Dos muertos inútiles, por error estratégico e irresponsabilidad
Por: Xavier Padilla

Alguien me preguntó ayer qué era lo que se debía que hacer, y hoy, día de dos muertos en el aeropuerto, repito lo que respondí:


1) Como el Gobierno de Facto en Honduras tiene su defensa sólo asegurada por las armas, entonces el Presidente Zelaya debe apersonarse en Comandante en Jefe de su país, pero acompañado de unas fuerzas armadas constituidas voluntaria y responsablemente por aquellos países que firmaron su rechazo al golpe de Estado, y no solamente acompañado por otros presidentes, como estuvo planteado hasta ahora. En organizaciones internacionales, la solidaridad y las firmas han de ser vinculantes.

2) El Presidente Zelaya, al mando de estas fuerzas (que ocuparían a su lado el lugar que las suyas abandonaron), debe recuperar —por la fuerza si es necesario— el poder de su país. Es su deber, y lo sabe perfectamente.

3) A su llegada, el pueblo todo debe permanecer en sus casas (ya el mismo dio ampliamente su opinión en las calles y lo que tenía que decir no tiene, por lo tanto, por qué ser reiterado en una disputa de piedras contra tanques —algo útil, piensan frívolamente algunos, para los medios y la opinión mundial—.

De otro modo, empero, no habrá retorno posible de Zelaya —que es lo único que cuenta—.
Hay que tener los pies en la tierra. A partir del momento en que los gobernantes fueron elegidos por el pueblo, éstos tienen la misión inexpugnable de ocupar sus funciones y reivindicar a las mayorías. Es pues el momento de adelantarse a los acontecimientos, incluso de sorprenderlos.

Gran parte del genio de Bolívar consistía en eso que llamamos ahora «picar alante», y en mucho coraje y osadía.

Más adelante aduje:

[…] no es al pueblo de salvar al Presidente, es al Presidente de recuperar su poder. El pueblo ya se lo dio una vez [el poder] a través de las urnas, y lo ratificó suficientemente los últimos días en las calles. Dijo en ambas ocasiones: «quiero a Zelaya.»

¿Corresponde a un Presidente atrincherarse detrás de su pueblo, delegarle a éste la recuperación del mandato arrebatado, o le corresponde recuperarlo por su cuenta?

Hoy agrego:

¿Y si el pueblo no saliese a decir ahora frente a las armas de los franco tiradores apostados en el aeropuerto lo que ya dijera ampliamente, es decir, si no se expusiese por último a un baño de sangre anunciado, podríamos llamarlo cobarde?

¿Por qué los pueblos desarmados tienen que enfrentarse a la canalla armada?

¿Para conmoverla?…

Una vida humana, que vale más que nada en el mundo, no se expone por tan bajas probabilidades. La dignidad de los ciudadanos no se mide por su capacidad de provocar milagros.

El rol del pueblo tampoco es tirar piedras y luego recibir balas estoicamente. Una fuerza militar solidaria y comparable a la de sus verdugos, es y debe ser la primera opción, no la última. El pueblo a salvo en sus casas es la honra de líderes responsables…

Pero hay discursos que camuflan el verdadero orden de las cosas y en el fondo son contrarios a toda vocación revolucionaria. Algunos encarnan las más avanzadas formas de la demagogia populista, como aquel que nos habla primero del pueblo digno, luego del pueblo heroico, y por último del pueblo mártir.

Querer hacernos creer que la soberanía y la autodeterminación de los pueblos son expresadas más profundamente por medios románticos que pragmáticos, denota un insuficiente, ineficaz amor por el pueblo.

El pueblo bien puede desear tirar piedras. No obstante, siendo ello algo inconsecuente y suicida, tenemos que impedírselo: armándolo de verdad, entrenándolo, haciéndolo soldado.

De no poder constituir él mismo una fuerza armada, el pueblo debe entonces permanecer en sus casas, a salvo, o donde más seguro pueda. Nada más abyecto que matar al pueblo primero para luego luchar en su nombre.

xavierpad@gmail.com