Exijámonos coherencia o estaremos perdidos antes de fundarnos. ¡Que quién se diga lo sea!
por, Martín Guédez.
LA CLAVE DEL PARTIDO DEBE SER LA COHERENCIA

He tratado de mantener una posición constructiva en lo substancial. Mis actividades y escritos han optado por la construcción pedagógica antes que por el debate crispado que hoy en forma generalizada nos envuelve. La única vez que traté el tema del PSUV -a los pocos días de haberlo propuesto el Comandante Chávez- lo hice para exigir como condición imprescindible para sus futuros miembros: llegar «desnudos» de posiciones preconcebidas y coherencia. Hoy quiero insistir sobre esto porque lo supongo fundamental para que el proyecto del partido no termine siendo una experiencia fallida.
El Evangelio pone en boca de Jesús una afirmación aplastante en momentos en que debía desenmascarar la aparente perfección de vida de los fariseos. «Los maestros de la Ley y los fariseos se hacen cargo de la doctrina de Moisés. Hagan y cumplan todo lo que dicen, pero no los imiten, ya que ellos enseñan y no cumplen. Preparan pesadas cargas muy difíciles de llevar, y las echan sobre las espaldas de la gente, pero ellos ni siquiera levantan un dedo para moverlas» (Mt. 23, 2-4) Sin entrar a considerar el hecho de que -con todo derecho- unos piensen que estas palabras las dijo Jesús, otros que las «inventó» algún seguidor y aún otros que nada de esto existió, hay una verdad contundente: la fuerza de este pensamiento. La coherencia es la medida primera y última, alfa y omega de la vida de quien proclame una doctrina de vida. Más importante aún, cuando vivimos una época en la cual pareciera que la habilidad más desarrollada por el ser humano es la del disimulo. Una época en la que proliferan dobles, triples y hasta múltiples morales. Una época en la cual, como nunca, la palabra se usa para disimular lo que se piensa y no para expresar los sentimientos.

Los seres humanos -en ese orden- pensamos, hablamos y actuamos. Lo terrible es que difícilmente encontramos que se diga lo que se piensa y más difícilmente aún exista coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Vivimos divididos internamente pidiendo a otros lo que no hacemos o viviendo de lo que descaradamente de lo que decimos. Estoy persuadido de que si empleásemos menos tiempo en comprender lo que se dice y más en mirar lo que se hace, descubriríamos el inmenso poder de la observación para detectar la mentira; empezando -como debe ser- por nuestra propia mentira.

Si, en el silencio de mi habitación y a solas con mi conciencia, me digo «soy socialista», ¿no sería prudente revisar como vivo?, ¿que cosas llenan mi vida?, ¿cómo vivo mi «socialismo?, ¿son mis bienes y mis empresas -de tenerlas- socialistas? La constitución del PSUV habría de ser -tiene que ser- para un socialista una declaración formal de seguimiento similar a la del que se presentaba delante de Jesús de Nazareth y no le decía que lo admiraba o que simpatizaba con sus ideas sino que le pedía ser apóstol y seguirlo. Veamos entonces lo que hizo Jesús -o dicen que hizo, da igual- con un aspirante a ingresar a su «partido». «Si quieres entrar en la vida eterna, cumple los mandamientos…(Jesús se los enumeró, pero el joven quería más, quería ingresar al «partido»)… El joven le dijo: Jesús le dijo: . Cuando el joven oyó esto se fue triste, porque era muy rico» Mt. 19, 16-22).

Nadie exige tal conducta heróica para entrar al PSUV, pero creo que debe haber un mínimo de exigencia; mucho más para aquellos que tienen los riñones de exhibirse día tras día como íconos del socialismo. Es claro que harían menos daño si al menos hicieran silencio. ¿Que hacen para promover el socialismo?, ¿decirle a los pobres que lo sean para vivir que como ellos viven?, ¿es tolerable que un fumador empedernido o un jalador de caña consecuente o alguien que cambia -gracias a «su» revolución radicalmente de vida, se coloque en una tribuna a condenar a los que fuman, toman o se desplazan en carros de lujo cuando él hace exactamente lo mismo?, ¿es lícito declararse enemigo del juego cuando se hace dinero haciendo promoción a ese vicio? En fin…¿es coherente esto?

