Viernes, 16 de Enero de 2009
Madagascar II

Resulta impresionante la capacidad que tiene la industria del entretenimiento infantil para producir basura ideológica que bajo la “inocente” apariencia de una película de animación – Madagascar II – expone toda una tesis de coloniaje dirigida, sin lugar a dudas, a penetrar en las desprevenidas mentes de nuestros niños y niñas e instalar en ellos y en ellas, un pensamiento domesticado, consumista y servil.


Un conjunto de animalejos (león, jirafa, hipopótamo y cebra) que en la primera versión habitaban en un zoológico neoyorquino, deciden emprender el regreso a su tierra de origen – África – lugar al cual llegan tras una serie de peripecias en donde abundan los “gags” que van presentándonos a los personajes: el león valiente, la cebra despistada, la jirafa romántica y la hipopótama ¡ninfómana!

Aterrizan en un lugar desconocido, (viajan en un avión piloteado por unos pingüinos neuróticos) y al llegar, tras un aterrizaje de emergencia, creyéndose perdidos se descubren en medio de una reserva animal, en donde iniciarán “el reencuentro con sus orígenes” y, ¡oh casualidad!, coinciden con un grupo de turistas de Nueva York que andan por allí con sus camaritas y sus camisas con dibujos de palmeras.

Hasta aquí, nada más del previsible veneno que podemos encontrar en cualquier proyecto “infantil” hollywoodense dirigido al “sano entretenimiento familiar”, chistes escatológicos, homosexualidad solapada, competencia, individualismo y sobretodo, una exaltación permanente del modo de vida gringo.

Así vemos a todo lo largo del filme referencias a lo sabroso que es el “american way of life”, a su comida chatarra, a sus “malls”, a sus rascacielos, a su consumismo desbordado y a la banalización de todo aquello que no se corresponda con los antivalores con los que permean ideológicamente a los pasivos espectadores, un batallón de niñitos, papás y mamás que engullen cotufas mecánicamente, mientras observan hipnotizados las imágenes de la pantalla.

Al terminar la proyección, como en un túnel que desemboca en las propias fauces del monstruo, la oscuridad le da paso al aturdimiento sensorial en el que maquinitas, hamburguesas, vitrinas, paredes de escalar, celulares y bebidas gaseosas materializan todo lo que acabamos de aprender por medio de las “inocentadas” de cuatro animalitos que, entre chistes y canciones, nos han penetrado, con la ayuda de la vaselina de entretenimiento, hasta lo más profundo de nuestro inconsciente.

Valgan estas reflexiones para recordar la cantaleta que nos siguen repitiendo con el tema de la “ideologización” de la infancia, por medio de los contenidos en el nuevo curriculum educativo, según insisten algunos, lleno de contenidos “que le van a lavar el cerebro a sus muchachitos”, con temas como la solidaridad, la unión de los pueblos y el pensamiento bolivariano.

Cosa muy distinta, de acuerdo con el criterio (o con la escasez de éste) de quienes piensan que esas “deliciosas comiquitas” son sólo sana distracción, incontaminado esparcimiento que no va más allá de la hora y media que dura la proyección.

¡Tan bueno que era Disney!

Patricia Rivas