Europa y la migración
Koldo Campos Sagaseta

Además de convertir a los emigrantes en delincuentes, como acaba de disponer la Unión Europea, y condenar a la cárcel las legítimas aspiraciones de los seres humanos de mudar el hambre de esperanza, hay algo que puede hacer Europa para evitar el bochorno de que alguien vaya a recordarle su historia, alguien que, obviamente, aún ignore que la desvergüenza nunca se sonroja.


Y no me refiero a la posibilidad de acoger a cierta cantidad de emigrantes: deportistas de élite, profesionales cualificados o desesperados dispuestos a convertirse en soldados de las humanitarias guerras que libran por el mundo Europa y Estados Unidos.

De hecho, esta solidaria práctica viene ejerciéndose desde hace tantos años que ni memoria queda. En Estados Unidos, por ejemplo, hay más médicos nigerianos que en la propia Nigeria. Y parecidos destinos han seguido millones de profesionales para los que siempre los muros que separan a Africa del Estado español, o a Estados Unidos de México, o a Israel del mundo, reservan una puerta.

A pesar de las denuncias que, en este sentido, ha venido haciendo Cuba, para la pretendida legalidad y derecho estadounidense y europeo, las compensaciones por la formación de profesionales, así sean deportivos, sólo son buenas y válidas dentro de las propias fronteras, a este lado del muro.

Bastaría repasar los nombres de atletas españoles para confirmar hasta qué punto son frecuentes apellidos tan castizos como Dusayev o Smidakova. Y no son sólo esos “recursos humanos” los que logran superar las alturas de los muros migratorios y alcanzar fama y dinero al otro lado.

El llamado tercer mundo, que todo lo debe y lo paga, también es despojado por nuestras beneméritas empresas de sus recursos minerales, energéticos, de sus recursos acuíferos y madereros, de todo cuanto tenga un mínimo valor. Hasta de los microbios.

Se denunciaba tras la VIII Reunión sobre Diversidad Biológica en Brasil los saqueos que, en nombre del progreso, llevan a cabo países como Estados Unidos, especialmente, en Africa. Y bastan al respecto, algunos ejemplos de los que recogía entonces el periódico vasco Gara. Los jeans desteñidos, tan de moda entre los adolescentes, deben su decolorado aspecto a las enzimas de un microbio que se “come” el tono azul de los pantalones. La compañía Genencor, con sus oficinas en Silicon Valley, descubrió a principios de los años noventa ese microbio en el lago keniano de Nakuru. Desde entonces, el gobierno de Kenia trata, inútilmente, de que se le pague parte de las patentes sobre éste y otros microbios.

El Convenio sobre Diversidad Biológica, firmado por más de 180 países, reconoce los derechos de los estados a beneficiarse de la comercialización de sus recursos biológicos, pero las grandes compañías farmacéuticas, cosméticas y biotecnológicas siempre encuentran un espacio abierto en los muros para ir y venir impunemente.
Un informe del Instituto Norteamericano Edmons y el Centro Africano para la Bioseguridad denuncia que la firma Bayer desarrolló su medicamento Glucobay contra la diabetes, a partir de un microbio recogido en el pantano de Ruiru, también en Kenia. El producto le ha generado a Bayer 218 millones de euros pero Kenia no ha recibido un centavo.

En un extenso y documentado reportaje, Joseba Vivanco describía para Gara la hipócrita impunidad con que se maneja el primer mundo y sus compañías, vulnerando, incluso, sus propios acuerdos y leyes. Plantas de Tanzania, como la “impatiens usambarensis” de cuya patente se ha apropiado la firma suiza Syngenta que no paga derechos; productos contra los hongos elaborados con el estiércol de las jirafas de Namibia, en manos de multinacionales que no rinden cuentas a nadie; remedios contra la impotencia sexual basados en semillas del Congo, que hacen millonarias a algunas compañías estadounidenses y europeas, pero que no satisfacen sus deudas, son sólo algunos de los casos denunciados.

Y quedan, como remate de tan singular y absoluto saqueo, todos los organismos crediticios, fondos financieros, bancos y bursátiles emporios, que junto con los Estados que los amparan, multiplican las deudas y los deudos de un tercer mundo que ya no se sostiene y que junto a tanta secular rapiña, debe escuchar y agradecer, además, nuestras civilistas proclamas en relación a la convivencia y la igualdad, nuestros sesudos discursos sobre el ético ejercicio de la política, nuestras filosóficas disquisiciones sobre la moral, nuestras brillantes propuestas para el desarrollo.

Pero sólo una cosa, en verdad efectiva, puede hacer el primer mundo por el tercero, sólo una medida puede adoptar que, realmente, sea útil.

Y no hablo de condonar las viejas y las nuevas deudas, no, que se cobre hasta los intereses; no hablo de aumentar las ayudas en créditos y asistencia, no, que no haya más ayudas; y ni siquiera es preciso que, desde la buena voluntad de tantos, impulsemos la solidaridad con el tercer mundo, no, tampoco es necesario, que no les llegue una donación más.

Lo único que el primer mundo puede hacer por el tercero es seguir extendiendo los muros que ha creado, para que cada día sean más los kilómetros de muro que nos separen y mayor su altura. Y agregar más barreras, más alambradas, más vigilantes y candados, hasta separar aún más a América de Estados Unidos, y poner un desierto de distancia entre el sur de Europa y Africa., hasta que no quede en el muro un hueco, un simple resquicio, una sola ranura por la que se pueda cruzar al otro lado, ni el campesino latinoamericano ni el latifundista español, ni el cirujano etiope ni el hospital estadounidense, ni el jornalero senegalés ni la multinacional suiza.
Para que así, lejos de nuestro expoliador ejemplo, ese tercer mundo crezca y se desarrolle como buenamente pueda, con sus propios recursos y sus propios bienes y sus propios microbios, consciente de que, en el peor de los casos, por muy mal que le vaya, siempre estará a tiempo de reeditar nuestra ruina moral y económica.