Martes, 20 de Enero de 2009

LOS DERECHOS HUMANOS DEL PUNTOFIJISMO
Por: Constanza Centeno

PARTE II


Después de haber permanecido encerrada en los tétricos tigritos de aquella Disip ubicada en Los Chaguaramos- Caracas, los cuales describí en la primera parte de este testimonio, me llevaron a una oficina de reseña, en la cual fuí sometida de la manera más humillante al escarnio que no merece ni la peor de las delincuentes; luego me condujeron a otro sótano, allí estaba estacionado un autobús lleno de personas, al subir, observé con horror sus rostros y cuerpos destrozados a consecuencia de la despiadada e impía tortura, la mayoría de ellos eran estudiantes ; puedo asegurar que de ninguno de ellos escuché ni un solo gemido, sus rostros maltrechos, reflejaban indignación, miedo, ante tan feroz y cruel atropello. Por lo tanto, sin derecho a conocer la ruta y final de nuestro incierto destino, conformamos pués, un lote más de la “noble causa puntofijista”: LOS DESAPARECIDOS.

Una carretera montañosa, estrecha y curvosa, nos conducía al TO5,Yumare, Edo. Yaracuy (mes de Enero de 1970). Iba esposada como todos, tan apretadas las esposas que nos rompían la carne de las muñecas, nuestros torturadores, gozando su sadismo, nos las ajustaban aún más hasta que nos brotara la sangre.

Recuerdo que en algún tramo de aquella carretera, nuestros “custodios” montaron las ametralladoras que llevaban y nos dijeron: “AL PRIMER HOMBRE QUE SALGA A LA CARRETERA, LOS BARREMOS A PLOMO, NO QUEDARÁ NI UNO DE USTEDES VIVO” Confieso que en el primer instante no comprendí el por qué de ese mensaje, después, recordando alguna situación parecida, leída en algún libro que sobre casos que como el que narro se escribieron, entendí. Confieso que le rogué a Dios que no lo permitiera. Confieso que en milésimas de segundos le pedí a nuestro Padre Creador que si ese era su designio, entonces que fuera justo y que el autobús cayera por el barranco y nos matara a todos. Lo confieso. Un silencio sepulcral nos invadió, pero pude escuchar de alguien un susurro: rezaba el Padre Nuestro.

Anocheciendo, llegamos a un sitio en donde se respiraba una atmósfera de muerte, civiles y militares rodearon el autobús y al descenso del mismo fuimos tratados con violencia, humillación y amenazas de muerte, alertándonos que no se nos ocurriera invocar la Constitución, pues estábamos al márgen de ella y por lo tanto no teníamos derecho a nada. Realmente no puedo menos que comparar esta pesadilla con el infierno de Dante.

Nos separaron y fui incomunicada y llevada a un sitio “especial”: mi celda era un alambrado de púas con una puerta de zinc, piso de tierra , y allí fui encerrada como un animal salvaje.

Durante el trayecto a esa celda se me hizo una doble fila de soldados, a quienes les decian que yo era una maldita comunista y por eso no lloraba, porque a todos los comunistas nos sacaban el corazón al nacer y nos los ponían de piedra. En verdad, yo no lloraba, no podía llorar, me lo impedía mi dignidad, mi honor, la rabia y la impotencia. Por las noches, cuando estuve sola, sí lo hice, ¡demasiado!: llanto de dolor, de indignación, de desconcierto. Pensaba en mis dos niñitas, una de ellas, un bebé de 5 meses, me fue arrancada de mis brazos al momento de mi detención, la cual ocurrió dentro de mi casa, brutalmente allanada, sin defensa alguna, sóla con mis captores; pensaba en mis padres; en mis hermanos, quienes también fueron en esa época perseguidos y torturados; en mi esposo, que estaba en ese mismo TO 5 (Yumare) cruel y salvajemente torturado.

Fueron tantas las vivencias en esos infinitos días de cautiverio y en esta segunda parte de mi testimonio voy a referir otro episodio más, que jamás, como el primero que les narré podré olvidar: En una de esas noches eternas, con la cara pegada al piso de tierra, pude escuchar la voz de un hombre muy jóven, un muchacho quizás, al cual nunca pude ver. Esa persona, cuando estaba de guardia nocturna, me hablaba con dulzura, me decía que comprendía mi dolor porque él tenía madre y hermanas. Nunca le respondí absolutamente nada. Después de varios días, llegó mi “custodio” para llevarme a bañar, teniendo que recorrer un buen trecho desde mi sitio de reclusión hasta llegar a la “sala de baño”, en el trayecto me aplicaron la misma fórmula que a mi llegada: “aquí te vas a podrir”, no volverás a ver a tus hijas, me gritaban. Por la noche, el muchacho de mi historia, me dijo: Por favor señora no se quite la ropa cuando vuelva a ir a bañarse porque en la puerta (de zinc), hay un hueco hecho para que todos los soldados la vean desnuda. Días después volvieron a llevarme al mismo sitio y entonces me bañé con el vestido puesto, al regresar con la ropa empapada, después de días soportando el fuerte calor y el frío de la noche, ya tenía fiebre. Mi carcelero abrió la puerta de mi celda y se fijó que en el piso había algo pequeño envuelto en un papel, lo agarró, lo leyó para sí y salió de mi celda con una irónica sonrisa. Bien entrada la noche, escuché cómo se formaban los soldados por orden de su superior, oí que a uno de esos soldados habían ordenado darle un escarmiento, el más severo. Comenzaron a leer una carta que según decían, esa persona me había escrito y que me la había envuelto en una moneda de a un bolívar. El contenido de aquella carta, según los que la leían, decía: “ que él se ponía a mi orden, y que estaba a mi disposición una granada y una pistola”, todo esto fue leído a altísima voz y le dijeron que todo lo que le iba a pasar era porque yo lo había vendido, que yo les había entregado esa carta, que así éramos de traidoras las malditas comunistas; escuché sus gritos de dolor ante la tortura que supuestamente (o de verdad) le estaban propinando, sus alaridos eran de terror, dolor. Se que quedará para siempre enterrado si fue verdad que ese muchacho escribió ese papel, entonces, suponiendo que a ese muchacho le pudieron ocasionar la muerte, ante la evidente negación de todos nuestros derechos humanos, que era como se procedía en esos tiempos del puntofijismo, murió convencido de mi traición, y si sobrevivió, Dios lo quiera, me seguirá maldiciendo. ¡JAMÁS HUBIERA HECHO TAL COSA, LO JURO!, NUNCA ESTUVO EN MI PODER ESA CARTA QUE SUPUESTAMENTE ME HABÍA ESCRITO ese soldado, al que jamás tampoco conocí. Han pasado tantos años de esta infamia: Cómo olvidarla.!

