SOBRE EL PSUV: ¡CADA COSA EN SU LUGAR!
Ordenamos voluntades e ideas o será muy difícil el camino
Por, Martín Guédez

En la medida en que el planteamiento de un partido unido socialista para la Revolución Bolivariana va tomando cuerpo, las amenazas que vislumbramos cuando el Comandante Chávez lo propuso van tomando forma y desdibujando peligrosamente la posibilidad de crear un instrumento de liberación en manos del pueblo.


Yo llamo a lo que estoy viendo la teoría del Fiscal de Tránsito: señalando para todas partes menos para sí mismo, como es lógico.

De un lado, están los espacios de poder ocupados por unos –en muchos casos con legítimo derecho- y la resistencia natural, instintiva, casi genética a ceder esos espacios. Ya lo decía el Gran Timonel, Mao Tse Tung, cuando señalaba que ningún privilegio será cedido sino por un acto de fuerza. Eso de quitarse el uniforme con galones –¡y hay que ver como hay quienes admiran y pulen los suyos!- y colocarse el uniforme de soldado raso de la Revolución de nuevo es, por decir lo menos, bien difícil; exige una calidad de conciencia revolucionaria, un grado de generosidad y entrega que no son comunes en la mayoría de nosotros. De modo que aquello que está saliendo a la luz pública en cuanto a la conformación de los animadores o promotores del PSUV, con las exclusiones y demás aberraciones de ese tipo, es sólo una de las manifestaciones de un fenómeno que veremos cada vez más hasta hacérsenos familiar.

Luego está otro fenómeno que también perturba el mandato de inventar un socialismo nuevo, indoamericano, fresco, nuestro y superador de todas las taras y desviaciones históricas. Me refiero a la salsa ideológica que debe aderezar al pavo. Salvo el pueblo, que sólo sabe lo que quiere –por ahora- y cómo lo quiere, todos los demás, aquellos que podríamos llamar cuadros, poseen una idea preconcebida del socialismo que quieren, de cuales han de ser las fuentes doctrinarias que lo animen y, en fin, de cómo quieren la salsa y cuáles aderezos –a su juicio- le sobran.

De modo que cada quien llega con sus maletas ideológicas a defenderlas y, si fuera posible, imponerlas sobre las demás. Eso no tendría que extrañar a nadie. No estoy augurando que habrá problemas insolubles; únicamente señalo los problemas que veo porque es el primer paso que se debe dar para solucionarlos: reconocerlos, asumirlos, asimilarlos y comprenderlos. Nótese que no señalo a quienes llegan a la conformación del PSUV ya corrompidos por el virus capitalista, a esos hay que detectarlos y echarlos a patadas hasta donde pertenecen, de donde nunca debieron salir, a sus basureros. Estoy más bien llamando la atención sobre situaciones que, aún en los casos más nobles y bien intencionados, se presentarán y no podemos abordar con descalificaciones apriorísticas, sino con comprensión, tolerancia, frescura de ideas, paciencia y mucha firmeza.

Percibo cada vez con un grado mayor de preocupación, que en muchos de los remitidos, manifiestos, etc., que están apareciendo firmados por distintas organizaciones populares, hay una visible confusión entre objetivos finales y objetivos estratégicos, entre el ‘qué’ queremos y el ‘cómo’ lograrlo, y resulta que en los fines no puede haber la menor divergencia, no puede haber eso que llamamos sana disidencia. El fin se comparte o no se comparte y punto. Vamos hacia una Venezuela socialista, con los aderezos que sean necesarios y no hacia otra cosa, sea esta la que sea. Queremos una Venezuela socialista, con todas sus consecuencias, y no podemos debatir sobre alternativas distintas, aunque sí se deba necesariamente crear, inventar e innovar a partir de la experiencia y de nuestros aportes autóctonos. Todo el que milite o apoye comprometido al PSUV tiene que compartir este gran objetivo, tiene que ser un o una socialista, coherente con esa condición en absolutamente todo, especialmente en su forma de sentir y vivir el socialismo. Queremos una sociedad con una sola clase: la humana; una sola condición necesaria: que cada quien aporte tanto como su talento y formación permita para el bien colectivo y personal y que cada quien reciba, para su formación, crecimiento y vida digna, tanto como necesite, de ese mismo colectivo. Es evidente que para alcanzar este objetivo debemos estar de acuerdo en que no puede haber propiedad privada de los medios de producción, que no puede haber capitalismo disfrazado. Con esto se debe estar o no estar de acuerdo y eso marcará la diferencia. Para los cuadros, los medios de producción de propiedad social no son los de los otros; son todos, incluyendo por convicción, aquellos que son o pudieran ser suyos.

