Viernes, 5 de dicembre de 2008
Un crédito mal utilizado puede arruinar el porvenir
Por: Luis Alberto Matos

Cuida tu futuro; guarda las tarjetas.
“La principal batalla no es vender más sino imponer el formato de la tarjeta”
Damián Kantor


Abrí el sobre que me enviaba el Banco, pero no era el estado de cuenta. La breve esquela me anunciaba: “Por ser Ud. un cliente tan distinguido, nuestra entidad ha decidido incrementar su límite de crédito hasta un total de…”. Tan altísimo honor me permite ahora endeudarme bastante más allá de mis expectativas de ingreso.

Aseguran biólogos y hombres de ciencia que la herramienta perfecta es la mano humana. No hay nada que pueda hacer tantas diversas labores, con más calidad y menos energía. Sólo la naturaleza pudo elaborar tal perfección. Los hombres y mujeres somos más lerdos en cuanto a creación. Apenas logramos hablar por celular, entrar en internet, controlar el embarazo y visitar la luna. Pero inventamos algo realmente impresionante: la tarjeta.

Y existen en múltiples tamaños, formatos, usos, colores y texturas. Nos entregan una cuando conocemos a alguien. Allí el tipo describe su nombre, profesión, empresa, e-mails y teléfonos. Al futbolista que se porta mal le sacan una amarilla; si se pasa se la dan roja.

Y la tecnología me anuncia que en breve sustituirán al pen-drive y más adelante a los discos compactos. Una bichita chiquitica la pasaré del celular, a la cámara, al portátil, al computador del trabajo y al reproductor del automóvil. Pero ninguna supera a esa plástica que utilizo para adquirir lo que supongo podré pagar mañana.

Acertada predicción

En 1888, Edward Bellamy escribe su novela utópica “Mirando hacia atrás”. En esa profética obra literaria, su personaje Julián West entra en trance hipnótico y es enviado al año 2000. El fascinante relato anticipa algunos de los inventos tecnológicos y un futuro socialista donde los bienes producidos son asignados a los seres humanos y distribuidos, desde los almacenes hasta sus hogares, cargando sus costos a una cuenta abierta por el Estado y controlada por el usuario a través de una tarjeta. Algunos sostienen incluso que es más una de débito que una de crédito.

En el mundo real, aparece casi tímidamente en los años 20 para comprar gasolina a crédito. Poco antes de la II Guerra Mundial, una línea aérea permite la compra de boletos con una tarjeta de crédito y al finalizar tal conflagración, a mediados del pasado siglo, se amplía su uso a determinados almacenes.

En 1958 se transforma en medio crediticio bancario y en menos de 20 años hay más de 100 millones de tarjetahabientes en el mundo. Hoy es uno de los instrumentos más efectivos en el proceso de acumulación de riquezas.

Deuda eterna

Desde hace casi cuatro lustros, la sociedad norteamericana ha mostrado cierta preocupación por el continuo crecimiento de las deudas contraídas por sus estudiantes. En lo que vá de siglo, se ha triplicado el monto adeudado por sus jóvenes a quienes las entidades bancarias asignan tarjetas de crédito sin respaldo ni autorización de sus padres.

Según podemos leer, en sus propios medios de comunicación, cuando salgan graduados al mercado de trabajo el monto promedio adeudado en algunos casos les tomará hasta 14 años de trabajo en pagarlo. Los intereses acumulados superarán varias veces los montos recibidos. El senador norteamericano Carl Levin calificó de “esclavista sistema bancario de tasas crecientes y cargos ocultos”.

Sólo para inversiones

No quisiera dejar la impresión de estar en contra del crédito. Ni mucho menos criticar a las personas que utilizan sus tarjetas para adquirir bienes y servicios. Pero sí estoy seguro que muchos no sacan bien la cuenta de cuánto les cuesta algo que, muy probablemente, no devolverá tanta satisfacción como el esfuerzo total en cancelarlo.

El crédito mejor empleado es aquél utilizado como inversión. Pero ojo, no me refiero sólo a la inversión que produzca beneficios materiales. Un crédito para estudiar, comprar libros o aprender es altamente recomendable.

jaquematos@cantv.net