gente muere por la pobreza”, así dicen las campañas mediáticas de la Texaco-Chevron. Es indignante y hasta asqueante que empleen tal ironía para intentar defenderse ante la opinión pública.

De una poderosa empresa transnacional capitalista no puede esperarse otra cosa, más aún si se anda en busca de explotar y saquear las riquezas petrolíferas de otros pueblos o de controlar su refinación y comercialización. Lo que le ocurra al medio ambiente, no le importa; como tampoco si para obtener grandes ganancias hay que librar guerras, causar muertes o destrucción.

Son, en dos palabras, terroristas ambientales.