Los últimos días de Lenin
León Trotsky
El Profeta Desenterrado.

(…) Lenin no llegó a saber con certeza quién era Stalin hasta después de Octubre. Le tenía en cierta estima por su dureza de carácter y su sentido práctico, hecho en tres cuartas partes de astucia.


Pero, a cada paso que daba, tropezaba siempre con su gran ignorancia, con su increíble estrechez de horizonte político y con una tosquedad moral y una falta de escrúpulos verdaderamente extraordinarias. Stalin escaló el puesto de secretario general contra la voluntad de Lenin, que sólo le toleró allí mientras él pudo dirigir personalmente el partido. En cuanto se reintegró al trabajo, después del primer ataque, con la salud quebrantada, Lenin no dejó de ocuparse un solo momento del problema de la dirección del partido, en todo su alcance. De esta preocupación nació la conversación que tuvo conmigo, como más tarde el «testamento». Las últimas líneas de este documento fueron escritas el día 4 de enero. Desde aquella fecha aún transcurrieron dos meses, en los cuales se aclaró totalmente la situación.
Ahora, Lenin ya no se contentaba con preparar la destitución de Stalin del cargo de secretario general, sino que se disponía a hacer que fuese descalificado por el partido. En todas las cuestiones que se planteaban: en la del monopolio del comercio exterior, en la cuestión de las nacionalidades, en la del régimen del partido, en la de la inspección de los obreros y campesinos y en punto a la comisión de vigilancia, toda su preocupación, sistemática y tenazmente manifestada, era encauzar las cosas de tal modo que en el 12.º congreso que había de celebrarse pudiera asestar muerte al burocratismo, al régimen de pandillaje, al funcionarismo, al despotismo, a la arbitrariedad y a la grosería, en la persona de Stalin.

¿Le habría sido dado a Lenin llevar a cabo la renovación de personas que se proponía dentro del partido? En aquellos momentos, indudablemente. Había precedentes en abundancia, y entre ellos, uno bastante próximo y muy elocuente. Durante, la convalecencia de Lenin, ausente éste en el campo y ausente yo también de Moscú, el Comité central, en noviembre de 1922, tomó, por unanimidad, un acuerdo que asestaba al monopolio del comercio exterior una puñalada por la espalda. Lenin y yo, cada cual por su parte y sin previo convenio, alzamos el grito contra aquello; luego, nos pusimos de acuerdo por carta y tomamos nuestras medidas combinadamente. A las pocas semanas, el Comité central derogaba el acuerdo, con la misma unanimidad con que lo adoptara. El día 21 de diciembre, Lenin me escribió una carta celebrando el triunfo en los siguientes términos: «Camarada Trotsky: Por lo visto, hemos conseguido tomar la posición sin disparar un solo tiro, por medio de una simple maniobra. Mi parecer es que no debemos detenernos aquí, sino seguir atacando…»

Es seguro que nuestra campaña combinada contra el Comité habría terminado en una franca victoria a comienzos del año 23. Y no me cabe la menor duda de que, si en vísperas del 12.º congreso del partido, yo hubiera roto por mi cuenta el fuego contra el burocratismo staliniano, acogiéndome a la idea en que se inspiraba el «bloque» concertado con Lenin habría conseguido luna victoria completa sin necesidad de que éste interviniese. Lo que no aseguro es que hubiera conseguido sostener indefinidamente esta victoria. Para poder decir a ciencia cierta hasta cuándo hubiera logrado yo mantener mi posición triunfante, habría que tener en cuenta una serie de procesos objetivos que se desarrollaron en el país, entre la clase obrera y en el seno del propio partido. Este es ya un tema aparte, y de bastante consideración.

