«Neruda se merece las disculpas de Cuba»
El Mercurio (Chile)

En esta entrevista, el crítico Hernán Loyola, editor de las «Obras completas» de Pablo Neruda, analiza los entretelones de la tensa relación entre el poeta chileno y los escritores cubanos.
Álvaro Matus


Los ecos de la conflictiva relación de Pablo Neruda con el gobierno de Cuba nunca se han acallado del todo. La semana pasada, sin ir más lejos, se desarrolló el último acto de esta obra con final abierto: Roberto Fernández Retamar, uno de los autores de la carta que los intelectuales cubanos firmaron contra Neruda a raíz de su visita a Estados Unidos, vino a nuestro país a fallar el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. El poeta, ensayista y actual director de Casa de las Américas fue invitado por el Consejo del Libro a formar parte del jurado de la versión 2007, integrado además por Carlos Germán Belli y Ana Pizarro.

El origen de un conflicto
Su visita trajo de vuelta los viejos fantasmas de la Guerra Fría, la libertad vigilada, la literatura ideológica. El conflicto tiene su origen en la visita que Neruda realizó, en junio de 1966, al Pen Club de Nueva York y a distintas universidades estadounidenses. El periódico Granma cuestionó la gira a través de una carta firmada por numerosos autores, entre los que figuraban Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Virgilio Piñera, Lezama Lima, Heberto Padilla y Fernández Retamar. La misiva advierte que su viaje será utilizado por Estados Unidos para «hacer creer que la tensión ha aflojado» y «olvidar los crímenes que perpetran en los tres continentes subdesarrollados». El tono del mensaje oscila entre el llamado de atención y el cuestionamiento a las convicciones políticas del propio Neruda (ver recuadro).

En su libro «Recuerdo a…», escrito 32 años después, en 1998, Fernández Retamar asume que la carta formaba parte de «una vasta y agria polémica en el seno de la izquierda entre quienes creían en la viabilidad de la lucha guerrillera como nuevo capítulo del proyecto bolivariano, y quienes se acogían a la prudencia aconsejada por los soviéticos… Fue en esa atmósfera que la dirección de la Revolución cubana estimó que la carta a Neruda podría ser un canal adecuado para la polémica». Esta declaración y las reediciones de la antología de Neruda y el número especial que Casa de las Américas dedicó al poeta han sido considerados gestos de reparación de parte de los cubanos.

De hecho, cuando fue propuesto como jurado para el premio, se entendió que la polémica era parte del pasado. «Han transcurrido más de 40 años», destaca Jorge Montealegre, secretario ejecutivo del Consejo del Libro. «Por otro lado, si bien el Premio lleva el nombre de Neruda, ni el jurado ni los premiados tienen que ser nerudianos. No se trata de seguir la estética de Neruda ni a los que fueron amigos suyos. Tanto es así, que Juan Gelman recordó en la ceremonia de entrega del premio la polémica que tuvo con él».

La preparación intelectual de Fernández Retamar también ha sido esgrimida como un antecedente que despeja cualquier duda. El intelectual cubano se formó en instituciones tan diversas como La Sorbona, el Colegio de México y la Universidad de Columbia. Considerado como uno de los principales poetas de la generación del 50, a partir de la década del sesenta se convirtió en el funcionario ideal, dispuesto a denostar la obra de Borges, Paz, Vargas Llosa o de cualquier escritor que no comulgara con la Revolución.

Durante su paso por Chile abordó el tema de la carta en la recepción que le dio la Embajada de Cuba. «Dio a entender que hay que circunscribir la carta a la tensión de aquellos años, pero agregó que la grandeza de Neruda estaba por sobre todas las cosas», cuenta uno de los invitados. Según otro asistente, admitió que «el episodio lo había perseguido todos estos años».

La Fundación Neruda tampoco puso reparos a su designación. Incluso, él estuvo almorzando allí el miércoles, después de comunicar que la ganadora era Fina García Marruz. Con todo, hay quienes sienten que designar como jurado a un hombre con el que Neruda estuvo enemistado hasta el final no fue lo más criterioso. El vate lo trataba de «sargento literario» y en sus memorias escribe que «en La Habana y en París me persiguió asiduamente con su adulación. Me decía que había publicado incesantes prólogos y artículos laudatorios sobre mis obras. La verdad es que nunca lo consideré un valor, sino uno más entre los arribistas políticos y literarios de nuestra época».

El profesor y crítico Hernán Loyola (1930), editor de las «Obras completas» de Neruda, lamenta que Cuba nunca haya reconocido que la carta fue injusta, sobre todo porque el poeta «jamás habló contra la Revolución cubana». Loyola, que conoció a Neruda a comienzos de los 50, es autor de numerosas publicaciones especializadas y el año pasado entregó «Neruda, la biografía literaria», primer tomo del exhaustivo estudio sobre su vida. Desde Italia, donde enseña literatura hispanoamericana y española en la Universidad de Sassari, recuerda el episodio que tanto amargó al Premio Nobel.

