Lunes, 5 de Enero de 2009
Una revolución sin fronteras
Por: Samuel Grove y Pablo Navarrete
Rebelión

Traducido del inglés por Christine Lewis Carroll para Rebelión

Bolivia, un país acostumbrado a ser ignorado por los medios de comunicación occidentales, ha llegado a los titulares periodísticos en los últimos meses debido al aumento significativo de la violencia surgida entre opositores y defensores del gobierno.


En diciembre de 2005, Bolivia, un país en el que el 62% de la población se declara indígena, eligió a su primer presidente indígena, Evo Morales, cuyo programa de reforma radical ha suscitado una fuerte oposición por parte de la élite rica de Bolivia, predominantemente blanca.
Ha sido particularmente controvertido el tema de la reforma de la tierra; Bolivia tiene una de las concentraciones de propiedad de tierras más desiguales del mundo, donde el 1% de los terratenientes posee las dos terceras partes de la tierra agrícola del país. Luego no es ninguna sorpresa que las reformas propuestas por Morales hayan provocado la ira de las élites terratenientes de Bolivia. En las provincias más ricas, estas élites empezaron orquestando la violencia contra el pueblo indígena en alianza con turbas de jóvenes paramilitares y cripto-fascistas. Entre sus demandas se encuentran la autonomía regional y una mayor participación en los beneficios provenientes del gas y el petróleo – concesiones que Morales no está dispuesto a dar. En el momento de escribir este artículo, lo peor de la violencia parece haber remitido, y negociaciones entre el gobierno y la oposición han dado como resultado la aprobación por parte del Congreso de Bolivia de la celebración de un referéndum sobre una nueva constitución a principios del año que viene.

Esta crisis parecería típica de lo que representa la política en los “países del tercer mundo” y muy alejada de nuestras inquietudes aquí en Gran Bretaña. En realidad, podemos aprender mucho de los acontecimientos en Bolivia, que ignoramos bajo nuestra responsibilidad.

Conflicto de intereses

En La guerra civil no es una cosa estúpida, el economista político Christopher Cramer reflexiona en tono crítico sobre la ideología reinante en torno al conflicto en el “tercer mundo”. Argumenta que, históricamente, el Occidente ha considerado el conflicto en estos lugares como una “aberración…pervercion de un mundo más normal de paz liberal, mejor caracterizado por la prosperidad y estabilidad de los países del Norte”. Para Cramer, en los últimos años, este prejuicio se ha integrado a un análisis neoliberal que resalta los costos económicos inmediatos de las sociedades en conflicto; estas dos suposiciones se unen para apoyar el concepto de que el conflicto constituye el “desarrollo a la inversa”.

Una mirada rápida al análisis realizado por los medios de comunicación británicos de la crisis en Bolivia apoya la tesis de Cramer. Tanto The Guardian como The Independent hicieron la observación que Bolivia empezaba a parecerse a un “estado fallido”. Daniel Hannan, del periódico The Daily Telegraph regañó al gobierno boliviano por colocar la ideología antes del compromiso, acusando al “paleo-socialismo de Morales” de “encoger la economía”, de forma que “los bolivianos parezcan más pobres, enfadados y violentos – merecen algo mejor”. The Financial Times, mientras tanto, albergó dudas sobre la capacidad de “instituciones cada vez más politizadas de sostener el espíritu empresarial y el crecimiento económico”. El mensaje es claro: el conflicto es anticuado, una distracción del negocio más civilizado de hacer dinero. Mientras no hay nada nuevo en la actitud condescendiente de los medios hacia los países pobres, al exagerar el abismo entre ellos y nosotros, ocultan algunas conexiones importantes.

Simetrías históricas

Sería irónico que la actitud distanciada de Occidente hacia acontecimientos en América Latina se explicara en parte mediante presuposiciones neoliberales, teniendo en cuenta que el actual orden neoliberal mundializado tuvo su sangriente nacimiento en Chile en 1973. Como consecuencia del golpe patrocinado por Estados Unidos que derrocó al gobierno elegido democráticamente de Salvador Allende, economistas de la Escuela de Chicago de Milton Friedman impusieron radicales reformas neoliberales. Chile sirvió de laboratorio para las ideas radicales que más tarde serían adoptadas en el Occidente, con Margaret Thatcher, una admiradora infame de la “reestructuración” de la sociedad chilena por parte de Pinochet.

