Las bases yanquis en Okinawa, una lección que Colombia debe aprender
Por: Juan Marrero

Okinawa vuelve a ocupar por estos días los titulares de la prensa mundial. No porque en ese territorio del sur japonés vivan las personas que tienen como hábito comer más vegetales y frutas que carne, y a la vez hacer ejercicios, lo que les garantiza una alta esperanza de vida, sino por el tema de las bases militares norteamericanas.

El domingo pasado hubo una manifestación de más de 20 000 japoneses que viven en Okinawa en demanda del cierre de la base aérea norteamericana de Futenma, en la localidad de Ginowan, y en contra de que se concrete el proyecto de trasladarla a la bahía de Nago antes del 2014. El día anterior hubo también protestas frente a la base aérea de Kadena, la mayor de las 14 que tiene Estados Unidos en Okinawa, que representa el 0,6 por ciento del territorio de Japón pero que alberga el 75 % de todas las instalaciones militares de Estados Unidos en el país asiático. El 20 % del territorio de Okinawa está ocupado por las fuerzas militares norteamericanas.

Esas bases militares yanquis fueron establecidas tras la derrota japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, es decir hace 64 años, decretada por el genocidio que significó el lanzamiento de las bombas atómicas contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, ordenado por el presidente norteamericano Harry S. Truman.

Semanas atrás anduvo por Japón el Jefe del Pentágono, Robert Gates, y el viernes de esta semana llegará el presidente Obama. El controvertido tema de la base de Futenma, al parecer, figura en la agenda de discusión con el nuevo gobierno de Japón, del Partido Democrático, que asumió en septiembre pasado. El cierre y traslado de esa base viene discutiéndose entre Estados Unidos y Japón desde 1995. Los pobladores japoneses de Ginowan (89 000 personas) no quieren esa base allí porque están hartos del ruido de los aviones, de la contaminación y del aumento de la prostitución y la criminalidad que genera la presencia de miles de soldados yanquis. Y los pobladores de Nago -y en general la mayoría de los de Okinawa-se oponen al proyecto de su traslado pues el sitio escogido es un arrecife de coral que es el habitat del “dudong”, mamífero marino en peligro de extinción, y los norteamericanos pretenden construir el aeródromo sobre tal plataforma.

¿Qué evidencia todo este asunto de la presencia militar norteamericana en otros países?

1) Estados Unidos mantendrá, siempre que le sea posible, las más de 850 bases militares que ha instalado y se mantienen en 46 países como fuerza de presión, interferencia, chantaje y amenaza a gobiernos y a pueblos, y para garantizar la hegemonía y control sobre países y sus recursos económicos. Casi 200 mil soldados norteamericanos están desplegados en esas bases -en Asia, en Europa, en América Latina, en Africa– como parte de esa absurda política de expansionismo militar que hace peligrar la paz.

2) Las bases norteamericanas son generadoras de actos de criminalidad en las poblaciones o en las cercanías de dónde se establecen. En Japón, a cada rato, se hacen denuncias de asesinatos de niñas violadas por soldados norteamericanos y otros casos de violencia sexual. El incremento de la prostitución en lugares cercanos a las bases también es otro fenómeno negativo que se desarrolla cerca de las instalaciones militares. Como regla, los soldados yanquis que delinquen actúan con total impunidad y no pueden ser juzgados o condenados por los tribunales de los países donde existen las bases.

3) Muy fresco está el empleo de las bases norteamericanas como centros de interrogatorios y brutales e inhumanas torturas a prisioneros. Y ahí están los casos de las bases en Iraq, Afganistán y Guantánamo.

Por todo eso, a la luz de lo ocurrido, es preocupante el paso que ha dado el gobierno de Colombia al suscribir un acuerdo militar con Estados Unidos, que le permite operar siete bases militares, con el pretexto del combate al narcotráfico. En los más de 850 convenios suscritos anteriormente, siempre ha habido pretextos para intentar justificar ante la opinión pública la presencia militar yanqui en otros países. Desde aquel tan viejo como “garantizar las vidas y propiedades de ciudadanos norteamericanos” hasta el más manido de la misión que tiene Estados Unidos de “asegurar la democracia y la libertad del mundo occidental”. Bajo esos pretextos se han consumado los crímenes más horrendos.

Como ha dicho Evo Morales, las bases norteamericanas en Colombia son contra los presidentes, los movimientos sociales revolucionarios de la región y gobiernos de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestro América (ALBA). Son para aplastar a los pueblos que luchan por su liberación, su independencia y su desarrollo.

El presidente colombiano Alvaro Uribe lo sabe muy bien cuando dio ese paso entreguista. No ha aprendido las lecciones de la historia, y por eso la historia no lo absolverá. Su pueblo, en definitiva, se encargará de ello.