Viernes, 26 de dicembre de 2008
Lo nano desde Cuba
Por: Lianet Arias Sosa

Los materiales han revolucionado al mundo. La edad de piedra y la de bronce deben sus nombres al elemento que el hombre fue capaz de trabajar y que cambiaría, a fin de cuentas, su modo de vivir. Más acá, los plásticos, el cobre y el silicio trastocaron para bien la existencia humana.


El IMRE inició hace ocho años esfuerzos modestos, pero importantes, en esa ciencia.

Ahora, sin embargo, la revolución es otra. Nuevas maneras científicas que permiten la manipulación de sustancias en la escala de los átomos construyen la brújula de los descubrimientos futuros. En 1974 el japonés Norio Taniguchi acuñó el término: le llamó nanotecnología.

El prefijo «nano», del latín «nanus», alude a la mil millonésima parte del metro, un tamaño tan diminuto que el hombre solo podría compararlo en su imaginación al grosor de un cabello dividido 100 000 veces. Del premio Nobel de Física Richard Feynman surgió la inquietud. En 1959 impartió una conferencia donde afirmó que los principios de la Física no hablaban en contra de la posible manipulación de los objetos átomo a átomo. Había, tal y como veía el asunto, «suficiente espacio en el fondo».

La creación de los fullerenos, moléculas de carbón ensambladas a manera de pelotas de fútbol, y luego los nanotubos de carbono, tubos huecos cuyos diámetros se encuentran en la escala nanométrica, iniciaron el camino. El siglo XXI abrió los brazos al auge vertiginoso de las nanociencias y las nanotecnologías.

Colchones lavables, productos de belleza personalizados, vendas para quemaduras, pelotas de golf, adhesivos dentales, parabrisas de autos recubiertos de una nanopartícula que mejora en un 35% la visibilidad, son algunos de los productos más comercializados. Esta escala, donde las propiedades difieren significativamente de las existentes en otros niveles y se determina el carácter y la naturaleza de cada material, permite también armar estructuras con cualidades nuevas y superiores a las conocidas. La creación de elementos inexistentes en la naturaleza ha dejado de ser un imposible.

La revolución alcanzará —lo hace ya— a sectores tan diversos como la medicina, la manufactura, la energía, el abastecimiento de agua y el transporte. Promete transformar los modos de vida y contribuir a la lucha contra la contaminación y el cambio climático.

EL FUTURO SE PREVÉ O SE SUFRE

Recientemente, Cuba ha echado a andar el proyecto de construcción de un centro de estudios avanzados con el fin de crear capacidades para desarrollar las nanociencias. ¿Por qué es preciso que la Isla consiga adentrarse en una que ya muchos bautizaron nueva era?

«Si nuestros productos farmacéuticos no incorporan capacidades nano, dentro de poco —entendiéndose esto como pocos años— se perderán espacios en el mercado farmacéutico y biotecnológico, porque habrá productos que, por incorporar esa tecnología, serán más competitivos, y se prevé que los países desarrollados comiencen a establecer regulaciones para sacar del mercado a otros que no la incluyan.»

Así señaló a Granma Ernesto Estévez, director del Instituto de Ciencia y Tecnología de los Materiales (IMRE). Para el investigador, algunas materias primas, productos exportables desde el Tercer Mundo, pueden volverse completamente prescindibles.

Otro aspecto importa: en el caso de que «por nuestras fronteras empecemos a importar materiales que incorporan tecnologías nano y no somos capaces de evaluarlos, podemos empezar a pagar de más por algo que no comprendemos.

«Formar parte del mundo nano, que es científico, económico y político, desde ahora, es muy importante, pues como dice una frase muy famosa: «El futuro, o se prevé o se sufre’: hay que preverlo, para no tener que sufrirlo», alerta Estévez.

