Berlín, museo del anticomunismo
Por:  Enrique Ubieta Gómez;
Foto de Conde

En otros textos he narrado mi fortuito descubrimiento del KGB Bar de Estocolmo: un lugar donde se desarticula la memoria en fragmentos inconexos, de manera que el visitante pueda consumir la nostalgia –entre sorbos de alcohol-, sin racionalizarla. Sin una lógica expositiva, la superposición de objetos y sonidos (marchas, canciones, y voces de antiguos programas soviéticos de radio, que nunca terminan de explicar nada), actúan sobre la memoria afectiva, y la paralizan dulzonamente.

Ciertas calles de Berlín han articulado, por el contrario, una lógica anticomunista: el desorden expositivo es solo aparente. Vitrina del triunfo capitalista sobre el socialismo “real” –Berlín es el escenario de uno de los sucesos más efectistas del derrumbe del Este, y también la capital de una de las economías más fuertes del Primer Mundo-, el mercado, supuestamente ciego, hace política. Quizás el lugar más emblemático es el otrora Checkpoint Charlie, famoso paso fronterizo. En el 2000 fue reconstruida una de sus casetas. Retratos gigantes a color de un guardia ruso mirando al Este y de uno norteamericano mirando al Oeste, flanquean el lugar en ambas direcciones. Los turistas se fotografían frente a la caseta. Pero a lo largo de la calle –un poco antes y un poco después-, más en contacto con el transeúnte, los turistas verán fotos de la represión en el Este, comprarán objetos de “los vencidos” (banderas, sellos, medallas, bustos, insignias) y visitarán museos privados que explican la historia desde la perspectiva de “los vencedores”.

Algunos objetos se exhiben en plena calle, a la intemperie, como trofeos de guerra: la supuesta última bandera soviética que ondeó en el Kremlin, ya ajada y descolorida –no pude dejar de asociar ese acto de escarnio público al mayor símbolo de un Estado y de una militancia, con la conocida imagen en la que soldados soviéticos colocaban la bandera roja de la hoz y el martillo sobre el Reichstag, ¿venganza histórica?-, y la placa de bronce con la imagen a relieve de Leonid Ilich Brezhnev, que alguna vez estuvo en la casa donde viviera hasta su muerte. Dos trofeos que cumplen el sueño dorado del nazismo. En Berlín yacen –repitiendo los antiguos rituales de guerra-, la bandera del enemigo y en lugar de la cabeza del jefe vencido, la placa arrancada de su hogar.

Pero todavía hay más: un enorme cartel cubre la pared lateral de un edificio que hace esquina, con la foto de una muchacha del Este que frente a la cámara de control en el muro, muestra irreverente sus senos. Es una foto famosa, pero esta vez sirve de anuncio a una marca de ropa, Diesel, cuyo slogan es casi programático: be stupid. “Ser estúpido”, en este caso, es una reivindicación irónica de la irreverencia juvenil, que el mercado y la política anticomunista entienden como frivolidad e individualismo. Un cartel gigante en otro edificio esquinero anuncia en cuatro idiomas (inglés, alemán, francés, ruso) que usted ha entrado a un sector que no persigue ganancias, aunque las obtiene.

El sello de los vencedores todo lo marca: los alemanes del Este temen que aparezca algún vínculo con la Stasi –nadie recuerda que los servicios secretos de la Alemania occidental fueron creados en 1956 y dirigidos por el general nazi Reinhard Gehlen, rescatado y protegido por Estados Unidos debido a sus conocimientos de la Unión Soviética (extraídos a los prisioneros en los campos de concentración) y los archivos de esa organización están bien protegidos-; los ciudadanos de los pueblos pequeños de la zona oriental han emigrado hacia los de la zona occidental, porque sus industrias no fueron modernizadas sino vendidas y cerradas, y hoy son pueblos fantasmas; muchos hombres y mujeres genuinamente de izquierda prefieren que no los asocien con el comunismo, por temor a represalias o al desprestigio mediático. En la zona oriental de Berlín se han construido grandes y lujosas tiendas, y el otrora Palacio del Pueblo fue derribado: en su lugar se restaura con minuciosidad de orfebre el viejo Palacio Imperial, destruido durante los bombardeos de los aliados.

La nueva canciller federal Ángela Merkel, militante de la Juventud Libre Alemana (Jóvenes Comunistas) de la República socialista, y condecorada con altas distinciones, es hoy la presidenta de la derechista Unión Demócrata Cristiana (CDU).

Pero Berlín, pese a todo, no es la vitrina del capitalismo. En todo caso, es la exhibición del poder del Norte –el Norte del Norte-, que se erige sobre la dependencia y la exclusión del Sur. Un poder imperial, nunca plenamente realizado: en sus museos estatales pueden verse las más inusitadas ruinas griegas, egipcias, árabes. Las piezas robadas a pedazos por exploradores decimonónicos han sido reconstruidas y completadas, de manera que puedan ser visitadas como en sus lugares de origen.

Si hablamos de vitrinas del capitalismo, hay que pensar en Haití. En Berlín supe del terremoto que devastó a ese país. Dos mundos, como dos planetas, pero un mismo capitalismo. La poderosa Alemania regatea –y promociona- cada centavo que ofrece a los haitianos, mientras que la pobre y bloqueada Cuba incrementa la presencia incondicional de sus médicos. No hablo, por supuesto, del pueblo alemán, que conserva con ahínco la memoria de Marx y Engels, de Bertold Bretch, de Rosa Luxemburgo y de Clara Zetkin, entre otros, el pueblo que ha producido a tantos pensadores y líderes revolucionarios.

Visitar Berlín hoy es un aprendizaje, una lección. De los errores del socialismo, de sus desvíos, ya sabemos. Pero no se ha dicho todo. Falta por hablar del camino cerrado que es el capitalismo, y de las consecuencias de su adopción, aún en el Primer Mundo. Faltan páginas de la historia por escribir.

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