Algunos escenarios posibles
¿PARA DÓNDE VA LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?
Marcelo Colussi


Luego de la derrota electoral de la Revolución Bolivariana el pasado 2 de diciembre, todo el proceso político que se vive en el país entró en un período de redefiniciones.

Lo que estaba en juego en ese momento era algo muy importante, sin dudas: una reforma de la carta magna no es cosa de todos los días. De todos modos, la relevancia de esa elección no estuvo tanto en lo que la población elegía ese domingo en concreto. Si alguien pensó que la aprobación de la reforma sometida a escrutinio popular conducía al socialismo, se equivocó; el socialismo es un proceso infinitamente más complejo que un texto constitucional, es algo que no se decreta en un papel o en una sala parlamentaria. Por tanto, que hubiera ganado la propuesta del SÍ no nos llevaba en forma automática a cambios revolucionarios en la estructura socioeconómica de la sociedad ni en la conciencia de la población. Quizá ayudara, pero eso no es el socialismo. La profundización de la revolución podría hacerse, incluso, en los marcos de la actual constitución de 1999 vigente. Lo que define un cambio revolucionario en una sociedad son las relaciones de fuerza entre las clases, cosa que no se decreta por ley. La importancia tan grande de lo que sucedió ese 2 de diciembre estuvo dado en que la Revolución perdió esa batalla y en el significado político posterior de ese hecho.

Fue la primera derrota electoral de todo el proceso encabezado por Hugo Chávez en nueve años, luego de diez triunfos consecutivos en distintas instancias: elecciones presidenciales, legislativas, de gobernadores, de alcaldes, referéndum revocatorio; pero esa única derrota tuvo un impacto enorme.

La Revolución Bolivariana prosigue más allá de este hecho: no se perdió el control político del Estado. Pero fue una prueba de fuego –seguramente inesperada– de cómo están las correlaciones de fuerza en Venezuela. Y ello abrió la necesidad de replanteamientos urgentes desde el discurso del gobierno. El resultado del referéndum mostró que, en alguna medida, había un triunfalismo excesivo en el campo del bolivarianismo, había algo de «castillo de naipes» en la construcción del proceso revolucionario. Mostró también que la población siempre está divorciada del Estado en una sociedad de clases, que los «políticos profesionales» tienen una lógica distinta –enfrentada incluso– a las masas. Y mostró una vez más, de forma inequívoca, que la lucha de clases está al rojo vivo en este momento de la historia del país, porque cada vez que se pretende avanzar en reivindicaciones populares, las fuerzas conservadoras (oligarquía nacional o imperialismo de Estados Unidos –a lo que se podría agregar: ¿también «nuevos ricos» bolivarianos?–) reaccionan de modo feroz. Eso se vio en la campaña monumental que se hizo para contrarrestar la reforma (que se suponía abría caminos hacia el socialismo), pero más aún, se vio en lo que pasó a partir del 3 de diciembre: habiendo ganado este round (sólo una de once elecciones, muy poco porcetualmente si se quiere, pero muy importante en otro sentido), la derecha se sintió retomar la iniciativa política, y el ataque durante los meses inmediatamente siguientes al referéndum arreció, mostrando que, sin dudas, seguirá arreciando durante todo el 2008, por cierto año con decisivas elecciones en alcaldías y gobernaciones en el próximo diciembre.

De alguna manera esa elección del 2 de diciembre ha quedado como una divisoria de aguas: marcó el momento hasta donde llegó el mayor avance del movimiento bolivariano y el experimento de «revolución bonita» del presidente Chávez –revolución, o mejor aún: proceso político multiclasista con un horizonte socialista– y un punto crucial de inflexión: desde el punto al que se llegó o se avanza realmente hacia el socialismo, o se comienzan a perder los avances logrados estos años.

Mucho se ha dicho ya sobre las causas de estos resultados en el referéndum. Sin ánimo de repetir eso, partiendo sólo de la base que lo sucedido se debe a una sumatoria compleja de factores (guerra mediática sin par de la derecha, ataque de la contrarrevolución por medio de mecanismos como el sabotaje económico con desabastecimiento e inflación, ideología capitalista hondamente arraigada aún en la población, burocratización en las estructuras del Estado que dan como resultado un pobre rendimiento en la gestión de gobierno al que las bases le pasaron factura, falta de vanguardia revolucionaria, más allá del líder carismático, y ausencia de partido político con clara ideología de cambio –el PSUV no lo es, y como van las cosas muy probablemente nunca lo sea–, proceso político basado sólo en una persona sin participación real de las masas en la toma de decisiones, etc. etc.), todo ello abre varios posibles escenarios a partir de ahora.

