M. Bulgakov, Rusia, el diablo, el capitalismo…

Desde sus mismos inicios como nación, Rusia se ha debatido entre su ancestral régimen colectivo incrustado en el alma agraria de su pueblo, y la autarquía de los zares con los estupendos tesoros de un boato sin límites elevado hasta el lujo más regio.


La dicotomía en la que se ha debatido el pueblo ruso oscila entre la humildad del autoperfeccionamiento proclamado por León Tolstoi y la ligereza del concepto del «vivir bien» entre las pieles, el oro y el caviar

Cuando la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 condujo a los campesinos, obreros y soldados hasta los salones del palacio de invierno, estos enmudecieron ante la riqueza de sus señores. Sin embargo tuvieron la entereza de sobreponerse a sus miedos y resistirse de una vez por todas a servir de alimento a las voraces trincheras imperialistas de la Primera Guerra Mundial.

El pueblo ruso para escapar a las hambrunas, tener salud, educación, vivienda, trabajo hubo quitarle los privilegios a la aristocracia y arrebatarles el cielo por asalto.

La creación de una sociedad de nuevo tipo se convirtió en un proyecto viable; lo fue tanto, que los paìses del mundo occidental se unieron en la ANTANTE, esa odiosa coalisión heredera de la Santa Alianza, la misma que se opuso a Bolívar, y redujo a Rusia a sólo el 30% de su inmenso territorio. Finalmente el pueblo pudo más y esa primera revolución triunfó.

La confrontación ideológica que caracterizó los primeros días de la revolución rusa se fueron con la desaparición de Lénin y finalmente se impuso la tradición de un gobierno vertical bajo el absoluto poder de «El padrecito Stalin».

A la sombra del Estado Soviético nacieron «como hongos después de la lluvia» miles y miles funcionarios públicos que a la postre formaron la burguesía roja, la misma que en las postrimerías de la URSS vió envuelta en un escándalo de diamantes y payasos a la hija de Brezhnev. Así en una decadente descomposición moral e ideológica se derrumbó la Unión Soviética para dar paso al capitalismo dependiente en el que se encuentra empichacada la sociedad rusa.

Lo más sorprendente de la historia rusa es que siempre contó con escritores que de manera magistral fueron señalando del mejor modo los defectos de la sociedad que les tocó vivir: Pushkin, Lermontov, Tolstoi, Chejov, Gógol, Dostoievski, fueron críticos despiadados de las miserias de su país y todos fueron víctimas de la intransigencia de un gobierno reaccionario.

Para los tiempos soviéticos que nos han tocaron vivir, Mijail Bulgakov ha sido la voz de la conciencia y la advertencia más profunda.

Su novela «El Maestro y Margarita» es hoy la crónica de la entrega anunciada de una sociedad postrada ante el diablo.

Marco Aurelio Rodríguez G.
elmacaurelio@yahoo. es