Jueves, 4 de dicembre de 2008
El presidente de Afganistán impone ultimátum a la OTAN y la ONU
Por: Piotr Goncharov

RIA Novosti. Hace días en Kabul, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, lanzó una inesperada advertencia a la comunidad internacional.


A juzgar por la forma en que expuso sus exigencias, la declaración del líder afgano reúne todos los elementos de un ultimátum.

En el curso de una reunión con una delegación de Consejo de Seguridad de la ONU de visita en Kabul, Karzai exigió a la OTAN y la ONU «establecer» plazos concretos a su campaña antiterrorista, y también, las fechas del «retiro gradual» de las tropas de la coalición internacional que se encuentran en su país.

Según Karzai, en el caso de que la comunidad internacional no pueda establecer esos plazos, el Gobierno afgano se reserva el derecho de entablar negociaciones con los líderes de Talibán para pactar un cese al fuego y restablecer la paz y la estabilidad en Afganistán.

Lo más probable, es que la comunidad internacional no pueda establecer ninguno de los plazos que pide Karzai.

Esos plazos sencillamente no existen porque los países de la coalición internacional carecen de un criterio común en cuanto a la forma en que deben ejecutar la campaña antiterrorista.

Más aún, los gobiernos de los países de la coalición difieren al valorar la situación actual en Afganistán y las vías para restablecer la paz y la seguridad en ese país asiático.

Desde ese punto de vista, la postura del presidente Karzai es comprensible y justa. Y también se entiende por qué el Pentágono por su parte, respondió a las críticas de Karzai con la promesa de enviar a Afganistán otros 20.000 soldados de tropas especiales.

Transcurridos ocho años de intervención militar activa en Afganistán, las tropas de la coalición antiterrorista dirigida por EEUU y la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, en inglés) por la OTAN, de repente afrontan un empeoramiento muy grave de la situación en ese país.

¿Y cómo pudo ocurrir? El debut de la operación «Libertad Duradera» emprendida por Estados Unidos contra el movimiento Talibán en la provincia de Tahar con dos bombarderos estratégicos B-1B, a juzgar por los estrategas estadounidenses contaba con todas las posibilidades de triunfar.

Ante el estallido de los «misiles inteligentes» en las laderas de las montañas, los talibanes comprendieron las pocas perspectivas que tenían ante la supremacía del armamento de alta precisión norteamericano y emprendieron la retirada.

¿Ahora, resulta que los talibanes han regresado?

Lo que pasó fue que los talibanes nunca se marcharon, sino que todo el tiempo estuvieron muy cerca.

Se disolvieron en su entorno natural, es decir, volvieron a las provincias de procedencia. Se trata de las provincias sureñas de Zabul, Kandahar, parte de la provincia de Uruzgan y provincias orientales desde Kunar hasta Paktika.

El arco Kunar-Paktika es una zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán muy particular. Exactamente pasa con los territorios de las tribus autónomas de Pakistán, la famosa línea Durand que en su tiempo, dividió artificialmente a la etnia pushtú del resto de los afganos y los pakistaníes, según la división arbitraria que demarcó el imperio británico.

Vale la pena mencionar que esta línea Durand, nunca ha sido reconocida por los pushtúes a ambos lados de la línea, es decir, los pushtúes afganos y sus hermanos pakistaníes.

Allí no se necesita ningún visado, y la población sencillamente pasa de un lado a otro para resolver sus asuntos, o de visita, eso sí, cada uno portando armas de fuego, porque desde hace siglos, la población de esas regiones nunca se han sometido a ningún Gobierno central. Actualmente, esa postura es más que una tradición, es su forma de vida.

En su tiempo, el emir reformista afgano Amannulah Khan decidió obligar a pagar impuestos a las tribus rebeldes en la línea Durand, en especial a la tribu Dhadran reconocida por la intransigencia de sus jefes.

En recuerdo de esa campaña en Kabul se erigió un monumento, una piedra con la inscripción que dice: «en conmemoración de la victoria de la razón sobre la ignorancia».

Al emir, esa guerra le costó su corona, y el monumento desapareció sin dejar huella. Desapareció hace poco junto con la «ignorancia» o con la guerrilla talibán que optaron por no ser blancos de los misiles de los B-1B retirándose sin presentar combate, un error de cálculo que no tuvieron en cuenta los estrategas del Pentágono.

Los primeros resultados de ese fallo táctico se escucharon en marzo de 2002, con la operación «Anaconda» en la provincia de Paktiya, en el noreste del país. Supuestamente, la operación Anaconda concluyó con la captura de varios centenares de guerrilleros talibanes, (más de 600) y al respecto, hubo mucho ruido en el Ministerio de Defensa, Interior y las tropas fronterizas de Afganistán.

Pero el comandante del 3 cuerpo del Ejército afgano, el mulá Obeidulha dislocado en Gardez dijo a RIA Novosti que dudaba mucho de las cifras de prisioneros difundida por la parte oficial, porque sus soldados encontraron desiertas dos de las posiciones más importantes que ocupaban los talibanes, es decir, los guerrilleros que las defendían antes que llegaran las tropas afganas desaparecieron en dirección desconocida.

Pero está claro dónde se escondieron los talibanes, pues la operación se hizo muy cerca de los territorios controlados por tribus autónomas de Pakistán.

Karzai tiene razón al proponer negociaciones con los talibanes. Esas conversaciones son indispensables, pero como demuestra la experiencia, el dialogó será favorable al Gobierno afgano si durante el proceso negociador Kabul mantiene la iniciativa política y militar.

En el caso contrario la propuesta del Gobierno central puede se interpretada como una muestra de debilidad.

Al respecto, es notable que una de las primeras reacciones de la dirección Talibán a la propuesta de Kabul fuera preguntar, ¿Y dónde estaba Karzai en 2001?

Es evidente que hay que tomar medidas para evitar un empeoramiento de la situación en Afganistán. En ese sentido, es adecuada la variante que estudia el Pentágono de enviar adicionalmente otros 20 mil soldados, un paso cuya urgencia ya era evidente en agosto 2005.

Entonces, EEUU decidió que podría paliar la situación con la puesta en marcha del programa «responsabilidad compartida» de acuerdo al cual, las tropas de la ISAF deberían de participar en operaciones militares y no limitarse a cumplir sus funciones policiales.

Pero ese programa no aumentó la cantidad de tropas de paz en Afganistán y el contingente de 67.000 efectivos ya no era suficiente para garantizar la estabilidad del país asiático.

En lo que respecta a otros asuntos relacionados con la seguridad del nuevo Estado afgano, Karzai tiene razón cuando subraya que el proceso de estabilización de la situación en el país requiere su «afganización».

Por esa razón, el Ejército y la policía nacional afgana deben formarse con la participación activa de los propios afganos.