Notas para la actualidad de Gramsci y Trotsky
Por Guillermo Pessoa

“La originalidad con que Trotsky y Gramsci renovaron el marxismo de cara a nuevos fenómenos y tendencias estructurales del capitalismo y contra la perversión estalinista del socialismo, así como el interés actual de su legado, resulta poco reconocida” A. Rush


El que sigue es un artículo que en muy pequeña medida, intenta saldar la deuda para con el reconocimiento que ambos legados teóricos/políticos merecen y – más aún – por la actualidad que ellos conservan.
En tiempos de auge del “autonomismo”, de autores bestsellers como Holloway o Negri, en donde la renuncia a la toma del poder postulada por el primero o el fin del imperialismo anunciado por este último parecen condenar a dichos legados al pasado arqueológico. Y fundamentalmente en medio de la crisis de los “viejos” marxismos (stalinismo, eurocomunismo, socialdemocracia), ligada a la no menor dificultad del capitalismo planetario por superar sus contradicciones en medio de protestas y movimientos antiglobalización que se extienden por todo el orbe; se hace más que perentorio realizar la tarea enunciada líneas arriba.

El texto tomará solamente algunos ejes de trabajo de los muchos que abordaron los dirigentes ruso e italiano, intentando esbozar algunas notas que en realidad deben ser entendidas como disparadores para un estudio más profundo del rico bagaje teórico de ambos marxistas. Para aquellos interesados en la bibliografía de y sobre Trotsky y Gramsci, acompañamos una lista tentativa de textos y autores.

I Lo verdadero es el todo

Cuando uno mira cualquier noticiero televisivo, lo mismo ocurre al leer el diario, puede observar que cualquier hecho puntual – tomemos por caso un robo minúsculo en cualquier barrio de Buenos Aires – es presentado aisladamente. No se inserta dicho suceso en un contexto social, epocal, de vinculación con la propia realidad regional e incluso mundial. Al no hacerlo – intencionadamente – la comprensión de dicho acontecimiento se diluye y puede (generalmente sucede) quedar reducido al mensaje más “común”: son vagos por “naturaleza”, no tenemos seguridad, necesitamos más policía, etc. ¿Qué es lo que ha faltado? Entender, “mirar” la realidad como una totalidad.

Esto que expresan los medios masivos de comunicación, ha tenido su “bendición” desde los ámbitos académicos cuando el llamado posmodernismo (con su auge a partir de mediados de los ochenta e incluso, lo que es peor, algunos marxistas como el citado Toni Negri que en su trabajo “Imperio” siguieron el mismo camino metodológico) abjuró de dicha categoría para explicar lo social. Sin embargo, los movimientos antiglobalización, embrionaria y confusamente, se vieron obligados a “razonar” desde la totalidad. Es que para dar cuenta de lo que criticaban – el neo liberalismo, la apertura indiscriminada de los mercados a nivel planetario, el intento de un “nuevo orden mundial”, etc – dicha premisa se tornaba perentoria. Pero allí comienza solamente el planteamiento del problema, se necesita contar con las herramientas conceptuales para poder desarrollarlo y resolverlo.

Gramsci y Trotsky tuvieron esto bien en claro. Su matriz hegeliana – con la “mediación” de Labriola como veremos luego – los predisponía a ello en mucha mayor medida que otros marxistas contemporáneos suyos. El joven Gramsci señalaba que se sentía discípulo de Lenin entre otras cosas porque éste “tenía y pensaba con el mundo en su cabeza” y el joven Trotsky no dudaba en afirmar que había arribado a su doctrina de la revolución permanente porque “partió de un análisis global y articulado de la realidad presente”.

Ya en su madurez, cuando afinaron sus caracterizaciones y estrategias previas, esto se mantiene en forma constante. El excelente trabajo sobre el Risorgimento (o sea el proceso de unidad italiano) hecho por el sardo, como la magnífica Historia de la revolución rusa y su teoría del desarrollo desigual y combinado de Trotsky, serían inexplicables sin lo anterior. Lo que no impedía – por el contrario presuponía !! – que ambos tuviesen muy en cuenta las peculiaridades nacionales para delinear su análisis y estrategia política; como muy bien le advertía el dirigente ruso (ya exiliado) a Stalin o Gramsci en su crítica a Michels y su visión de la realidad francesa.