En el año 1927, N. K. Krupskaia hubo que decir que, de vivir Lenin, Stalin le habría recluído ya, seguramente, en una cárcel. Creo que no se equivocaba. No se trata exclusivamente de la persona de Stalin, sino de las fuerzas y circunstancias de que Stalin, aun sin saberlo, es expresión. Pero en los años 1922 y 1923, aún era posible conquistar el puesto de mando dando abiertamente la batalla a la fracción, que empezaba a formarse rápidamente, de los funcionarios socialnacionalistas, los usurpadores del partido, los explotadores. de la revolución de Octubre y los epígonos del bolchevismo. El obstáculo principal que se alzaba ante esta batalla era el estado de Lenin. Confiábamos en que volvería a salir del ataque, como había salido del primero, y que tomaría parte personal en las tareas del 12.º congreso, como él mismo daba por supuesto al celebrarse el anterior. Los médicos nos daban esperanzas, aunque cada vez con menor firmeza. La idea de un «bloque» entre él y yo para dar la batida al aparato y a la burocracia, era sólo conocida, por aquel entonces, de Lenin y de mí, aunque los demás vocales del Buró político sospechaban algo. Las cartas de Lenin a propósito de la cuestión nacional y el «testamento» permanecían en el mayor secreto. Mi campaña se habría interpretado, o a lo menos hubiera podido interpretarse, como una batalla personal reñida por mí para conquistar el puesto de Lenin al frente del partido y del Estado. Y yo no era capaz de pensar en esto sin sentir espanto. Parecíame que ello había de producir una desmoralización tal en nuestras filas, que, aun dado caso de que triunfase, pagaría el triunfo demasiado caro. En todos los planes y cálculos que podían hacerse, se deslizaba siempre un factor decisivo, que era una incógnita: el propio Lenin y su estado de salud. ¿Estaría él, para entonces, en condiciones de exponer personalmente su opinión? ¿Llegaría a tiempo de hacerlo? ¿Sería el partido capaz de comprender que, al dar esta batalla, Lenin y Trotsky luchaban por el porvenir de la revolución, y que no era Trotsky personalmente el que se debatía por ocupar la vacante de Lenin? Dada la posición especial que éste ocupaba dentro del partido, la incertidumbre reinante acerca de su estado convertíase en una incertidumbre acerca de la situación del partido en general. El estado de interinidad se iba alargando. Y la demora laboraba por los epígonos, puesto que Stalin, como Secretario general que era, se veía convertido, de hecho, durante el «interregno», en el verdadero jefe.

Vinieron los primeros días de marzo de 1923. Lenin seguía postrado en su lecho de enfermo, en el gran edificio del Senado. Se avecinaba el segundo ataque, precedido por una serie de pequeños síntomas monitorios. Yo hube de meterme en cama durante varias semanas con un ataque de ciática. Teníamos el domicilio en la antigua «Casa de los Caballeros», separada de las habitaciones de Lenin por el gigantesco patio del Kremlin. Ni él ni yo podíamos acudir al teléfono. Además, a Lenin le habían sido terminantemente prohibidas por los médicos las conversaciones telefónicas. Dos secretarias suyas, Fotieva y Glasser, nos servían de enlace. Me dijeron, por encargo de Wladimiro Ilitch, que éste estaba extraordinariamente disgustado con la campaña que venía haciendo Stalin para preparar el Congreso del partido y, sobre todo, con las maquinaciones que urdía en Georgia para formar las fracciones del modo que mejor le conviniese. «Wladimiro Ilitch prepara una bomba contra Stalin, para el congreso del partido.» Tales fueron, literalmente, las palabras de Fotieva. Lo de la «bomba» procedía del propio Lenin. «Vladimiro Ilitch quiere que tome usted por su cuenta lo de Georgia; sabiendo que usted se encarga de ello, se quedará tranquilo.» El día 5 de marzo Lenin dictó las siguientes líneas, dirigidas a mí:

«Estimado camarada Trotsky: Querría rogarle a usted muy encarecidamente que se encargase de defender en el Comité central del partido la causa de Georgia. El asunto está encomendado de momento a los cuidados de Stalin y Dserchinsky, de cuya imparcialidad no puedo fiarme. Antes al contrario. Si usted quisiera hacerse cargo de la defensa, me quedaría tranquilo. Si por cualquier razón no pudiera acceder a ello, le ruego que me devuelva todos los materiales, en cuyo caso interpretaré la devolución en sentido negativo. Le saluda cordialmente como camarada, Lenin.»

(…)

El ataque de Lenin no iba sólo contra la persona de Stalin, sino que se hacía también extensivo a su estado mayor, sobre todo a los cómplices y auxiliares Dserschinsky y Ordchonikidse. Sus nombres aparecen repetidamente en la correspondencia sostenida por Lenin acerca de la cuestión de Georgia. Dserschinsky era hombre de una gran pasión explosiva. Su energía se mantenía en tensión por medio de constantes descargas eléctricas. Por insignificante que fuese la cuestión que se discutía, montaba en seguida en furia, las aletas delgadas de su nariz empezaban a temblar, los ojos despedían fuego y la voz tomaba un tono agudo, quebrándose a cada paso. A pesar de esta alta tensión nerviosa, Dserschinsky no conocía la apatía ni los estados de depresión. Encontrábase, por decirlo así, en estado de movilización continua.

