Pat Robertson o el llamado de la selva
Por: Eliades I. Acosta Matos

Aún ardía una parte de Puerto Príncipe devastado por un terrible terremoto y miles de personas se encontraban sepultadas bajos los escombros, cuando un pastor evangélico norteamericano, bien conocido por sus opiniones fundamentalistas cerriles, decidió robarse el disparo de arrancada en la carrera del odio racista y la venganza histórica. En realidad, no le fue difícil, ni siquiera tuvo que esforzarse. A Pat Robertson, como tantas otras veces anteriores, le bastó con abrir la boca.

Que en pleno Siglo XXI una personalidad pública atribuya un desastre natural, exhaustivamente explicado por la ciencia, a la supuesta firma por parte del pueblo haitiano de un pacto con Satán, hace más de 200 años, con el objetivo de liberarse de la tutela colonial francesa, es cuando menos, muy perturbador.

Pongamos a un lado lo ridículo de esa acusación y la profunda incapacidad que expresa a la hora de entender, no ya la gesta libertadora haitiana, precursora de las del resto de América, sino los procesos geológicos naturales.

¿Es que el Reverendo Robertson tampoco se ha enterado de existe algo llamado Discovery Chanel?

Ya estábamos acostumbrados, desde George W. Bush, a esos energúmenos iletrados que se creen iluminados por Dios, y en consecuencia, revelados, por la gracia divina del arduo trabajo de leer e informarse, pero no del de pensar que tienen derecho a regir los destinos de la Humanidad. Aún así, lo de Robertson, en el caso de Haití y teniendo como fondo la palpitante desgracia de la nación más pobre del Hemisferio occidental, rebasa ya todos los límites de la decencia, sin hablar del escarnio que ha causado a la piedad y al amor hacia los semejantes, que siempre hicieron de la prédica cristiana una doctrina fuerte y singular.

Pero más perturbador aún que las palabras de Robertson es indagar en sus antecedentes y en la enorme influencia que ejerce sobre millones de creyentes conservadores de ese país, al extremo de haber intentado postularse en 1988 a la presidencia, por el partido Republicano

Robertson, inspirado teleevangelista, se presenta también en su página web como “hombre de negocios”. Fundó y dirige con puño de hierro, nada espiritual, por cierto, un imperio mediático que tiene en la Christian Broadcasting Network (CBN) su buque insignia. Uno sólo de sus programas el “700 Club” tiene cada día una audiencia de más de un millón de personas. Otro de sus tentáculos terrenales es la Operation Blessing International Relief and Development Corporation, encargada, según sus seráficas palabras, de… “dar testimonio del amor divino ayudando a quienes sufren y necesitan en los Estados Unidos y otras partes del mundo”. Este humilde testimonio ha hecho pasar por las manos de este ejemplar samaritano la astronómica cifra de más de $1200 millones de dólares. Y sus arcas siguen rebosando de dinero, que entra a borbotones, pues ya se sabe que la industria de la fe hace milagros.

Nacido en 1930 en Virginia, este avispado cordero del Señor es también el fundador de organizaciones conservadoras, como el American Center for Law and Justice y la poderosa Christian Coalition, con la que trabajó durante las elecciones del 2004, codo con codo, ese mago del fraude y los bochinches que es Karl Rove. Con razón se ha dicho que George W. Bush debió su segundo mandato al voto en bloque de ese ejército, y que con aquella alianza entre neoconservadores y teoconservadores en los Estados Unidos se creaban las condiciones para que se instaurase una variante totalitaria de poder, a caballo entre lo doctrinario y lo teocrático. Ese, y no otro, fue el significado de aquellas elecciones, en el año en que todos estuvimos en peligro.

Los desplantes de Robertson son de antigua data, y su mantenido éxito y popularidad, como la de aquel reverendo Jerry Falwell, recientemente fallecido, su compañero en los pogroms contra toda idea moderna o progresista, demuestran que no se trata de seres enloquecidos, sino de portavoces de tendencias profundas y oscuras que se mueven por los subterráneos de esa nación, alentadas por el propio sistema. Lo que dijo ahora Robertson sobre Haití, más o menos lo dijo su socio Falwell, tras los ataques del 11 de septiembre del 2001.

Entonces, aquel crimen terrorista, como hoy esta catástrofe natural, fue motivo para proclamar que eran los pecados de la nación, y la acción de organizaciones defensoras de los derechos civiles, como ACLU, los partidarios del aborto, las feministas y los gays, los que habían provocado el castigo divino. Correspondió a Robertson, hace unos años, emitir en su programa “700 Club”, una de esas declaraciones que nos ahorran palabras para caracterizarlo. Fue él quien dijo, refiriéndose al presidente Chávez que… “si él cree que queremos asesinarlo, debemos seguir adelante y hacerlo. Eso sería mucho más económico que empezar una guerra”.