Esta visión de la realidad como un todo y de las tareas que por ende de ello se desprenden, eran casi de “sentido común” para ambos revolucionarios. Y en esto no hacían otra cosa que seguir siendo fieles a sus maestros. Una totalidad que tiene relaciones que se articulan, que son plásticas y a las cuales no se puede “mecanizar” ni fijarles “hora determinada” de resolución alguna:

“Toda acción proletaria debe estar subordinada al internacionalismo y coordinada con él, ha de ser capaz de tener carácter internacionalista. Cualquier iniciativa que en cualquier momento, y aunque sea transitoriamente, llegue a entrar en conflicto con ese ideal supremo, tiene que ser inexorablemente combatida; porque toda desviación del camino que lleva directamente al triunfo del socialismo internacional, por pequeña que sea, es contraria a los intereses del proletariado, a los lejanos o a los inmediatos, y no sirve más que para dificultar la lucha y prolongar el dominio de la clase burguesa”. 1

Esta formulación de Gramsci es parte principalísima del legado trotkista. En una formulación famosa, el creador del Ejército Rojo decía:

“La conquista del poder por el proletariado internacional no podía ni puede ser un acto simultáneo en todos los países. La superestructura – y la revolución entra en la categoría de las superestructuras – tiene su dialéctica propia, la cual penetra autoritariamente en el proceso económico mundial, pero no suprime, ni mucho menos, sus leyes más profundas. La Revolución de Octubre ha sido legítima , considerada como primera etapa de la revolución mundial, que necesariamente tiene que ser obra de varias décadas”. 2

Ello no se debe a un “deseo” arbitrario de los autores, sino de un presupuesto metodológico de carácter científico. Ya Marx señalaba que su ambicioso proyecto de escribir “El Capital” debía culminar con el mercado mundial que era la categoría más concreta (en el sentido de ser la que más determinaciones posee) o sea la más plena y por ende más real, aspecto que hoy en los albores del siglo XXI conserva – y amplía – toda su vigencia.

Pero que lo verdadero es el todo no se agota allí. Economía y política, estructura y superestructura, lo orgánico y lo coyuntural, no se pueden escindir (o podemos hacerlo sólo a los efectos del análisis) como hacen los medios de comunicación, ciertos profesores y la “ciencia” burguesa en general. Gramsci observará las derivaciones a que lleva el no tener en cuenta esto:

“El error en que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional. Se llega así a exponer como inmediatamente activas causas que operan en cambio de una manera mediata, o por el contrario a afirmar que las causas inmediatas son las únicas eficientes. En un caso se tiene un exceso de economismo o de doctrinarismo pedante; en el otro, un exceso de ideologismo; en un caso se sobreestiman las causas mecánicas, en el otro se exalta el elemento voluntarista e individual… y si el error es grave en la historiografía, es aún más grave en el arte político, cuando no se trata de reconstruir la historia sino de construir la presente y la futura”. 3

Esta dialéctica de los elementos históricos y su interacción hay que aprehenderla en su constante devenir porque el riesgo que se corre es el de abortar la acción del sujeto: sea porque éste considera que su hacer ya está determinado fatalmente y por ende, sólo resta esperar el desenlace (como quien se sienta a ver pasar el cadáver de su enemigo) o al no tener en cuenta lo orgánico que condiciona y pone límites precisos a nuestro accionar, nos lleva a un voluntarismo que roza la aventura. Trotsky siempre tuvo presente esto y batalló aún entre sus partidarios para que no incurrieran en algunos de estos dos errores:

“Cada acontecimiento concreto de la historia viene determinado por una multitud de factores fundamentales y secundarios. La dialéctica hace que factores de segundo, tercero o décimo orden tomen, por determinado acontecimiento, una importancia decisiva. De esta forma, se puede afirmar con seguridad que la derrota del proletariado alemán vino determinada no por el bajo nivel de las fuerzas productivas, ni por la insuficiencia del desarrollo del antagonismo de las clases, sino directa, e incluso exclusivamente, por la carencia de un partido revolucionario. Sin embargo, nosotros sabemos que en las jerarquías de los factores históricos el partido ocupa el lugar X”.4

