Viernes, 2 de Enero de 2009
Discurso del comandante Ramiro Valdés, héroe de Cuba, al pueblo venezolano
YVKE (Patricia Rivas)

El comandante Ramiro Valdés, héroe de la Revolución cubana y ministro de Informática y Comunicaciones, resaltó en su discurso ante los restos del Libertador, este 1 de Enero, la importancia del liderazgo en las revoluciones cubana y bolivariana, y concluyó que “si grande es la historia que nos ha traído hasta aquí, todavía más grande será la historia que vamos a construir juntos en adelante”, Venezuela y Cuba.


El comandante Ramiro Valdés fue expedicionario del Granma. En la Sierra Maestra, perteneció primeramente a la columna 1, comandada por Fidel, a la columna 4 y posteriormente pasó a ser segundo jefe de la columna 8, liderada por Ernesto “Che” Guevara. Actualmente es ministro de Informática y Comunicaciones de la República de Cuba.

Por su interés, en YVKE Mundial hemos hecho el esfuerzo de transcribir las palabras que dirigió el mediodía de este jueves, en el Panteón Nacional, durante el acto de ofrenda al Libertador Simón Bolívar, junto con el presidente Hugo Chávez.

“Querido presidente Hugo Chávez, queridos hermanos y hermanas de la revolución bolivariana, venezolanos y cubanos todos:

Al venir a conmemorar en Caracas, en el corazón mismo de la revolución bolivariana, el 50 aniversario de la revolución cubana, no podemos dejar de reflexionar con emoción lo que este acto significa. Aquí está la cuna más profunda de la independencia y revolución de América Latina. De aquí irradiaron hacia todo el continente, desde comienzos del siglo XIX, acciones y proyectos de solidaridad que inspiraron también a los primeros luchadores cubanos.

Es cierto que por razones históricas Bolívar y Sucre no pudieron cumplir el sueño de llevar a la isla un Ejército expedicionario libertador que expulsara de nuestra tierra el poder colonial. Los cubanos, no obstante, con todo derecho, nos sentimos también hijos de la espada de Bolívar, herederos de su rebeldía y seguidores de su pensamiento por la identidad, unidad y el destino común de nuestros pueblos. Somos resultados de la misma historia de lucha, de heroismo, de amargas frustraciones y reveses, y ahora de renacida esperanza y de esfuerzos solidarios, cuando la revolución bolivariana encabezada por el presidente Chávez, se consolida y profundiza, y cuando otros procesos políticos y populares de distinto signo, confluyen en la gran hora de cambios que sacude la región.

Cuba y Puerto Rico fueron los últimos territorios en sacudirse de la tutela española, si bien para caer de inmediato bajo las garras de la vorágine oportunista del águila del Norte. Sobre ningún otro pedazo de Nuestra América se ejerció, quizás, tanta violencia, tanta penetración, tan descomunal empeño por tratar de destruir la historia, la moral, la cultura y la conciencia política de una sociedad como la que sufrió nuestro país y aún sufre Puerto Rico bajo la hegemonía yanqui.

Pero Cuba, paradójicamente, se convirtió en el primer territorio libre de América. De la misma forma, nada ha podido ni podrá apagar el sentimiento de identidad puertorriqueña y el ansia de independencia de este pueblo hermano.

El Imperio dispuso en Cuba, desde 1898, de un poder casi absoluto. Nada hizo, sin embargo, durante más de sesenta años, para desarrollar el país, lo que constituye una gran lección para los ilusos y los cipayos que hoy tratan de idealizar aquel pasado. Los gobiernos de Estados Unidos, por el contrario, como también hicieron en el resto del continente, sembraron nuestra patria de tiranías sangrientas, corrupción, atraso, injusticias y miseria. No hicieron otra cosa sino continuar el papel mantenido durante doscientos años como principal enemigo de la libertad, la soberanía y el bienestar del pueblo cubano.

Volvió a recaer sobre los hombros de nuestro pueblo la tarea de quebrar y abrir la primera brecha en este dominio crucificado sobre toda América Latina. No se trataba, desde luego, de que los cubanos tuviéramos virtudes o cualidades que no existan en igual o en mayor medida, en el resto de nuestros pueblos hermanos. En Cuba se configuró una situación muy peculiar que condujo a la crisis del sistema imperial y oligárquico. Cuba fue un Estado tiránico, visto con ojos complacientes y apoyado de inmediato por Washington. Rompió el orden constitucional y fue la gota que hizo derramar la copa de un pueblo simple y castigado, defraudado, saqueado y reprimido.

Este pueblo, que al parecer ya no creía en nada ni en nadie, pero que llevaba en su alma una historia gloriosa y las ideas de hombres como José Martí, comenzó otra vez a creer cuando una nueva generación de combatientes tocó las puertas de su conciencia como sólo lo podía hacerlo, con su propia sangre y con su sacrificio.