-¿Neruda no imaginó que su visita a Estados Unidos podía interpretarse como contradicción con su militancia comunista? «Él viajó a Estados Unidos con el consenso del Partido Comunista de Chile. Si el problema de fondo eran las diferencias entre el PC chileno y el de Cuba respecto a las tácticas para llevar adelante el proceso revolucionario. El Partido Comunista de Chile, como se demostró durante el gobierno de la Unidad Popular, estaba por un proceso dentro de la legalidad, sin recurrir a la vía armada. Además, el PC de Chile siempre estuvo ligado a la política internacional de la Unión Soviética».

-Fernández Retamar ha reconocido el trasfondo político de la carta.
«Sí, en su libro ‘Recuerdo a…’ escribe que la dirección de la Revolución cubana eligió a Pablo Neruda porque, además de ser miembro del Partido Comunista, era un gran escritor. O sea que la carta, en realidad, estaba dirigida al PC chileno, el cual condecoró a Neruda al regresar de Estados Unidos con su más alta distinción: la medalla Recabarren».

-¿Fue Neruda un chivo expiatorio?
«Claro, porque después los partidos comunistas de ambos países arreglan sus diferencias. Sin embargo, por razones nunca aclaradas, a Neruda nadie le pide excusas. La carta fue política, es decir, estamos hablando de una ofensa política. Esto es muy importante: Neruda sintió que se ofendía su condición revolucionaria, no su obra como escritor. Y quien ordenó escribir esa carta fue el gobierno cubano. No se trata de un problema personal con Fernández Retamar; yo sólo quiero enfatizar que él no es competente para resolver el problema, por mucho que reedite la antología de Neruda o dicte conferencias. Lo que hace falta no es un gesto literario, sino un gesto político de desagravio».

-Aunque Neruda posteriormente siempre atacó a Fernández Retamar, y a Guillén y Carpentier.
«Neruda era un político responsable; no podía atacar a la dirección de la Revolución cubana. Él atacó a Huidobro, a De Rokha y a todos los que lo agredieron, pero aquí tuvo que atacar a quienes firmaron, a sabiendas de que el verdadero autor era el gobierno cubano. El episodio se transformó en la amargura más grande de sus últimos años de vida. Y conociéndolo, es normal que sufriera, si no podía responder en la forma en que era capaz de hacerlo. Por disciplina, porque era un comunista serio».

-¿Neruda comentaba el tema con usted?
«Yo había ido recién a Cuba y estaba muy entusiasmado con la Revolución, así que confieso no haber comprendido bien la situación íntima de Neruda, que estaba muy ofendido. De vez en cuando me lanzaba unos alfilerazos: ‘Ahí tienes a tus amigos cubanos’, ironizaba. En 1970 publiqué una reseña favorable a un libro de Fernández Retamar («Ensayo de otro mundo») y Neruda me envió una carta en la que me retiraba su amistad. Yo le respondí enérgicamente, pero reafirmando mi lealtad hacia él. Le dije, también por escrito, que como yo había elegido libremente ocuparme de su poesía, seguiría haciéndolo, sin importarme lo que él pensara. Eso le gustó. A los pocos días me escribió invitándome a Isla Negra a tomarme un vino que tenía 10 años de antigüedad».Hacerse el ofendido.

-¿Ha hablado sobre este asunto con Fernández Retamar?
«Yo le escribí, incluso lo invité a Sassari a un congreso, pensando que Fernández Retamar tendría poder para hacer un gesto así. Pero no sólo no tenía el poder, sino que optó por hacerse el ofendido, porque Neruda lo trataba de ‘sargento literario’. En una oportunidad le dije claramente que ya era hora de que el gobierno cubano hiciera un gesto de desagravio a Neruda. Entonces, él me envió su antología reeditada, me dijo que había ido a la Fundación Neruda, que había dado conferencias, como diciendo que el gesto ya estaba hecho. Yo le dije: Caro Roberto, no nos veamos la suerte entre gitanos. Tú no eres competente para desagraviar a Neruda. Tú sabes qué entidad, qué instancia, a qué nivel hay que hacer el desagravio. Eso se lo dije en su cara. El desagravio hay que hacerlo al mismo nivel que fue hecho el agravio, es decir, al nivel del gobierno cubano».

-Volodia considera que Cuba ha realizado gestos de reparación, como el número de la revista de Casa de las Américas dedicado a Neruda. «Nadie como Volodia Teitelboim sabe cuánto amargó a su amigo Pablo, hasta el último instante de su vida, esa ofensa a su condición política. Nadie como Volodia sabe que Neruda rechazó en vida la invitación oficial cubana a participar en un congreso, en 1968, porque esa invitación no incluía el desagravio oficial por la ofensa que la dirección de la Revolución cubana le había infligido a través de la carta. A mí me extraña que Volodia piense así. El asunto es que Neruda se merece esas disculpas porque fue leal hasta el final con la Revolución cubana, a diferencia de muchos otros».