Pensamos pues, que todo lo que – sucintamente – llevamos visto es un legado del cual tenemos que apropiarnos, si queremos llevar una lucha efectiva y realista contra el capitalismo en su etapa actual de decadencia con la amenaza constante de arrojarnos a la barbarie. Gramsci y Trotsky eran materialistas en el sentido que pensaban que lo determinante en la historia eran las relaciones sociales que estaban atravesadas por conflictos – de allí su transitoriedad – y con relaciones de poder que la constituían desde su propia génesis. En eso – también – no hacían otra cosa que seguir al Manifiesto Comunista que afirmaba que la historia de la humanidad no es otra cosa que la historia de la lucha de clases. Algo que el italiano expresaba como relaciones de fuerza y que tenía distintos niveles. Desde el meramente social (cuasi objetivo) y corporativo, elevándose hasta el político (precisamente como totalidad, entendida ésta como hegemonía) y culminando en el militar que nunca es sólo militar, sino – precisamente – político militar. Constataba que la historia fluctuaba entre el primero y el tercero, con la mediación del segundo que era el clave:

“Un (segundo) momento es aquel en que se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación de grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas. Es la fase en la cual las ideologías ya existentes se transforman en partido, se confrontan y entran en la lucha hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por todo el área social , determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha no sobre un plano corporativo sino sobre un plano universal y creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados”. 5

Esta correlación de los momentos se halla presente en Trotsky, siendo también el momento de lo político (la “hegemonía” en términos gramscianos, que en realidad era una categoría que ya estaba en Lenin) entendida como el consenso para con los aliados y la represión para con las clases enemigas, el aspecto central para llevar a buen puerto la transformación y la posterior consolidación de la nueva sociedad. Apoyándose en ejemplos históricos, en palabras que Gramsci hubiera suscripto sin más, señalaba:

“En toda guerra civil, infinitamente más que en una guerra ordinaria, la política prevalece sobre la estrategia. Lee era más experto militarmente que Grant, pero la victoria de éste estaba asegurada por el programa de abolición de la esclavitud que constituía su base. Durante nuestros tres años de guerra civil, la superioridad, el arte y la técnica militar estaban de parte del adversario, pero al fin de cuentas lo que importa es el programa bolchevique. El obrero sabrá perfectamente por qué lucha. El campesino duda mucho tiempo, pero, al comparar los dos regímenes a la luz de su experiencia, sostiene a los bolcheviques”. 6

II La revolución contra El Capital

Así había denominado Gramsci a la revolución bolchevique de Octubre del 17. Su significado era el siguiente: aquéllos – como los mencheviques y la propia burguesía rusa – que hacían una lectura lineal y mecánica del texto marxiano, llegaban a la conclusión que el territorio de los zares tenía que pasar ineluctablemente por la fase capitalista para después (en un período que no se precisaba con claridad) arribar al socialismo. Dicho proceso debería – al igual que el modelo francés – ser conducido por la incipiente burguesía. En ese sentido el pensador italiano decía – y reivindicaba – que la del partido de Lenin era una revolución contra dicha interpretación del marxismo. Trotsky compartía dicho diagnóstico y de hecho “confluyó” con el leninismo en dicho año y fue partícipe directo en el desenlace revolucionario. Lo que les permitió – entre otros aspectos – arribar a dicho análisis, fue haber asimilado la nueva configuración del capitalismo en su etapa imperialista con la lucha entre los potencias metropolitanas, junto a la sujeción y el rol jugado por las burguesías periféricas: los eslabones débiles de dicha cadena.

Es común en cierta historiografía, hacer un “corte” entre el joven Gramsci consejista y el Gramsci maduro que estando en prisión reemplazaría a dicha organización por el “príncipe moderno”: el partido. En realidad – y aquí hay otro acuerdo de fondo con el ruso – el italiano sostenía la importancia de la organización de la clase y el partido. Su labor como director del periódico “L’Ordine Nuovo” es una prédica constante para desarrollar dicho organismo (que se encontraba en pleno auge en la ciudad industrial de Turín y que por su forma soviética supera el espíritu meramente corporativo del sindicato) y para dotarlo de una política correcta – revolucionaria – se precisaba ganar la mayoría en su interior. Precisamente cuando realizaba a fines de los veinte, el balance de dicho fracaso, llegaba a la conclusión que uno de los motivos – veremos luego el otro – de su derrota era no haberse extendido al resto de Italia. En los Cuadernos de la Cárcel además de la fragmentación lógica de los escritos motivada por la censura, el no surgimiento en la propia realidad de dichas instituciones de tipo soviético, lo llevan a poner el acento en el partido. Pero la ligazón necesaria entre ambos nunca se pierde de vista. En Trotsky dicha preocupación es central. Como se encargó de enfatizar en más de una ocasión, si bien no hay que hacer del soviet un fetiche (o sea “divinizarlo”), que la clase se dé su propia organización – además del partido que es su vanguardia – es clave para la toma del poder. Cuando uno recorre sus escritos sobre Alemania, Francia y España o en el propio Programa de transición, el impulsar en una especie de frente único dicho proceso, es de primerísimo orden. Impulsar no es dar un ultimátum para que éste nazca, como en algunos momentos hizo la Comintern stalinizada.