La relación simbiótica entre acontecimientos fuera y en casa también se puede constatar si miramos de cerca la historia moderna de Gran Bretaña y Bolivia. Por ejemplo, los períodos post-bélicos de los dos países fueron modelados por gobiernos democráticos populares que extendieron el sector público. En Gran Bretaña, el gobierno laborista de Clement Atlee nacionalizó las industrias más importantes de Gran Bretaña y fundó el Servicio Nacional de Salud (NHS). En 1952 en Bolivia, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de Víctor Paz Estenssoro nacionalizó las minas y estableció sistemas de salud y educación nacional. En los dos países, estas reformas se mantuvieron sin mayores cambios hasta mediados de los años 80.

Estimulada por la victoria en la Guerra de las Malvinas y una contundente victoria electoral en 1983, Thatcher abordó la privatización de las industrias que Atlee había nacionalizado. Estas nuevas reformas continuaron con John Major (los ferrocarriles) y Tony Blair (Correos y Servicios Sociales). Bolivia abrazó las reformas neoliberales en 1985, tras la reelección del MNR – otra vez liderado por Paz Estenssoro. Pero en esta ocasión, Paz Estenssoro rápidamente invirtió las reformas de 1952, flotando el peso, cortando los salarios del sector público y eliminando las subvenciones alimentarias, los controles de precio y las restricciones sobre el comercio extranjero. Igual que en Gran Bretaña, la revolución neoliberal continuó a lo largo de los años 90 con la privatización de las industrias del petróleo, el gas, el estaño, las telecomunicaciones y los ferrocarriles.

La guerra contra la democracia

Sobre todo en Bolivia, estas reformas fueron puestas en marcha de manera profundamente antidemocrática. Paz Estenssoro se había presentado con un programa de responsabilidad fiscal y basándose en su pasado “revolucionario nacionalista”. Una vez en el poder, la Nueva Política Económica (NPE) se implemento con un decreto presidencial. La idea fue aprobar las reformas antes de que los sindicalistas y los grupos civiles y campesinos tuvieran tiempo para reaccionar. Pero si reaccionaron; convocaron huelga general (igual que lo hicieron los sindicatos británicos en respuesta a la reformas de Thatcher). Sin embargo, según señala Naomi Klein, la respuesta de Paz Estenssoro “hizo que el tratamiento de los mineros por parte de Thatcher pareciese dócil”. Paz Estenssoro declaró el estado de excepción y detuvo a los 200 sindicalistas más destacados, los cargó en aviones y los llevó a cárceles perdidas en el Amazonas.

Las similitudes entre las trayectorias políticas de Gran Bretaña y Bolivia no son tan sorprendentes. El giro hacia el neoliberalismo ha sido un tema común en gran parte del mundo en los últimos 30 años – hasta el punto de que podamos hablar de un orden económico mundial neoliberal. En gran medida, esta revolución mundial se ha apoyado en eludir los procesos democráticos nacionales. Las inquietudes democráticas que rodean la implantación del neoliberalismo sólo cuentan parte de la historia, porque ¿no es justo argumentar que el neoliberalismo en sí mismo es una afrenta a la democracia? Las “privatizaciones” y “liberalizaciones” son en realidad términos técnicos para eliminar las decisiones económicas críticas del dominio de la rendición pública de cuentas. Se mina la democracia aún más cuando las decisiones democráticas nacionales pueden ser vetadas por la fuga de capitales como consecuencia del libre comercio internacional. Esto es algo que identificó John Maynard Keynes cuando advirtió que “nada menos que el experimento democrático en sí mismo peligraba con la amenaza de las fuerzas financieras mundiales”.