-¿Perdonó a algún escritor que haya firmado la carta?
«No, él juró no darle nunca más la mano a ninguno de ellos, aunque sabía muy bien que muchos no pusieron su firma voluntariamente. A muchos de esos escritores el problema no les interesaba para nada. ¿Qué sentido podría tener para un Lezama Lima o un Virgilio Piñera? Eran autores que estaban muy lejos de la política internacional de Cuba.

-En su «Obra completa», de editorial Losada, Neruda elimina «Canción de gesta», el poemario dedicado a la Revolución cubana.
«En la edición de 1962 no fue Neruda quien propuso dejarlo fuera. Él aceptó la petición del propio Losada, considerando la situación política de Argentina, que era más o menos amenazante. Losada tenía miedo de que le confiscaran la edición. Pero bueno, en la tercera, la de 1968, fue Neruda quien se negó a incluirla. La verdad es que ese libro siempre ha tenido una historia muy curiosa y sobre ese tema también he encarado a Fernández Retamar: ¿Por qué ‘Canción de gesta’ nunca ha sido reeditado en Cuba ni ha sido estudiado? ¿Por qué el libro está situado en el limbo?».

-¿Y qué decía Neruda de la obra de Fernández Retamar?
«A Pablo no le podías pedir juicios objetivos; era demasiado pasional. Si alguien lo agredía no le importaba ser imparcial. Neruda simplemente contraatacaba».

-¿Lo sorprendió que lo eligieran como jurado del galardón que lleva su nombre?
«Lamento, pero no juzgo el comportamiento del gobierno chileno. Puede que Roberto Fernández Retamar tenga títulos para ser jurado de muchos concursos, pero éste se llama Pablo Neruda. Es como si estuviera vivo Pablo de Rokha y lo invitaran a fallar el premio. ¿Crees que habría aceptado? Estoy seguro de que no. Me sorprende que Fernández Retamar haya aceptado participar en un premio que lleva el nombre de un poeta que murió ofendido y enemistado con él. Claramente, pretende limpiar su imagen, ponerse el trajecito de la reparación, y es posible que encuentre quien le haga el juego. Yo me niego».

Las letras y las armas
No son pocos los que sostienen que la obra de Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930) se resintió al subordinarse al poder. El poeta y ensayista, que lleva 32 años al mando de Casa de las Américas, partió ligado al grupo Orígenes, pero terminaría postulando que la poesía debe ser «directa, realista, apta para expresar la vida inmediata, sus glorias y conflictos, apta para la alegría y el dolor. Una poesía, en fin, en las antípodas de la evasión de otras tierras o épocas imaginarias». Llegó a decir que Borges era «un típico escritor colonial», mientras calificó la escritura de Severo Sarduy como simple «mariposeo neobarthesiano».

Después de la caída del muro de Berlín, Casa de las Américas ha revalorizado la obra de numerosos escritores, como Octavio Paz, Ángel Rama y el propio Neruda. En su ensayo «Tumbas sin sosiego», Rafael Rojas es elocuente: «Pareciera que el Estado insular, con la racionalidad típica del viejo comunismo soviético, ha encomendado a Roberto Fernández Retamar, quien otrora fuera perseguidor de cualquier disidencia anticubana, la canonización literaria de sus enemigos públicos».

La carta de la discordia (fragmentos)

«Porque es evidente, Pablo, que quienes se benefician con estas últimas actividades tuyas, no son los revolucionarios latinoamericanos; ni tampoco los negros norteamericanos, por ejemplo: sino quienes propugnan la más singular coexistencia, a espaldas de las masas de desposeídos, a espaldas de los luchadores. Es una coexistencia que se reserva para la pequeña burguesía reformista, los que quieren marxismo sin revolución, y los intelectuales y escritores latinoamericanos, negados hasta ahora, humillados, desconocidos y estafados. Los imperialistas han ideado una nueva manera de comprar esa materia prima de nuestro continente que es el intelectual. Transportada espléndidamente a los Estados Unidos, es devuelta a nuestros pueblos en forma de intelectual-que-cree-en-la-revolución hecha-con-la-buena-voluntad y-el-estímulo-del-State Department. La situación real de su país no ha cambiado: lo que ha cambiado es la ubicación del intelectual en la sociedad, o más bien su ubicación con respecto a la metrópoli».

«El pueblo sigue hambriento, asfixiado, aspirando a una igualdad social, a una educación, a un bienestar material y a una dignidad que no le dará ninguna declaración en Life. Se puede ir a Nueva York, desde luego, a Washington si es necesario, pero a luchar, a plantear las cosas en nuestros propios términos, porque ésta es nuestra hora y no podemos de ninguna manera renunciar a ella; no hablamos en nombre de un país ni de un círculo literario, hablamos en nombre de todos los pueblos de nuestra América, de todos los pueblos hambreados y humillados del mundo, en nombre de las dos terceras partes de la humanidad. La nueva izquierda, la coexistencia literaria -términos que inventan ahora los imperialistas y reformistas para sus propios intereses, como antes inventaron el de guerra fría para sus campañas de guerra no declarada contra las fuerzas del progreso- son nuevos instrumentos de dominación de nuestros pueblos». La Habana 25 de julio de 1966.