Pero la revolución rusa, como todas en la historia, requiere para su éxito conformar una alianza de clases en donde una de ellas sea efectivamente su sector dirigente pero que necesita del apoyo real de las otras fracciones subalternas para la construcción del nuevo estado. Esto es hoy de vitalísima importancia. La clase que vive del trabajo debe tejer alianzas (construir hegemonía) con aquellos sectores que fluctúan entre las clases fundamentales en que se divide toda sociedad, si efectivamente se propone la revolución y la conformación de su propio gobierno. El no haberlo logrado, es el otro motivo que mencionábamos como excluyente para la derrota de los obreros turineses y la posterior llegada del fascismo. Por el contrario, el haber podido llevarla a la práctica, posibilitó el triunfo del 17 como así también (confirmando la regla) su debilitamiento posterior significó la declinación del joven poder soviético y la consecuente burocratización. En los escritos del italiano esto tiene la siguiente formulación:

“Los comunistas turineses se plantearon concretamente la cuestión de la hegemonía del proletariado, o sea de la base social de la dictadura proletaria y del estado obrero. El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida que consigue crear un sistema de alianza de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el estado burgués a la mayoría de la población trabajadora, lo cual quiere decir en Italia, en la medida en que consigue obtener el consenso de las amplias masas campesinas (…) Para ser capaz de gobernar como clase, el proletariado tiene que despojarse de todo residuo corporativo, de todo prejuicio o incrustación sindicalista (…) Si no se obtiene eso , el proletariado no llega a ser clase dirigente, y esos estratos, que en Italia representan la mayoría de la población, se quedan bajo dirección burguesa y dan al estado la posibilidad de resistir al ímpetu proletario y de debilitarlo”.7

Algo no muy distinto señala Trotsky veinte años después de la experiencia de Octubre:

“La dictadura del proletariado se ha comprobado como posible en la Rusia atrasada, precisamente porque estaba sostenida en una guerra campesina. En otros términos, la dictadura del proletariado se comprobó como posible y durable únicamente porque ninguna de las fracciones de la sociedad burguesa se mostró capaz de asegurar la dirección resolviendo la cuestión agraria. O para decirlo más brevemente y precisamente, la dictadura del proletariado se demostró posible por la simple razón de que la dictadura democrática se ha demostrado imposible”. 8

Distintos intérpretes de Gramsci – y los hay de los más diversos tipos – no dudan en adjudicarle a esta concepción el rango de fundamental en el marxismo que practicó el dirigente del PCI. Incluso – en algo que la cita anterior y no sólo ésta, desmienten – llegaron a “interpretarlo” en clave frentepopulista: dicha alianza incluiría a sectores de la burguesía nativa. Ya volveremos sobre ello cuando más adelante nos refiramos al bloque histórico. En las “lecturas” de Trotsky – y el stalinismo hizo eje en este aspecto – primó el error inverso: éste habría desestimado dicha alianza por su “desprecio” hacia el campesinado. No sólo la cita anterior, sino la propia praxis suya hasta su expulsión en 1929 de la URSS, indican lo contrario. Es más, tanto en Alemania (luchando contra la política ultraizquierdista de Stalin) como en España (desesperado porque veía que dicha estrategia no se consumaba) dicho postulado estaba más que presente:

“Hay que forjar la verdadera alianza entre los obreros y los campesinos contra la burguesía, incluída la radical. Es preciso confiar en la fuerza, la iniciativa y el coraje del proletariado. Es el proletariado quien sabrá ganar al soldado para su causa. Así será la verdadera alianza, no falsificada, de los obreros, campesinos y soldados. Una alianza está a punto de forjarse en el fuego de la guerra civil española”. 9