Cuando Keynes nos advertía sobre la tiranía del libre comercio mundial, George Orwell reflexionaba sobre la falta de democracia en Inglaterra. En un ensayo profundo, posiblemente profético, pero en gran medida ignorado “El león y el unicornio”, Orwell escribió que el Partido Laborista preferiría “seguir cobrando sus salarios e intercambiar periódicamente sus puestos de trabajos con los conservadores” antes de apostar por el cambio democrático. La política de izquierdas, lamentó, había llegado a ser “un variante del Conservadurismo”. Orwell escribía acerca de Gran Bretaña en el período de entreguerras; sin embargo, sus palabras son tan relevantes hoy como entonces. Con la llegada del Nuevo Laborismo, el partido abrazó su núcleo conservador. Durante su discurso en la conferencia laborista de este año, Gordon Brown proclamó que “nuestro gobierno es y siempre será pro-empresa, pro-negocio y pro-competencia”. Esto ha cobrado su peaje en la igualdad y la justicia social. Bajo el Nuevo Laborismo, el abismo entre los ricos y los pobres ha aumentado de manera significativa y Gran Bretaña tiene el sistema de clases más rígido de Europa Occidental.

En Bolivia, el neoliberalismo fue aclamado inicialmente como un éxito enorme. Antes de las reformas de Paz Estenssoro, la inflación se había disparado a más de 14.000%. A los 2 años de las reformas, se había bajado al 10%. Pero a medida que bajaba la inflación subía el desempleo. Bolivia vivió despidos masivos, incluyendo a 22.000 procedentes de las minas estatales, que llegaron hasta 45.000 en 1991.

El desempleo se cebó con el frágil sector industrial de Bolivia. Sin el apoyo estatal, los cierres de fábrica causaron la pérdida de trabajo a más de 35.000 personas. A la gente que mantuvo su empleo tampoco le fue mucho mejor, ya que sus salarios reales sufrían una desvalorización del 40%. No sólo el neoliberalismo no consiguió crear empleo, sino que el desmantelamiento de la burocracia central minó la capacidad del gobierno de reaccionar ante los efectos dañinos del desempleo. Muchos parados migraron al este del país para cultivar coca, la exportación más rentable de Bolivia en los años 80.

Aunque la responsabilidad última de la NPE es atribuible a Paz Estenssoro y su “equipo de emergencia” de tecnócratas y lideres empresariales, las reformas también fueron en gran medida producto de la influencia agresiva de las instituciones financieras internacionales, en particular el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. La NPE se diseñó también en gran medida para cortejar la aprobación de dichas instituciones, mientras las olas de privatizaciones de los años 90 se realizaron bajo las instrucciones explícitas del FMI – de hecho, éste quedó tan impresionado por los resultados que Bolivia “se puso como modelo para los países menos desarrollados del mundo”.

El peloteo del gobierno boliviano a las demandas del FMI en los años 90 se puede interpretar como una consecuencia de los estragos causados a la democracia boliviana por la NPE. Habiendo sido alejado de la esfera de gobierno, el pueblo dispuso de pocos medios para presionar al gobierno con el fin de actuar en su interés. El resultado fue la vuelta al arreglo imperial donde las élites de Bolivia subastaron la tierra y los recursos del país a los mejores postores extranjeros.

El pillaje de Bolivia llegó a su nadir en el año 2000. El Banco Mundial propició la privatización del suministro de agua en la ciudad de Cochabamba por parte de un consorcio multinacional extranjero liderado por la compañía Internacional Water Limited, con base en Londres. A cambio, Bolivia recibiría 600 millones de dólares en concepto de alivio de la deuda externa. El consorcio subió inmediatamente el precio del agua el 35%, y con el fin de conseguir la máxima rentabilidad, hasta impuso durante un breve período de tiempo una ley que prohibiera al pueblo recoger el agua de lluvia. Para la mayoría de los bolivianos, su paciencia se había agotado.

Vuelve la democracia

Mientras que en Gran Bretaña nos quedamos reflexiónando sobre la frase de Orwell que “nadie quiere de verdad que haya grandes cambios” y que “la política revolucionaria” es “un juego de fantasía”, Bolivia osó realizar unas elecciones democráticas reales.

