Georgia como espejo del síndrome del trauma de las naciones
Dmitri Kósirev, RIA Novosti

Parecía que ya estaba todo dicho sobre la sorprendente e inesperada retransmisión de unas imágenes de una supuesta invasión rusa en la cadena de televisión georgiana Imedi.

El pasado sábado, Imedi TV mostró unas escenas de una presunta intervención militar rusa en Georgia, afirmando además, que el presidente Mijaíl Saakashvili había sido asesinado.

Todas las partes implicadas ya han dicho lo que piensan sobre este escabroso asunto. El presidente Saakashvili, su portavoz, las fuerzas de la oposición georgiana; los políticos rusos, incluso en las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur también se abundó en el hecho.

Sin embargo, a todos nos sigue quedando una extraña sensación de irrealidad. Imaginemos que este guión se hubiera plasmado en Rusia. Pongamos que una cadena de televisión rusa hubiera pasado un reportaje sobre una invasión… digamos, de la OTAN o de China. La reacción habitual del auditorio ruso hubiera sido cambiar de canal, soportar la habitual publicidad de cerveza y pasar inmediatamente a otra cosa.

La gente no contemplaría, ni por un instante, la posibilidad de que a nadie en su sano juicio se ocurriera destinar tamaños recursos humanos y económicos para una intervención y ocupación de Rusia extremadamente peligrosa y arriesgada. Una operación militar de tales características sería absurda, porque ningún beneficio justifica la inversión realizada, ni aún siquiera tomando en consideración el factor nuclear.

La hipótesis de realizar una invasión de Rusia con el fin de apoderarse de sus recursos naturales y las vías de transporte de los mismos tuvo cierta aceptación en los 1990. Posteriormente, las realidades del siglo XXI se impusieron a las ideas preconcebidas del siglo XX y los analistas políticos y militares pronto se dieron cuenta de ello. No obstante, aún quedan amantes a la geopolítica catastrofista pero, afortunadamente ya han pasado a ocupar posiciones en la periferia de la influencia en el mundo de la política y del periodismo.

En todo caso, hoy por hoy nadie en Moscú se apresuraría a acaparar comestibles o sacar dinero de los cajeros automáticos, o a protestar frente al centro de TV, ante hechos como el perpetrado por la cadena georgiana. Hoy, el ciudadano de a pie normal en Rusia ha madurado lo suficiente como filtrar este tipo de provocadoras falacias y no tiene tiempo para mantener su atención en este tipo de información innecesaria. Esta es la principal diferencia entre una sociedad en proceso de normalización y la que existe actualmente en Georgia.

Se menciona la palabra proceso, porque cada persona tiene su propio tiempo de maduración, su propio camino de mejora como ser humano, incluso sus propias patologías de las que debe sanar. Extrapolando, lo mismo se puede decir sobre las naciones.

En los años 90, según los médicos, un gran número de gente que necesitaba tratamiento psiquiátrico paseaba libremente por las calles. El diagnóstico era sencillo, bastaba con escuchar las conversaciones o con mirarles a los ojos. Rusia pasaba por una situación muy especial, crítica, de difícil parangón en otro lugar. El país estaba enfermo y eso no podía dejar de repercutir en sus habitantes.

La depresión fue el trastorno menos serio que se halló. La mentalidad humana no está preparada para soportar estoicamente y sin secuelas los cambios y variaciones drásticas del estado de cosas habitual.

El estado mental de la sociedad, su definición de normalidad o anormalidad es un ámbito todavía poco estudiado. Una guerra, con sus destrucciones y masacres, afecta a la salud mental del individuo y del colectivo. Da lo mismo la guerra que sea, justa o injusta, termine esta con victoria o derrota, sea de larga duración o termine rápidamente.

Son períodos espasmódicos, violentos, que se caracterizan por una histeria masiva y un comportamiento anormal, con frecuentes perturbaciones psíquicas, frente a todo tipo de situaciones, habituales y extremas. Un ejemplo particular es el de Juana de Arco, la Doncella de Orléans, que se perpetuó en la historia, cambiándola, debido a sus alteraciones mentales, a sus visiones que arrastraron ejércitos, levantaron pasiones y acabaron con ella en la hoguera. Sin su enfermedad Juana nunca hubiera pasado de ser la hija de un campesino francés.