Lo que parecía muerto, en realidad estaba sólo sepultado bajo la costra de podredumbre y vicios de la neocolonia yanqui. La historia, las ideas y las fuerzas del pueblo volvieron a resurgir y a unirse bajo un nuevo liderazgo, sin el cual nada habría sido posible. Lo había dicho Martí con admirable agudeza, refiriéndose precisamente a Bolívar: “No es que los hombres hacen pueblos, sino que los pueblos en su hora de génesis, suelen ponerse vibrantes y triunfadores en un hombre”.

Son palabras escritas hace más de un siglo, que parecen para hablarnos en esta época de Fidel y de Chávez. Los procesos revolucionarios emergentes llevan el sello de sus líderes. Mientras más tempranas son las etapas de su desarrollo, más definitiva es todavía la presencia de jefes capaces y audaces, que sepan interpretar, organizar y guiar. Son esos momentos en que la vida de las revoluciones dependen de la vida de sus espíritus, que hay que cuidar. El pueblo lleva en su seno posibilidades infinitas, talentos anónimos que esperan su hora, pero éstos sólo se realizan si encuentran ese factor subjetivo, indispensable, que es la dirección.

Nuestra generación, en uno de los momentos más oscuros de la vida cubana encontró en Fidel Castro esa luz salvadora. En Fidel, sobre todo, hallamos la capacidad de ver mejor y más lejos que todos los demás. El talento para sintetizar la experiencia histórica cubana y latinoamericana con las ideas más avanzadas y derivar de ellas una estrategia de lucha. Una tenacidad a toda prueba, para la cual no existe la derrota, que le permitió sobreponerse a los más duros golpes y a circunstancias que parecían insalvables. Visión de futuro y habilidad táctica para dominar el detalle de lo que debía hacer en cada momento. Confianza absoluta en el pueblo. Y magisterio para formar a su lado a cuadros excepcionales como Raúl Castro y Ernesto “Che” Guevara.

Del Moncada a la prisión y el exilio. De la expedición del Granma a la lucha en la Sierra, a la insurrección en campos y ciudades, y a la victoria. Del 1 de enero a Girón, a la crisis de octubre, y a la larga batalla contra el bloqueo, las amenazas, la guerra económica, propagandística y psicológica que ya dura 50 años.

Ése ha sido el largo camino de la revolución cubana, abonado con las vidas de miles de jóvenes heroicos y de compatriotas de todas las edades caídos en distintas circunstancias, entre ellas, las abnegadas misiones internacionalistas cumplidas en otras tierras del mundo. Todo ese trayecto es de un pueblo que se hizo dueño de su destino y que pasó del protagonismo de una vanguardia al heroísmo en masa de millones de personas.

Nuestros enemigos dirán tal vez que esta eso una visión personalista de la Historia. Nada más falso. Nada que el propio Fidel haya rechazado con mayor energía. Se trata de reconocer una verdad tan honda, que sin ella no es ni siquiera posible imaginarse el arribo a este primer medio siglo de la Revolución cubana.

Fidel, Raúl, la dirección revolucionaria, el Partido y el pueblo, somos una fortaleza unida e invencible. Cuando la revolución cubana triunfó, hace 50 años, todo estaba en nuestro país por hacer. En medio de enormes dificultades y limitaciones, bajo el acoso constante de nuestro enemigo, se ha levantado una ola de transformación humana, social, cultural y material que a todos nos enorgullece.

Podemos mirar hacia atrás, como acaba de reafirmar Raúl, con la frente en alto. Podemos mirar al futuro con confianza y determinación. No es una obra perfecta. No podría serlo. Pero sí trabajamos con denuedo para hacerla cada día mejor. Mucho más habríamos podido lograr sin el bloqueo económico y sin algunos aprendizajes que nos impuso nuestra propia ignorancia y las condiciones del mundo bipolar que nos tocó vivir. Éramos los primeros en esta región y no había, ciertamente, un modelo que pudiera servirnos de referencia en un proceso revolucionario autóctono como el nuestro.

Hemos tenido que crear, como toda revolución legítima, nuestro propio camino, sabiendo bien que algunas de nuestras experiencias podrían ser de valor para otros pueblos, pero también que cada uno de ellos tendría que hallar la fórmula que correspondiera a sus condiciones históricas, a la diversidad de situaciones y posibilidad de luchas.

El mérito de Cuba, como hoy se puede apreciar con mayor claridad, está en haber roto el frente de dominación imperialista y oligárquico en esta parte del mundo, traspatio colonial, y escenario de fechorías yanquis de todo tipo. Está en haber resistido sin doblegarse la más dura prueba, incluidas las consecuencias devastadoras para nuestra economía del colapso socialista y la desaparición de la Unión Soviética a comienzos de los años 90. Está en haber demostrado con los hechos que una sociedad más justa, solidaria, socialista, aún en un país de escasos recursos como el nuestro, era posible en estas tierras.

Fuimos de los últimos en liberarnos de la tutela española, pero hemos sido los primeros en arrojar al basurero la vergonzosa tutela yanqui. Hemos sostenido la bandera, conservando la confianza en el futuro cuando nos dejaron prácticamente solos, porque sabíamos que la revolución cubana respondía a realidades y problemas comunes de toda la región, que las ideas que defendíamos eran justas, y que por la brecha abierta entraría un día el torrente impetuoso de los pueblos en marcha.