Al votar por Morales y su partido, el Movimiento hacia el Socialismo (MAS) en 2005, los bolivianos votaron por la democracia. Morales fue elegido con un programa de participación popular en la administración del país y la economía mediante ampliar el sector público, la representación de los movimientos sociales en el gobierno, y la introducción de derechos indígenas. La nacionalización de industrias claves aseguró que los beneficios se quedaran en Bolivia y al gobierno la capacidad de gobernar.

Sin embargo, la victoria de Morales fue mucho más una victoria de la democracia boliviana que una victoria al servicio de ésta; o como lo describen elegantemente Forrest Hylton y Sinclair Thomson, “la elección de Evo Morales no trajo una revolución. Fue una revolución lo que trajo el gobierno de Morales”. Antes de las elecciones de 2005, la movilización popular ya había derrocado a dos presidentes y vetado el acceso a la jefatura del estado de un tercero. El derrocamiento de estos gobiernos no fue liderado por el MAS, sino más bien el MAS siguió el rastro de una movilización popular de grupos indígenas, sindicatos y cultivadores de coca.

Fruto de esta coalición fueron las propuestas de nacionalización, reforma constitucional y la reestructuración política y económica. El mismo MAS es una organización política fundada por grupos civiles en los años 90 para articular las demandas populares. En su discurso inaugural, Morales interpeló a estos grupos: “Controladme. Si no avanzo, empujadme, hermanos y hermanas. Corregidme constantemente, ya que puedo errar”.

Morales se apoyó en estos grupos durante la crisis. El hecho de que los defensores de Morales continúan resistiendo la campaña de violencia de la oposición es prueba del apoyo nacional apabullante y la capacidad de movilización con que cuenta para defender la legitimidad de su gobierno.

Mientras los medios de comunicación británicos discutían abiertamente la posibilidad de guerra civil, la popularidad de Morales ha subido desde su elección en 2005, también dentro de las provincias más ricas. Es este apoyo lo que forzó a los miembros de la oposición en el Congreso a ratificar un nuevo borrador de la Constitución boliviana el 21 de octubre. Un referéndum nacional sobre si se hace ésta oficial o no está previsto para el 25 de enero.

Es significativo que la última crisis de Bolivia coincidió con el 35 aniversario del golpe de estado en Chile. También debemos recordar que es dudoso que el golpe en Chile hubiera tenido éxito sin la complicidad internacional. Los paralelismos no han pasado inadvertidos en América Latina. Países vecinos han hecho cola para prometer apoyo a Morales y condenar la violencia. La presidenta argentina Christina Kirchner advirtió: “Si no actuamos ahora, dentro de 30 años quizá veamos documentales (sobre Bolivia) como hoy vemos sobre Salvador Allende”. Se refería a los Estados Unidos, cuya sombra envuelve la crisis. En septiembre, las relaciones entre Estados Unidos y Bolivia se volvieron hostiles cuando Morales expulsó al embajador estadounidense, acusándolo de subvertir la democracia de Bolivia al conchabarse con los grupos opositores.

Una revolución sin fronteras

En los años 80, Estados Unidos libró una guerra contra la revolución democrática de Nicaragua. Durante la revolución, Tomás Borge, miembro fundador de los Sandinistas, habló de su deseo de una “revolución sin fronteras”. Deseó que la revolución sirviera de modelo para otros países. En el contexto de la Guerra Fría, el gobierno estadounidense y sus partidarios en los medios no tuvieron necesidad de recurrir a un análisis neoliberal sofisticado para distorsionar el significado de las palabras de Borge; fue suficiente decir que Nicaragua se proponía extender una revolución permanente “estilo soviético” por todo el hemisferio occidental.

La realidad es que la distorsión pretendía ocultar algo mucho más amenazador – lo que Oxfam describió como “la amenaza del buen ejemplo”. El experimento de Bolivia con la democracia es un ejemplo para todos nosotros. Cuando el neoliberalismo ha vaciado de contenido nuestra democracia, llevándonos por la senda del desastre ecológico y económico, lo que esta en juego no podría ser mayor. La importancia de la solidaridad con Bolivia es importante para su pueblo. Quizá sera tan importante para nosotros.

Ésta es la versión más larga y original del artículo: “La amenaza del buen ejemplo”, diciembre/enero 2008, Red Pepper – http://www.redpepper.org.uk