Estos que menciono no son sino casos paradigmáticos de farisaísmo militante, basta con levantar un poquito la alfombra para abrumarnos ante tanto mal ejemplo. Desde el padre que exige a los hijos recto comportamiento mientras gastan dinero en el mantenimiento de segundos frentes y bonches. Escritores supuestamente comprometidos con el socialismo pero que publican con licencias restrictivas que impidan que alguien los lea si primero no se baja de la mula. Programas de radio o televisión duros e inclementes contra los vicios y las corrupciones menos con las de sus anunciantes o protectores. Duros, muy duros, pero con los otros ¡Faltaría más!

Son miles las incoherencias, especialmente crueles cuando se proclaman los paradigmas pero…eso sí, de lejitos. El profesor Monedero, en estos días decía algo conmovedor en forma de cuento: Un autoproclamado socialista es interpelado por una persona que le dice: «Si usted tu viera dos Audis y el partido le pidiera uno… ¿se lo daría? . Si usted tuviera dos yates y el partido le pidiera uno… ¿se lo daría? . Y si usted tuviera dos gallinas y el partido le pidiera una… ¿se la daría? -se quedó pensando un poco y al fin dijo- No, no se la daría… ¿y por qué no se la daría? Porque las gallinas las tengo. ¡Cuanto trecho hay entre el dicho y el hecho! ¿Verdad? ¡Que fácil es ver la viejita en el semáforo, sola, rumiando su miseria, cuando vamos a pie rumiando nuestra propia miseria! ¡Cómo la invisibilizan los vidrios ahumados y subidos para que el aire acondicionado no se pierda!

No debe sorprendernos, al contrario, debe despertarnos para reaccionar con conciencia. Somos el fruto de una sociedad que no estima la coherencia sino el éxito. Vivimos a una velocidad tal que nos hace imposible ser -por ejemplo- agradecidos. Vértigo que borra de nuestra mente el recuerdo de cuantos nos han servido de apoyo. El problema fundamental es que no vivimos hacia adentro. Hemos desmantelado el pensamiento interior, es muy difícil ser coherente cuando no se sabe bien lo que se piensa, ni lo que se dice y mucho menos lo que se hace. Lo normal es que vamos transmitiendo nuestras incoherencias y el círculo vicioso se retroalimenta. Y no hablo por los demás; hablo muy especialmente por mí mismo, siempre he pensado que he tenido la suerte inmensa de no haber tenido ni éxito ni dinero. ¡Habría que ver cómo sería yo!. Hago cada día como los alcohólicos anónimos, soy coherente -o lo intento- hoy, mañana ya veré como le meto el pecho al desafío.

Si el PSUV no se forma desde la coherencia será otro partido más. Un partido dividido en lo más íntimo, plagado y ocupado por personas que pensarán una cosa, dirán otra y hará una bien distinta. En medio de ensoñaciones el partido reproduciría los mismos vicios y defectos del capitalismo. ¿Y eso por qué?, porque el partido es su gente, sus cuadros, sus miembros y el partido será lo que sea cada uno de ellos. Nos llenaremos de declaraciones y buenos deseos para redimir la pobreza y al terminar la proclama nos montaremos en nuestros buenos carros, iremos a disfrutar de nuestras buenas viviendas, comeremos en buenos restaurantes y quien sabe si hasta aprenderemos el dulce encanto de jugar golf para librar las tensiones.

Ya he dicho que no soy ajeno a la incoherencia, al punto que creo que nos será imposible ser totalmente coherentes. Sí creo que debemos tomar conciencia de nuestras incoherencias para poder ir subiendo en el «coherencienómetro» un poquito cada día. Lo malo -lo peor- es no tener conciencia de nuestras incoherencias, eso nos lleva a navegar plácidamente en ellas e incluso a aplastar como a cucarachas con todo nuestro poder a quien nos la recuerde. Lo medular es que ese viaje vital hacia el horizonte de la coherencia esté conducido por nosotros mismos, porque de lo contrario sólo llevaremos agua a los molinos de la sociedad hipócrita que queremos sustituir. ¡Manos a la obra! ¡Con humildad, docilidad de corazón a los sueños y paciencia, iremos siendo un pelín mejores cada día y juzgaremos a los demás con algo más de piedad y misericordia!