Sabíamos que América Latina y el Caribe tendrían su hora de conciencia, de ruptura con el pasado oprobioso de corrupción, mentiras y explotación sin límites, como respuesta a condiciones insoportables y degradantes, que no podían prolongarse más. Nuestro papel ayer fue encender la llama, e impedir que se apagaran con las olas peligroso que hemos atravesado, del mismo modo que nuestro papel hoy es contribuir, con todas las fuerzas a nuestro alcance, a este proceso de unidad de integración continental.

“Deme Venezuela en qué servirla, ella tiene en mí a un hijo”, escribió en canto memorable José Martí. Aquí está Cuba, presidente Chávez, hermanas y hermanos bolivarianos. Aquí está, en mi humilde voz, la palabra de Fidel, de Raúl y de todo nuestro pueblo, para reiterar en este aniversario, ese sagrado mandato de nuestro apóstol: Denos Venezuela en qué podemos servirla, que ella también en nosotros tiene a sus hijos.

Lo que Fidel, Raúl y el Che nos han enseñado sucintamente, por encima de todo, es que una revolución verdadera sólo puede ser internacionalista. El sentimiento de solidaridad es la quintaesencia ideológica revolucionaria. Frente al egoísmo nacional, el racismo y el hegemonismo de los explotadores, ser internacionalista, como bien se ha dicho, no es dar lo que nos sobra, sino compartir lo mucho o poco que tengamos con nuestros hermanos que lo necesiten. Así hemos andado los cubanos por los caminos del mundo estos 50 años. Así andan hoy nuestros médicos, educadores, deportistas y especialistas de muchas otras ramas, en más de sesenta países de varios continentes.

Nos felicitamos de que miles de ellos, el contingente más numeroso de todos, reciba este 1 de enero aquí, en las trincheras del deber bolivariano. Nos felicitamos también de que muchos venezolanos festejen esta fecha allá, en Cuba, en el cumplimiento de distintas tareas, entre ellas el esfuerzo para la recuperación de los enormes daños causados por los huracanes.

De Bolívar y de Sucre, como ya dije, viene la historia de solidaridad entre nuestros pueblos. Venezuela nos tendió la mano cuando todavía luchábamos en la Sierra Maestra, en gesto que nunca olvidaré. Juntos hemos tejido una historia de hermandad insuperable, que ha florecido en todos los terrenos en estos últimos diez años de la revolución bolivariana, y que hoy vive en la comunión de pensamiento entre Fidel y Chávez, hoy vive en los programas del ALBA y hoy se expresa en la plena incorporación de Cuba en la comunidad latinoamericana y caribeña.

El reciente viaje de nuestro presidente Raúl aquí a Venezuela y a Brasil, marca sin duda un nuevo paso de enorme trascendencia para la cooperación venezolana-cubana. Las cumbres en las que participó en Brasil señalan, asímismo, el momento de cambio que experimenta la región, el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de Cuba y el papel constructivo, respetuoso y solidario que ha sabido cumplir nuestro país.

Un mundo capitalista incierto y en crisis se vislumbra a las puertas de este 2009. Con un nuevo presidente en la Casa Blanca, nada parece indicar, sin embargo, que el Imperio y sus principales aliados vayan a aplicar cambios sustanciales al injusto orden mundial. Tratarán de hacer pagar a los pueblos el precio de la recesión. Tratarán de defender a todo costo sus privilegios egoístas. No vacilarán ante las más brutales medidas. Nada indica hasta aquí que vayan a cesar las guerras de agresión, y, por el contrario, algunos focos de conflictos armados podrían recrudecerse.

Si siempre fue para nosotros importante la unidad y la cooperación, nunca como ahora será tan decisivo que cerremos filas y hallemos estrategias para paliar el efecto de una crisis global que ya empieza a sentirse. Solidaridad por solidaridad. Respeto por respeto. Amor por amor. Todo lo que nuestro pequeño y aguerrido país ha aprendido en este medio siglo, lo ponemos con modestia y firmeza, a disposición de este camino que debemos encarar juntos.

Un día, en los primeros años de la Revolución cubana, cuando tuvimos que enfrentarnos a una situación crítica interna en el proceso de organización del partido, Fidel nos dijo una idea que me gustaría evocar aquí. Él nos planteó que, si bien era mucho lo que habíamos logrado por separado las distintas fuerzas revolucionarias de aquel momento, si bien cada cual podía sentirse orgulloso de su propia historia, lo verdaderamente importante sería un día la historia que íbamos a escribir todos juntos.

Recuerdo hoy estas palabras, en este 50 Aniversario, aquí en Venezuela. El país que, por derecho histórico desempeña el papel del faro que da luz, impulso, guía y concreción al nuevo despertar latinoamericano y caribeño. Y digo con Fidel que, si grande es la historia que nos ha traído hasta aquí, todavía más grande será la historia que vamos a construir juntos en adelante.

¡Viva la Revolución Bolivariana!
¡Viva la Revolución Cubana!
¡Viva Chávez!
¡Vivan Fidel y Raúl!
¡Hasta la victoria siempre!”