Durante un período relativamente corto de su independencia, Georgia libró y perdió dos guerras civiles, que asimismo pueden caracterizarse como conflictos étnicos, en su territorio, es decir en el territorio que le ha pertenecido durante las últimas décadas. Georgia lanzó ofensivas militares contra Abjasia y Osetia del Sur. Allí desató una matanza contra la población civil, pero su agresiones fueron repelidas. Los abjasios y osetas, ex ciudadanos de la antigua República Soviética Socialista de Georgia, que han estado bajo la amenaza de una invasión georgiana durante quince años, no tienen ninguna intención de vivir con los georgianos.

Georgia ya lo ha asumido con independencia de la visión que dan sus medios de información. Los patriotas más violentos y recalcitrantes tampoco intentan negar esta realidad. Es un colapso de la idea de nación y de pueblo unido en Georgia. Este tipo de acontecimientos siempre pasa factura psicológica.

Los georgianos siempre han tenido la fama de ser el pueblo más temperamental de la ex URSS. En realidad, la nación georgiana, en general, se expresa mejor con emociones, en contraposición con esa languidez depresiva típica de los rusos. Rusia, por una u otra razón, ha terminado por perder el hilo emocional con los otros pueblos de las ex repúblicas soviéticas, que tampoco se han preocupado por conservar el frágil contacto que habían logrado con el pueblo ruso. Hoy, para la mayoría de los rusos es muy difícil entender qué eso de las tribulaciones del temperamento sureño y no les importan casi nada los problemas que afronta Georgia.

Mucho antes de que Saakashvili ocupara el sillón presidencial, en los años 90, nos llegaban noticias sobre el sentir de los medios georgianos sobre Rusia. Las informaciones eran preocupantes, pero nos encogíamos de hombros, lo calificábamos de delirio insidioso y lo olvidábamos rápidamente. Bastantes problemas teníamos ya en casa.

Y no, no ha sido Saakashvili y su equipo quienes han urdido toda esta historia del complot ruso contra Georgia. Las raíces son mucho más profundas, se hunden, como hemos visto, en la historia y la mentalidad de las personas. La enfermedad de paciente, como quién dice, era evidente para todos, excepto para el propio paciente.

Moscú comenzó a ignorar a Georgia en el ámbito político y levantó una serie de barreras administrativas, como el régimen de visados, la interrupción del tráfico aéreo, el embargo sobre las importaciones de vino, etc. A veces contestaba con contundencia cuando los excesos georgianos se pasaban de la raya, como el incidente con objetos volantes «no identificados» caídos en el territorio de Georgia e inmediatamente destruidos por las fuerzas de este país.

A las continuas acusaciones de violación del espacio aéreo georgiano por aviones espía rusos, Moscú ha terminado por hacer oídos sordos.

Finalmente, en agosto de 2008, Georgia lanzó una traicionera ofensiva contra Osetia del Sur, incluidas las fuerzas rusas de mantenimiento de la paz.

Es posible que Moscú haya cometido un error marginando a Georgia. Si es así, habría que ir pensando en una nueva estrategia.

La medicina no ha avanzado lo aún lo suficiente en la psicología de masas o, todavía más amplia, de las naciones, y los sociólogos sólo ahora empiezan a estudiar este fenómeno.

Nadie tiene una respuesta definitiva a esta cuestión. Nadie sabe quién debe asumir las secuelas personales de los traumas nacionales, si el gobierno, los intelectuales a través de sus obras o el conjunto activo de la nación con su efecto integrador y regenerador. Habría que articular mecanismos para determinar a los culpables, aunque esto es un tema secundario y, en ocasiones, puede que carente de sentido.

A nivel humano, sería estupendo que Georgia saliera adelante cuanto antes. Y todavía sería mejor, poder echarle una mano.