En cierta ocasión, Lenin hubo de compararlo a un fogoso caballo de pura sangre. En todos los asuntos en que tenía que intervenir, se le turbaba en seguida la vista y se ponía a defender con gran pasión, intransigencia y fanatismo a sus colaboradores contra cualesquiera críticas, sin que a él personalmente le tocase nada: Dserschinsky sólo vivía para la causa.

No era hombre de ideas propias. Ni se tenía tampoco, a lo menos mientras vivió Lenin, por un político. Varias veces, y en las más diferentes ocasiones, hubo de decirme: «Yo acaso no sea un mal revolucionario, pero no tengo nada de caudillo, de estadista, ni de político.» En estas palabras había algo más que modestia; esta valoración de sí mismo, era exacta, en lo substancial.. Se pasó muchos años luchando al lado de Rosa Luxemburgo y haciendo suyo, no sólo el combate que ésta libraba contra el patriotismo polaco, sino también el que sostenía contra el bolchevismo. En el año 17 se pasó al partido bolchevique. Lenin, muy satisfecho, me dijo: «No queda en él rastro del pasado.» Durante dos o tres años, sintió una afección especial por mí. últimamente se había ido a formar en las filas de Stalin. En punto a la labor económica, su fuerte era el temperamento: imprecaba, daba impulso a las cosas, arrastraba a los demás. Pero carecía de un plan meditado respecto al desarrollo que había que imprimir a la Economía. Compartía todos los errores de Stalin y los defendía con aquella pasión que le caracterizaba. Este hombre murió casi de pie, cuando acababa apenas de descender de la tribuna desde la que clamara iracundo contra la oposición.

Lenin entendía que al segundo aliado de Stalin, Ordchonikidse, era necesario expulsarlo del partido, como sanción contra sus actos de despotismo burocrático en el Cáucaso. Yo me opuse. Lenin me contestó por un secretario: «Al menos, por dos años.» ¡Cuán lejos estaba Lenin, en aquel momento de pensar que este mismo Ordchonikidse a quien quería expulsar del partido había de llegar, corriendo el tiempo, a presidir la comisión de vigilancia proyectada por Lenin para dar la batalla a los excesos burocráticos de Stalin y mantener alerta la conciencia del partido!

Aparte de los fines políticos generales que se proponía, la campaña iniciada por Lenin tenía por misión crear las condiciones más favorables para mi labor directiva, ya fuese en colaboración con él, si llegaba a reponerse, o en su sustitución, si no alcanzaba a resistir la enfermedad. Pero aquella batalla, que no pudo llevarse hasta el fin, ni siquiera hasta la mitad, dió resultados contrarios a los que se proponía. Lenin, en realidad, apenas tuvo tiempo más que a retar a Stalin y a sus aliados para el combate, sin que ello trascendiese al partido, pues no salió de entre las personas más directamente interesadas. El primer aviso sirvió para que la fracción de Stalin-que por aquel entonces se reducía al consabido trío-apretase las filas. El estado de interinidad seguía vigente. Stalin continuaba timoneando la nave burocrática. La selección artificial de personas seguía su curso veloz. Cuanto más débil se sentía el trío intelectualmente, cuando más me temía-y me temía, porque quería derribarme-, tanto más tenía que apretar los tornillos del régimen imperante dentro del partido y del Estado. Bastante tiempo después, en el año 1925, Bujarin hubo de contestarme, en una conversación privada, replicando a la crítica que yo hacía del régimen que se venía siguiendo en el partido:

-Si no nos gobernamos democráticamente, es porque le tenemos a usted.
-Procuren ustedes sobreponerse a ese miedo -le aconsejé- y vamos a ver si conseguimos trabajar de acuerdo provechosamente.

Pero aquel consejo no sirvió de nada.

El año de 1923 había de presenciar una campaña intensiva, aunque todavía recatada, para estrangular y deshacer el partido bolchevista. Lenin forcejeaba con la espantosa enfermedad. El trío forcejeaba con el partido. En la atmósfera flotaba una tensión agobiante, que al llegar el otoño había de descargarse en una tormenta de discusiones contra la oposición. Comenzaba la segunda etapa de la revolución: la campaña contra el trotskismo. En realidad, era la campaña contra la herencia de Lenin