Luego vienen los pasos, las etapas y objetivos estratégicos. El ‘cómo» lograr lo que todos queremos y ‘con qué» contamos para lograrlo es otra cosa. Allí puede y debe darse un debate entre pares, donde de modo particular sea par de todos y todas, actor y protagonista fundamental, el pueblo. En este aspecto la primera palabra tiene que tenerla el piloto del barco, a quien todos aceptamos y respaldamos como líder del proceso. Su palabra no es palabra de Dios -él mismo lo ha dicho y aunque no lo hubiese dicho todos debemos saberlo-, pero es la palabra del capitán del barco; es, por tanto, el que está en disposición de saber más sobre la marcha, los obstáculos y los peligros. Esto es fundamental para disponer de cuadros bien disciplinados y capaces de ejecutar con precisión y eficacia las estrategias del momento, pero además –para que no quede duda ni se confunda con culto a la personalidad ni el consabido jalabolismo pesetero- porque estando al timón de la nave es quien tiene la responsabilidad de decidir donde hacer escala, hacia donde girar, cuando detenerse o cuando acelerar. Esa es su gravísima responsabilidad ante la historia y el pueblo, como lo fue la de Bolívar en su circunstancia y su tiempo. De modo que en lo estratégico todos debemos aportar, pero en última instancia y siempre, comprender, internalizar y secundar con disciplina. Por ejemplo, anunciar al enemigo los pasos que daremos [como hemos podido ver en algunas ocasiones, presentarlos como conquistas cuando aún están bien lejos de lograrse; ese atribuir a los enunciados una absurda fuerza que no tienen por sí mismos, sólo prepara, activa y avisa al enemigo: el palo se da, certero y preciso, no se avisa. ¡A ver si aprendemos!

Hace unos meses, justo cuando la idea fue lanzada por el Comandante Chávez, escribí sobre el tema y no lo he vuelto a tocar; he estado, por así decirlo, observando y captando el bosque no sea que el árbol me impida verlo. Allí –en ese trabajo- señalé que a la conformación del PSUV, debíamos llegar «desnudos», ¿significa acaso que debemos llegar sin ideas? ¡No!, lo que significa es que debemos llegar «desnudos» de prejuicios, frescos, flexibles como el bambú tierno. Aportando lo nuestro, aquello en lo que creemos, aquello por lo que hemos vivido, pero abiertos a recibir, como agua fresca, otras fuentes y otras riquezas del pensamiento. Dispuestos siempre a inventar, a ensayar, a pensar y a debatir con pasión y respeto.

Se trata entonces –o debería tratarse- de compartir una cuestión básica: que sabemos lo que queremos como alternativa al capitalismo reinante y que esto sea aceptado por todos. Si sabemos lo que queremos estaremos en condiciones de pasar a la etapa estratégica del diseño de esa sociedad alternativa al capitalismo. Luego está la condición política (el poder). La condición práctica para un proyecto social alternativo pasa por una sociedad que en su conjunto tenga esa voluntad de cambio y esté dispuesta a formar las nuevas estructuras. Las nuevas estructuras socialistas no aparecerán sino en el caso en que el pueblo llegue a saber que las necesita y luche denodada y entusiastamente por ellas.

En este aspecto será fundamental el concurso del PSUV y sus cuadros. Tiene que ser el partido el que, en medio del pueblo, como pez en el agua, dé solución al problema práctico de proporcionar la coherencia intrínseca entre objetivos y medios. Habrá que perfilar muy bien la teoría, pero sobre todo, habrá que mostrar una perfecta coherencia entre la praxis y la teoría. Si ponemos los puntos sobre las íes con toda la voluntad política necesaria estaremos en el buen camino.