Como mínimo, podrían delinearse estos tres: 1) el proceso se radicaliza y se construye un verdadero poder popular con un Estado revolucionario que comienza a emprender tareas socialistas pendientes hasta ahora, con la figura del líder histórico encabezando esa radicalización; 2) el proceso se estanca, se burocratiza más aún y la llamada «derecha endógena» (empresarios bolivarianos) pasan a controlar tanto el aparato de Estado (con el manejo del petróleo) como el PSUV. Hugo Chávez es parte de esa involución también; 3) la Revolución Bolivariana es desplazada del poder y la derecha tradicional, apoyada por Washington, retoma su protagonismo político. Ello podría ocurrir en las próximas elecciones presidenciales en el 2012, pero todo indicaría que la estrategia del imperio es volver a manejar lo más rápidamente posible estas reservas petroleras y cortar de raíz las iniciativas integracionistas que se están dando con el ALBA y con una Venezuela «molesta», por lo que buscarían terminar antes el actual proceso sin esperar esos futuros comicios. Descartando en principio una intervención militar directa de Estados Unidos, o incluso un golpe de Estado cruento por sectores de las fuerzas armadas no-chavistas, la estrategia podría ser jugar al desgaste y a la implosión de la Revolución Bolivariana. Instrumentos para lograrlo no le faltan, y de hecho esa estrategia ya está funcionando a toda máquina.

Escenarios posibles

1) EL PUEBLO AL PODER: ¿SOCIALISMO DEL SIGLO XXI?

La primera reacción de una buena parte de la población chavista en el mismo momento de conocerse los resultados del referéndum fue pedir «limpieza». Limpieza de tantos cuadros en la dirección del aparato de Estado disfrazados de revolucionarios, de tantos burócratas que frenan los cambios, de tantos oportunistas que vienen obstruyendo el verdadero avance de la revolución, causantes –para el sentir popular– de esa derrota. Ese sentir popular espontáneo –que sin dudas no se equivocaba– fue buscar promover una transformación de raíz en una maquinaria que se descubre ineficiente por todos lados, cada vez más, con un tufillo a corrupción que ya no se hace posible ocultar. La reacción del presidente Chávez fue reconocer que «por ahora» no se había podido triunfar con la reforma, pero que la lucha revolucionaria seguía. Como parte de la misma, rápidamente entonces apareció la necesidad de revisar, de evaluar críticamente lo hecho hasta ahora para reorientar el proceso en marcha. De ahí surge su propuesta de las 3R (revisión, rectificación y reimpulso). Pero junto a ello también vino el llamado a detener un poco la velocidad en la marcha de los cambios, en el entendido que se estaba yendo demasiado rápido. Congruentemente con ello vino también su llamado a buscar alianzas con otros sectores sociales y su invitación a la «burguesía nacional» a sumarse a este proceso. En ese marco «reconciliatorio» apareció su no muy oportuna ley de amnistía para muchos de los golpistas del 2002 y la liberación de los precios de muchos productos de la cesta básica. Dado su gigantesco peso moral en la población, si bien en algunos pueden haber causado escozor estas declaraciones y medidas concretas, su figura no se empañó por ello y la amplia mayoría popular no dejó de tenerlo como su líder intocable.

Podría pensarse que esas maniobras hayan sido parte de una movida que Chávez se permitió teniendo en cuenta su enorme olfato –que hasta ahora, sin ser marxista declarado como él mismo lo dice, lo llevó siempre a tomar las medidas más acertadas desde el punto de vista del campo popular–, con lo que podría dársele el beneficio de la duda ante ellas y pensar que la fuerza revolucionaria del pueblo sigue aún fresca, viva, y apoyándose en él, puede efectivamente reorientarse esta revolución hacia un rumbo socialista.

Como escenario, no hay dudas que esto sería posible. Hay diversos indicios que muestran que eso no es lo más cercano, que la revolución no está marchando a toda vela hacia la izquierda, pero por supuesto que la posibilidad existe. Hay diversos sectores de base en el pueblo chavista que siguen pidiendo la «limpieza» de toda la burocracia y la profundización del proceso hacia posiciones francamente de cambio. Hay sectores populares organizados –en los barrios de las principales ciudades, en el ámbito sindical, en el movimiento campesino, entre los estudiantes, en los medios de comunicación alternativos– que siguen trabajando por un horizonte socialista. Y muchos de esos sectores son, hoy por hoy, aspirantes a militantes en el PSUV. Desde la base, desde la discusión en el seno de sus batallones, todo ese potencial revolucionario no ha bajado ninguna