A imagen y semejanza de Eduardo Manuitt
Douglas Bolívar

Corrían las nueve de la noche del pasado sábado cuando fui hecho preso por delincuentes de Poliguárico. Pasaré a narrar las circunstancias.


A la hora referida me encontraba en la calle del hambre de Valle de La Pascua, ubicada en Plaza Kúo, rebautizada como Plaza de la Revolución. Ya había comido rolo de hamburguesa y me encontraba echando cuentos con un parroquiano, cuando al rato uno de los hamburgueseros me advierte que unos policías me andaban buscando para que moviera mi carro, pues estaba obstaculizando la entrada al interior de la plaza (confiscada al pueblo por Manuitt).

Salgo trotandito a mover el carro, y cuando estoy en plena faena, uno de los gorilas a bordo de una moto me empieza a insultar. Alegaba que su arrechera se debía a que estuvieron buscándome una hora, tiempo en el que yo sugún él me hice el loco para joderles la vida.

Le reviro a gritos y le pido que se calle, que le vaya a gritar a su abuela y que se pare firme. Inmediatamente sacó el comodín de lujo: ¿Quieres que te lleve preso? Le volví a contestar con el mismo volumen: Échale bolas.

En fracciones de segundos aparecieron como doce matones y le cayeron a patadas a mi carro y me sacaron a estrujones del carro y me colocaron unas esposas y me montaron en una patrulla que arrancó hacia la comandancia con la misma estridencia con la que es trasladado El Chacal. Uno de los delincuentes prendió mi carro y lo trasladó a la comandancia.

Todo ello ocurrió en presencia de al menos cincuenta personas que a esa hora comían al igual que yo. Y todos estos paisanos se quedaron con la idea de que fue una detención normal, brutal pero normal, es decir, un procedimiento aplicado dentro de las facultades de Poliguárico.

Al llegar a la comandancia me rodean los mismos policías. El delincuente que esa noche estaba en la jefatura, ordenó quitarme las esposas y quiso escuchar mi versión para contrastarla con la de sus matones.

Le pregunté: ¿usted cree que en este momento yo tengo una gota de licor encima? No, dijo. ¿Y a usted le parece lógico que yo me haya negado a la solicitud de mover mi carro para que los policías metieran el suyo? Aquello ya le estaba resultando insostenible.

Así que salió un rato como a calmar a sus gorilas y me invitó a un aparte a reconocer que sus muchachos habían cometido excesos, que bueno, que patatín, que patatán. Minutos antes ya yo había hecho un par de llamadas estratégicas a camaradas de La Pascua, y otras tantas a Caracas, entre ellas a José Roberto Duque, porque con asesinos como los de Poliguárico nunca la vida vale medio.

Total que descomponen el conflicto y me devuelven las llaves del carro. Al llegar a mi casa, se habían desaparecido 10 mil bolívares fuertes que estaban en un koala en la maletera, y dos cámaras de video profesionales.

Me tocó entonces ir a la Fiscalía y poner la denuncia. Allí me atendió un buen hombre que me tomó la declaración y me mandó a Medicatura Forense a un chequeo, pues los matones me jalonaron de un brazo y ya creo que malograron para siempre mis talentos beisbolísticos, pues el dolor que me quedó es arrecho.

Hecha la sucinta reseña, voy a la reflexión verdadera: la situación con Poliguárico es realmente agobiante. Matraquean impunemente y matan impunemente. Algunos de sus jefes son líderes de bandas que roban y transforman carros para su venta ilegal.

Atropellan sin ton ni son y a descampado. Detienen sin ninguna causa. Ignoran que no se puede detener a nadie gratuitamente. En realidad, es una policía a imagen y semejanza de Eduardo Manuitt. Sólo esta es razón suficiente para hacer toda la fuera posible para sacarlo de la gobernación y meterlo preso por sus múltiples y variadas y evidentes y groseras irregularidades.


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