El rescate de Grecia marca la nueva política de la UE
Por: Andrei Fediashin,
RIA Novosti

Es curioso, pero las cumbres de la Unión Europea últimamente mantienen una extraña tendencia: se buscan acuerdos con un planteamiento inicial determinado para terminar en unas fórmulas de compromiso muy alejadas de las intenciones iniciales.

La última conferencia celebrada en Bruselas durante los pasados 25 y 26 de marzo es un claro ejemplo de esto.

Finalmente, Grecia evitará su naufragio financiero, pero el pago por este rescate será una observancia más estricta de las directrices marcadas desde Alemania, su principal benefactor. Muy probablemente, la marejada de la crisis y los problemas griegos van a obligar a Europa a revisar todo su sistema financiero y de auditoría y, seguramente, a introducir enmiendas en el Tratado de Lisboa, documento que cumple las funciones de Carta Magna para el funcionamiento y la cohesión en la Unión Europea.

Los resultados de estas reuniones deberían ser analizados como se analizan los icebergs. Y es sabido que estas erráticas montañas de hielo flotantes ocultan mucha más materia de la que dejan ver. El pacto para solventar los problemas griegos podría ser sólo un preludio y no el aparente final feliz de esta historia.

Un examen más atento, reposado, bajo la superficie de este mar de negociaciones, nos deja al descubierto serias alteraciones en todas las estructuras y en el modo de vida de la eurozona, de toda la Unión Europea. Es posible que el rescate de Grecia deje la puerta abierta para expulsar en un futuro y sin grandes dificultades a los que infrinjan las normas financieras impuestas por el sistema de la moneda única europea.

Los resultados oficiales de la cumbre son los siguientes: 16 países miembros de la UE acordaron prestar al país helénico un apoyo combinado con el Fondo Monetario Internacional. La UE aportará un 65% del préstamo y el resto corresponderá al FMI. Aunque en el comunicado final no se especifican cifras exactas, se supone que el montante final será de unos 20 ó 30 mil millones de euros. En 2010, Grecia, que tiene una deuda externa de € 300.000 millones, debe próximamente efectuar un pago de € 53.000 millones, de los cuales € 23.000 millones son de intereses, a liquidar entre abril y mayo del año en curso.

Así las cosas, el iceberg que ha desgajado la última cumbre en Bruselas lleva consigo no ya el destino de Grecia, sino toda la futura política de la Unión Europea.

El presidente en ejercicio de la UE, Herman van Rompuy, tiene ahora la misión de formar un grupo de trabajo que elabore directivas orientadas a una mayor disciplina financiera, rigor estadístico y a la reducción de los riesgos presupuestarios y económicos. La cumbre decidió fortalecer el papel de la Comisión Europea en la gestión económica.

El término gestión apareció porque los británicos fueron los primeros en captar el objeto principal de la reunión y exigieron enmendar el texto del documento. De esta forma, el término inicial gobierno económico fue sustituido por gestión económica en respuesta a las objeciones de los representantes de Gran Bretaña. Los británicos suelen ser siempre muy susceptibles a las decisiones franco-alemanas.

Y a partir de aquí empezaron a deslizarse las consecuencias derivadas del rescate de la economía griega. La Unión Europea introducirá los siguientes cambios en su política económica: una disciplina financiera y presupuestaria mucho más rigurosa, una mejor coordinación de la política económica en el espacio comunitario y una auditoría estricta de las estadísticas financieras.

Antes de la cumbre, la canciller de Alemania, Angela Merkel, no se cansaba de repetir en sus discursos que la UE debería hacer varios cambios y que, probablemente, se debería introducir alguna enmienda en el Tratado de Lisboa. Hubo ciertos estremecimientos ante tales perspectivas y es comprensible, teniendo en cuenta los escollos y dificultades habidas en el proceso de ratificación de este tratado que entró en vigor hace varios meses.

La jugada de la canciller alemana ofreciendo su conformidad con el presidente francés, Nicholas Sarkozy, respecto a la necesidad de rescatar Grecia, con tal habilidad política que al francés no le quedó otro remedio que aceptar las condiciones alemanas. Este caso demuestra bien a las claras que quién manda en la Eurozona, manda también en la UE.

La contribución de cada país comunitario al rescate de Grecia será proporcional a su cuota en el capital del Banco Central Europeo (BCE). Alemania tiene la mayor cuota, seguida de Francia. La población en Alemania está en contra de salvar a los insolventes griegos. Por esta razón, Merkel insistió en que la decisión respecto al préstamo sea tomada por todos los países de la Eurozona por unanimidad, de acuerdo con las recomendaciones del BCE, la Comisión Europea y el Eurogrupo. Con este paso, Berlín, de hecho, le da la vuelta a la situación y se asegura el derecho de veto, si lo considera oportuno.

A cambio de esta flexibilidad y a instancias de Merkel, el grupo de trabajo de Herman van Rompuy debe prever la posibilidad de excluir en el futuro a los infractores económicos de la Eurozona para evitar que se repitan tragedias como la griega.

A juzgar por todo, la Unión Europea va a cambiar las normas y los principios de comportamiento de sus miembros. Y Alemania, finalmente, llevará la voz cantante.