Es coherente con su visión del mundo cuasi fascista lo que Robertson ha declarado sobre Haití, En 1992, al hablar ante la Convención del partido Republicano, definió al comunismo, una de sus bestias preferidas, como “la plaga que hace 75 años descendió, como una nube negra, sobre el mundo y cubrió el oriente de Europa”, y al partido Demócrata, “como una plaga más benigna, pero no menos insidiosa, que ha infectado a las familias norteamericanas”. En los últimos tiempos, y antes de arremeter contra la Revolución haitiana, los epítetos más soeces y sus peores maldiciones de visionario se habían dirigido, casi exclusivamente, contra el islamismo, religión a la que llamó también “secta satánica”. En un discurso para respaldar la “guerra contra el terrorismo” de Bush, y en vísperas de la invasión a Irak, la definió como…”una lucha religiosa, un choque de culturas, de puntos de vista y de ideologías”.

En su particular lista de deseos, expresó la opinión de que había que asesinar a Saddam Hussein antes que ejecutar una costosa invasión a Irak, reiterando el santo celo ahorrativo de cada capitalista que calibra una inversión, pues su gobierno era la fuente del terrorismo “biológico, nuclear y químico”. Incluyó también la urgente necesidad de “expulsar del país a todo inmigrante hostil y elevar la seguridad nacional (y los gastos de defensa, que es la letanía recurrente de cada neoconservador de bien) al nivel de máxima prioridad federal”
Y para redondear la caracterización del personaje, nada mejor que citar, de ese mismo discurso, la opinión geopolítica que le merece su nación:
“Estados Unidos debe ir humildemente ante el Señor, confesar sus pecados, y pedir su perdón y protección… El nos ha protegido desde la guerra de 1812: hemos prosperado y florecido gracias a esa protección. Esta es una nación especial para El, su nación escogida… Debemos atacar en varios sitios y causar dolor, pero no sucumbiremos al terror”.

Las palabras más recientes de Pat Robertson han causado, como era de esperar, revuelo e indignación. Quizás como buen negociante, lo que perseguía era propaganda gratuita para su mercancía estrella, que es su propia persona. ” Son insinuaciones monstruosas, ni siquiera un Pat Robertson debía explotar una tragedia de semejante magnitud-afirmaba Michael Rowe en su artículo ” The Never-Ending Horror of Pat Robertson”, publicado en “The Huffington Post”- Pero puede que sirvan , al menos, para que este país revise detenidamente la multimillonaria industria de la religión, completamente libre de impuestos. Si lo hacemos, y analizamos el rol que juegan tipos como él en la cultura popular de la nación, puede que al fin descubramos quién realmente ha firmado un pacto con el Diablo”.

Y para no quedar rezagados en esta carrera vengativa contra las revoluciones, la historia y los pueblos que han luchado por su libertad e independencia, Heritage Foundation ha emitido, sobre los escombros aún humeantes de Puerto Principe y las calles repletas de cadáveres y gritos de los atrapados bajo las ruinas, un documento que ha de pasar a los anales de la infamia y la ruindad imperialista, junto a las palabras de Pat Robertson. Siguiendo esa manía tan neoconservadora de ordenar a los presidentes de la nación, el documento “Things to Remember While Helping Haiti” estipula:

“La respuesta del gobierno de Estados Unidos (ante la catástrofe) deberá ser audaz y decisiva. Deberá movilizar hacia Haití fuerzas civiles y militares, con las misiones de acometer el rescate inmediato, la recuperación y la puesta en práctica de reformas a largo plazo. Junto al ex presidente Clinton, enviado de la ONU, quizás el presidente Obama debería enviar al expresidente Bush… Estando ya en Haití, los militares norteamericanos estarán en condiciones de interrumpir los vuelos nocturnos cargados de cocaína, provenientes de Venezuela, con destino a Haití y República Dominicana, y contrarrestar los esfuerzos del presidente Chávez por desestabilizar a ambos países… A la vez, los Estados Unidos deberán implementar una vigorosa diplomacia pública para contrarrestar la negativa propaganda que emana de la alianza Castro-Chávez. Estas tareas deberán demostrar que Estados Unidos sigue siendo una potencia benefactora en las Américas, y el resto del mundo”.

Un acido humorista norteamericano, Andy Borowitz, refiriéndose a Pat Robertson, afirmó que Dios había convocado a una conferencia de prensa en New York y declarado que el reverendo era “una pesadilla para sus relaciones públicas, enorme motivo de embarazo para mi, y que si había decidido hacer públicos sus pensamiento al respecto era porque lo de Robertson pasaba ya de castaño oscuro”.

Palabras proféticas e iluminadas las de Borowitz: expresan, exactamente, lo que sienten los pueblo del mundo al ver el espectáculo grotesco de un imperio decadente y ruin, y la farsa cruel de sus voceros más hipócritas y taimados ante la enorme tragedia humana de Haití.

Pat Robertson o el llamado de la selva