EL INTERROGATORIO

Una noche de las tantas, (serían como las 10 pm), entraron dos hombres vestidos con uniforme militar, llevaban una inyectadora de las antiguas. Al verlos de cerca, pude reconocer a ambos, los conocí cuando estudiaban cuarto año de medicina en la Universidad Central de Venezuela; yo trabajaba en ese entonces en el Instituto de Medicina Experimental, Cátedra de Farmacología, no eran mis amigos, pero si los recordaba como estudiantes que eran en ese entonces. Ellos también me reconocieron y me preguntaron :Qué haces aquí? Les respondí que también yo me preguntaba qué hacian ellos allí, si los conocí como estudiantes de cuarto año de medicina en la Central. Viendo la inyectadota , les dije: me vienen a matar? Respondieron: Quédate tranquila, no te resistas, no te va a pasar nada , tu puedes dominarla. Me inyectaron y se fueron de inmediato, y de inmediato también sentí que se me aflojaba el cuerpo, estaba mareada y entraron otros hombres vestidos de militar (camuflage lo llaman); eran como seis,ó, más; entre ellos: El Coronel Bernardo Rigores, Rivero Muñoz (el chingo), el mongol , y otros ( mucho después fue cuando supe los nombres de las personas que menciono).

Entraron con una grabadora de hilos, de las de la época, muchos álbumes, que contenían infinidad de fotografías. Comenzaron mostrándome las de mi familia, luego muchísimas de otras personas . Muchas amenazas, fue un verdadero terrorismo el que me aplicaron para que reconociera a personas que jamás había visto. De repente, ya había amanecido….

En éste segundo relato de mis vivencias, resaltaré la valentía, y el coraje de mis padres Elisa Yabrudy de Centeno y José Félix Centeno Montiel, incorruptibles e irreductibles, quienes batallaron incansablemente en la lucha por la igualdad y el bienestar social de nuestro pueblo, y quienes se enfrentaron con coraje al monstruo de mil cabezas: El Pacto de Punto Fijo, exponiendo sus vidas para defender a sus hijos, víctimas de la cruel e inhumana democracia representativa.

Esta historia mía, que representa la de miles de venezolanos que fuimos vil y cobardemente torturados, que fuimos arrastrados y sacados de nuestros hogares ó arrebatados de las calles, sin fórmula de juicio, sin fiscales, sin la presunción de inocencia, sin darnos la oportunidad de defenderrnos, es la palpable realidad del actuar de esos inhumanos que, a costa de lo que sea, quieren volver, para continuar aplicando su macabra índole criminal, como lo demostraron con premeditación y alevosía durante las masacres de Cantaura, Yumare; 27 y 28 de febrero 1989: “El Caracazo”, con más de tres mil muertos que fueron enterrados en fosas comunes, en la llamada “PESTE”; en el golpe de estado del 11 de abril de 2002; en el golpe petrolero y empresarial de diciembre de 2002; en “su gran batalla”. en enero de 2003; la muerte de un humilde venezolano el 23 de Enero de 2003, los asesinatos de campesinos por encargo, o sea, sicariato; en los trancazos, catiazos y petarazos y como lo continúan haciendo en los reiterados llamados sangrientos que hacen los “dirigentes de la sociedad civil decente y pacífica”, a través de esos medios de incomunicación bendecidos por el diablo, y que ocasionaron nuevamente el 27 de febrero de 2004, durante 4 días, las llamadas guarimbas, “EN NOMBRE DE LA LIBERTAD Y LA DEMOCRACIA”, el horror, la destrucción, la muerte, con actos terroristas que jamás se habian conocido en nuestro país, VIOLANDO TODOS NUESTROS DERECHOS HUMANOS. ¡NO VOLVERÁN!

8 de Marzo de 2004

Constanza Centeno

C.I. 2962602

(continuará)

LOS DERECHOS HUMANOS DEL PUNTOFIJISMO Parte I