Martes, 3 de febrero de 2009
Odio a Chávez: motor de la oposición
Por: José Vicente Rangel
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Quizá lo que mejor carac-teriza a un sector de la oposición -por no decir que a toda- es un sentimiento de odio, espeso, fétido, contra Chávez y el chavismo. Odio irrefrenable que salta a cada instante como un resorte y contamina el ambiente político. Ha habido intentos por analizar lo que ocurre.


Trabajos de investigadores serios que asumen el tema con preocupación y tratan de ubicar su origen.

La explicación, lo reconozco, no es fácil. Todo cuanto se refiere al tema es polémico. Pero creo que vale la pena decir algo a las puertas de un nuevo evento electoral, cuando los ánimos se tensan al máximo y el fenómeno del odio aflora con la intensidad de un huracán.

El origen. Lo que ocurre tiene que ver con el desplazamiento del poder, del control sobre el Estado, de una clase política y económica, insensible y voraz, que lo ejercía con absoluta impunidad. Ésta no es una respuesta de manual. Hay que pasearse por los factores que controlaron el poder en el país, por la relación entre dirigentes políticos y económicos. Me refiero a las cuatro décadas de la IV República. A la alianza que se forjó bajo el paragua del Pacto de Punto Fijo. A los vínculos que se establecieron entre el estamento político y el económico. Esa realidad colapsó y se abrió paso la respuesta popular encarnada por Chávez y su proyecto bolivariano. Pero los sectores sociales y políticos desplazados jamás aceptaron lo ocurrido.

Los estímulos. Desde 1999 existe una tenaz y agresiva resistencia del bloque políticoeconómico que perdió el control del país a los cambios que comenzaron a darse en materia social, económica, política e institucional. Los grupos económicos que perdieron su acceso al poder y los políticos que fueron relegados, decretaron la guerra a muerte a quienes asumieron la conducción nacional. Esa conducción se identifica con el liderazgo de Hugo Chávez y contra él, por tanto, se vuelca el odio visceral de aquellos que dejaron de ser protagonistas. De quienes se acostumbraron a ejercer el mando a plenitud y lo perdieron. Algo imperdonable en política. Los que fueron desalojados de las posiciones de dominio que ejercían nunca han asimilado, democráticamente, el cambio operado. En vez de aceptar la nueva realidad e insertarse en ella -respetando la nueva institucionalidad-, con el fin de constituirse en alternativa, pretenden subvertirla de variadas maneras. En algunos casos lo lograron a medias, hostigando y generando daño a la economía; y, en otros, materializando su propósito durante el 11A, el sabotaje de la industria petrolera e incontables acciones terroristas.

La pérdida de la racionalidad. La reacción de la oposición al proceso bolivariano está plagada de irracionalidad.

De absurdas actitudes, como el empleo de recursos que nunca antes se utilizaron en el país, por ejemplo, recurrir descaradamente a la ayuda extranjera.

O bien mediante la utilización de innobles argumentos para combatir al adversario, con lo cual la oposición perdió calidad democrática. Incluso los partidos delegaron la conducción en factores sin data cívica. En poderes fácticos que son la negación de las aspiraciones populares, como es el caso de algunos medios de comunicación y de grupos económicos monopólicos.

El odio como inspiración. Es por eso que la oposición no está en capacidad de actuar de manera distinta, es decir, con arreglo al estado de derecho.

Todo cuanto hace -o deja de hacer- está fatalmente guiado por el odio. Odio consistente en rechazar a priori a una persona, a Chávez. A quien aparentemente se le odia por la sin razón de su origen social, su color, su verbo y sus planteamientos. Mas en el fondo no es por eso: es porque les arrebató el poder limpiamente, con las reglas de juego que ellos mismos crearon. Se le odia ciegamente, sin ideología, sin principios ni proyecto de país. Sólo porque necesitan de ese odio para sobrevivir a la desolación en que se debaten. Así Chávez no los haya despojado de nada; no los haya silenciado, y ahora se puedan expresar con más libertad; no los haya reprimido ni coartado sus derechos, como sucedía en el pasado. Definitivamente Chávez representa algo que ellos no tragan, sin importarles para nada que millones lo sigan. La polarización, de la que tanto se habla, no es otra cosa que la obsesiva raya de odio trazada frente a una persona, más que ante una política o una revolución.

Es el desahogo desesperado de quienes se sienten perdidos y se refugian en ese turbio sentimiento que busca la muerte física o política del ser odiado, equivalente para ellos a la resurrección.

El signo. Bajo este oprobioso signo del odio, los venezolanos votaremos el próximo 15 de febrero. A eso se reduce, para muchos opositores, el ejercicio del sufragio en el referendo, cuando en verdad se trata de un acto de elevada calidad cívica. Para ellos es otra oportunidad de materializar el desprecio hacia un ser humano. O bien, como viene ocurriendo en estos días precedentes al evento del 15F, en la oportunidad de repetir guarimbas y mensajes siniestros.

Ya se verá quiénes se impondrán: si aquellos que apuestan a la racionalidad o los que apuestan al odio.

Así de sencillo.