CUBA REALMENTE ESTÁ EMPEZANDO

En nanotecnología, Cuba realmente está empezando, afirmó el científico. «Esta es una ciencia extremadamente cara, y un país como el nuestro no puede darse el lujo —como Estados Unidos, la Unión Europea o Japón— de estar hablando de nanotecnología desde todo punto de vista. Tenemos que concentrarnos en ciertas áreas».

Ernesto Estévez, director del Instituto de Ciencia y Tecnología de los Materiales.

Según Estévez, entre los sectores fundamentales hacia donde deben confluir los esfuerzos, se ubica el farmacéutico, por todo el desarrollo alcanzado en biotecnología. Además, el área de la energía resulta otra donde la Isla puede intervenir y tener un impacto económico y social importante.

«Este desarrollo tiene que basarse sobre el edificio ya construido, uno de científicos muy preparados, y es primordial que formen parte del proceso. Cuba se lo puede plantear a un nivel distinto al de otros países subdesarrollados, que lo hacen sobre la base de enclaves de élite en una sociedad con un analfabetismo tremendo.»

El IMRE, que coordina la Red de Nanotecnología del Ministerio de Educación Superior (MES), inició hace ocho años esfuerzos modestos, pero importantes, en esa ciencia. «Dentro de nuestros científicos estamos creando una cultura con respecto a la nanotecnología, a la convergencia. Tenemos investigadores que aun cuando los equipamientos no existen en Cuba han adquirido esa habilidad en el extranjero», indica.

El centro ha graduado a 16 doctores en ese tema, lo que demuestra que nuestro país es capaz de formar recursos humanos en esta área y bajo la tutoría de nuestros profesores, refiere.

A Cuba el Observatorio Iberoamericano de las Ciencias le reconoce 296 publicaciones internacionales en nanotecnología durante los últimos ocho años. Según Estévez, ello «hace innegable que ya está insertada con desarrollos propios en este campo». El MES y el IMRE acreditan la mayor parte de esas publicaciones.

La máster Danay Rosa Dupeyrón integra uno de los proyectos en nanotecnología y salud que impulsa el Instituto. En el mundo —dice— la mayoría de las proteínas que se han logrado insertar en el sector farmacéutico se inyectan. La razón es que son muy frágiles e inestables.

Nosotros estamos trabajando con un polímero y pensamos que tiene potencialidades para proteger a las proteínas de elementos como la acidez estomacal, señala la investigadora. «El objetivo final sería lograr desarrollar una formulación oral de proteínas, pero este es un camino bastante largo y estamos recién empezando».

Las perspectivas son amplias. Se espera que en un futuro no muy lejano estos sistemas revestidos se puedan autodirigir a un sitio específico del organismo para ejercer, de manera más directa y con menores efectos secundarios, su acción terapéutica.

De acuerdo con el doctor Julio César Rimada, también del IMRE, una celda solar es un dispositivo del que se obtiene una corriente y un voltaje que hace funcionar equipos. «Si uno puede de alguna manera aumentar esa corriente o ese voltaje con la misma radiación solar, ya es una ventaja. Las celdas solares en las que trabajo mejoran estos parámetros», resalta.

La inestabilidad en los precios del petróleo hará inevitable el paso hacia un nuevo portador energético. Por eso otras investigaciones en el IMRE apuntan al hidrógeno —ideal dado su alto poder calórico de combustión y propiedades no contaminantes—. Su almacenamiento en nanocavidades es todavía un reto.

También se trabaja en la acumulación eficaz de energía en baterías nuevas y superiores que utilizan tecnología nano. Otros proyectos, como las investigaciones con zeolita, prometen descontaminar espacios del medio ambiente.

Es así como Cuba apuesta a una ciencia novedosa. Tres revoluciones tecnológicas anteriores —la cuántica, la biomolecular y la informática— se aúnan en ella. Emerge colmada de sinergias y de puntos convergentes entre la Física, la Química, la Biología, la Matemática… Nadie debe escapar al alud. Quien lo haga correrá el riesgo —mucho mayor— de no empaparse.