Silencios y amenazas veladas en el desencuentro entre China y EEUU
Por: Dmitri Kosirev, RIA Novosti

Una pausa de una semana. Esto ha sido lo más destacable e inesperado en las conversaciones entre EEUU y China. Un período de vacío, cuando no ha ocurrido absolutamente nada y que solamente ha servido para fomentar una ola de alarmismo en los medios de comunicación.

Washington ha venido aparentando durante estos días que no ha ocurrido nada de particular, que la crisis más profunda y complicada de toda la política exterior de Barack Obama hasta la fecha, en realidad no es tal.

Pero las treguas no son permanentes, ni siquiera en las pausadas relaciones con China. Según la prensa de Pekín, el titular chino de Asuntos Exteriores, Yang Jiechi, asistirá, por primera vez en la historia de su país, a la Conferencia Internacional de Seguridad de Munich, donde se entrevistará con altos cargos estadounidenses, incluido el Secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates.

Como es sabido, durante las reuniones informales es donde se fraguan las decisiones políticas y diplomáticas de mayor trascendencia. Por eso, hay grandes esperanzas de que el conflicto entre Pekín y Washington se resuelva tras la Conferencia de Munich. Un conflicto que ha tenido un efecto colateral muy positivo como es sacar a la luz muchas e importantes realidades del nuevo orden mundial.

Como siempre en estos casos, aquello que vemos no coincide con la realidad subyacente.

Y lo que vemos y sabemos es que, el 29 de enero, la administración de Barack Obama, anunció que finalmente cumplirá sus compromisos de suministro de armas a Taiwán por US$6.400 millones. Y más, acto seguido, el propio presidente estadounidense comunicó su decisión firme e inmediata de reunirse con el Dalai Lama, líder religioso del Tíbet que vive en exilio.

La respuesta de China fue inmediata: suspendió su programa de cooperación militar con EEUU y amenazó con imponer sanciones sobre las empresas estadounidenses relacionadas con el asunto de Taiwán, incluyendo a la influyente Boeing.

Esto que vemos parece la siguiente escena de la eterna mascarada diplomática que se traen ambos países. EEUU siempre ha vendido armas a Taiwán y ha mantenido contactos con los exiliados del Tíbet. China siempre ha protestado, pero con la boca pequeña, asegurándose de que su resonancia nunca fuera excesiva y la sangre no llegara al río.

Sin embargo, estamos en 2010 y la situación global ha cambiado drásticamente. El cumplimiento del contrato por US$6.400 millones, firmado hace varios años, ha ido siendo postergado, incluso hasta cuando George W. Bush ocupaba el sillón presidencial y tomaba algunas decisiones temerarias. La única diferencia es que, en aquella época, el cliente era el presidente proestadounidense, Chen Shui-bian; mientras que el actual mandatario taiwanés, Ma Ying-jeou, pertenece a otro partido, que no es esencialmente propekinés, pero sí que ve el futuro en un acercamiento de las relaciones con China. Las armas y el contrato están ahí, pero la coyuntura ha cambiado y el suministro ya no es tan urgente.

Además, hoy sería ridículo esperar que EEUU apoye en serio a los separatistas de Taiwán o, por ejemplo, de la región autónoma de Xingjian Uighur (al oeste de China). Este tipo de tácticas pudieron haber tenido algún sentido en la época del presidente Bill Clinton, pero, con la llegada de George W. Bush al poder, los planes para debilitar a China apoyando a Taiwán, a los exiliados del Tíbet o a los terroristas de Xingjian, se revelaron anticuados e inútiles. China ya no es la misma que era y EEUU – tampoco.

Obama, al hacer pública la operación con Taiwán, ha ido contra sus propios intereses y ha cometido un error que, incluso George W. Bush Jr., habría evitado. Las razones son un misterio. Es posible que pretendiera presionar a Pekín para conseguir su apoyo en las sanciones contra Irán, pero hoy en día es absurdo confiar en poder forzar a China a dar pasos contrarios a su voluntad política.

Por lo que respecta a China, esta nueva suspensión de la cooperación militar no significa nada para el gigante asiático. La colaboración militar con EEUU se asemeja a la palabrería vacua de las sesiones del Consejo Rusia-OTAN, es decir, una ficción, agua de borrajas. Pero las sanciones económicas que puede aplicar China contra EEUU, es un asunto muy diferente e importante.

La multinacional Boeing, por ejemplo, planea vender a China aviones por valor de US$200.000 millones durante los próximos 20 años. Y cada avión de esta empresa que despega, digamos en Nairobi o Frankfurt, está equipado con un 30% de piezas fabricadas en China. Resulta difícil de creer que EEUU sacrifique fructíferas relaciones comerciales de este tipo por un puñado de sistemas antiaéreos Patriot, dragaminas, helicópteros y otros aparatos militares (Taiwán también encargó submarinos y cazas F-16, pero Obama se negó a suministrarlos).

Tenemos a las dos mayores potencias enfrentadas, con muchas cosas que perder y muy poco que ganar, y es muy posible que ambas estén cautivas de una política equivocada. Por ejemplo, China está convencida que debe reaccionar, pase lo que pase, a la próxima visita del Dalai Lama a la Casa Blanca, o a la descarada venta de armas estadounidenses a Taiwán.

Obama, por su parte, ante las próximas elecciones al Congreso, cree que debe ocultar a los estadounidenses de a pié que su país ya hace mucho que dejó de ser el que fue en el pasado. Por lo tanto, lo lógico es que los dos contendientes ejecuten su ritual de amenazas, se digan palabras altisonantes y lleguen a un acuerdo.

Sin embargo, hay explicaciones más profundas: según el diario estadounidense The Washington Post, «China ha variado recientemente las pautas de su comportamiento habitual». Y es natural, porque China ha pasado a ser la segunda potencia mundial. Algunos chinos están copiando los errores de los estadounidenses de los años 1990, cuando éstos pensaban que su país iba a ser la superpotencia absoluta para siempre, y adquieren rasgos imperialistas, pero cierto que hay otros chinos que no piensan así.

Durante la visita de Barack Obama a Pekín el año pasado, China negó con suavidad la posibilidad de un control conjunto EEUU-China sobre la comunidad internacional, idea muy popular en el gabinete estadounidense. Lo más importante de aquella propuesta se oculta tras las palabras: Washington pensaba – y piensa – que un mando conjunto significa que EEUU dirige y China le sigue. Así que Pekín esperará a que a Obama se le rompa esta ilusión, cosa que, es muy posible que ocurra en un futuro muy próximo… o muy lejano… en cualquier caso, es interesante analizar las razones que han llevado al equipo de Barack Obama a echar a perder unas relaciones con China que, a comienzos de su mandato, eran consideradas como prioritarias para el siglo XXI.

La revista Foreign Affaire ha llegado a la siguiente conclusión: los EEUU, encarnados en Barack Obama, no son capaces de elegir entre las dos poderosas fuerzas que imperan – y siempre han imperado- , en su idiosincrasia y, por ende, en su política exterior. Una fuerza cree que los Estados Unidos no pueden mantener su estabilidad mientras que otros regímenes, distintos del estadounidense, existan en el mundo y hay que luchar contra ellos. La otra fuerza cree que sólo con el ejemplo de una próspera América conseguirán lo que pretenden.

La Administración de Obama todavía carece de una estrategia clara en política exterior, sino sólo utiliza métodos tácticos. Las recientes desavenencias con China descubrieron esta realidad.