Justamente la teoría de la revolución permanente se apoya en esta perspectiva. La revolución es permanente, porque en dicho proceso se combinan distintas revoluciones: burguesa, campesina y proletaria dentro del contexto mundial del cual no puede prescindir. Lo curioso – algo que señaló con agudeza Perry Anderson en un trabajo no libre de malentendidos hacia la concepción gramsciana – es que el italiano al criticar la revolución permanente (con sus pares de opuestos: guerra de posición/guerra de maniobras) en realidad estaba censurando el inicio del “tercer período” de la Comintern stalinista y su táctica ultraizquierdista de “clase contra clase”, en la cual incluso marxistas lúcidos como Lukács no estuvieron exentos de caer. Pero no así Trotsky, que también fue un persistente critico de la misma, haciéndose eco de las propias resoluciones de los primeros cuatro congresos de la III Internacional (que entre otras cosas había reconocido como sección oficial a la fracción gramsciana del comunismo italiano). Esto se observa con más claridad al seguir la política de ambos revolucionarios en relación al surgimiento del fascismo. La pertinencia de las consignas democráticas, la construcción del frente único y la unidad de acción con sectores burgueses si es necesario, para detener al mismo; es patrimonio común de dichos legados. La división del propio PCI en donde Gramsci se distancia de la “ultraizquierda” representada por Amadeo Bordiga confirma lo anterior. Hacia fines de los veinte y en la década del treinta la Oposición de Izquierda trotkista (y el propio Trotsky) tienen disputas fuertes con el grupo Prometeo que encabezaba aquél, por estos mismos problemas. Las coincidencias entre Trotsky y Gramsci son totales.10

III Ninguno de los marxistas han comprendido a Marx

Había exclamado Lenin en 1915, cuando luego de abocarse a un más que sesudo estudio de la Gran Lógica de Hegel, enjuiciaba a sus propios maestros (Plejanov, Kautsky) quienes cuando abordaban los problemas filosóficos lo hacían superficialmente – incluso sus críticas al idealismo hegeliano eran propias de los materialistas vulgares – y eso se patentizaba luego en el tipo de práctica política que en nombre del marxismo, llevaban a cabo.

Como bien señala Marcelo Yunes en su trabajo sobre Antonio Labriola (ver S o B Nro16), Lenin lo tenía a éste como referente intelectual. Lo mismo ocurrirá con Trotsky y Gramsci. Es más, la denominación de filosofía de la praxis para designar a la cosmovisión marxiana que utilizó este último, está tomada del autor de Socialimo y Filosofía. Señalar esto tiene su importancia: Labriola en sus escritos está batallando contra un marxismo que vuelve a tratar a Hegel como “perro muerto” y que tiene una impronta positivista muy marcada, reivindicando contrariamente a éste, la acción del sujeto; la totalidad como un holismo articulado mediante relaciones que están en constante movimiento. La plasticidad que cobra el marxismo así interpretado lo aleja de toda forma de fatalismo o idea de progreso lineal y etapista.

Trotsky remarcará dicha influencia en su autobiografía y sus primeras formulaciones políticas dificilmente hubiesen sido concebidas sin esta apoyatura teórica/filosófica. Gramsci, quien primero estará influenciado por otro pensador italiano de raigambre hegeliana pero de corte idealista como Benedetto Croce, llegará a Marx vía la influencia labroliana, que a la vez le permitirá “arreglar cuentas” con su pasado “culturalista”. Veámoslo con sus propias palabras:

“La filosofía de la praxis es la única filosofía consecuentemente inmanentista. Es preciso rever y criticar especialmente todas las teorías historicistas de carácter especulativo. Se podría concebir un nuevo ‘Anti Durhing’ que fuera un Anti Croce, desde ese punto de vista, resumiendo no sólo la polémica contra la filosofía especulativa, sino también contra el positivismo y el mecanicismo y contra las formas vulgarizadas de la filosofía de la praxis”. 11

En los veinte, cuando la reacción stalinista comenzaba a asomar, autores como Korsch y el joven Lukács ponían el mismo enfásis en el carácter consecuentemente inmanentista del marxismo como expresión fidedigna de la propia realidad (tanto natural como social para el primero, al igual que el italiano; social solamente para el húngaro) en contra de toda trascendencia.12 Dicho más claramente: el capitalismo se mueve mediante sus propias leyes de tendencia que le son intrínsecas, su funcionamiento es siempre disruptivo y se despliega a través de sus propias contradicciones, pero que sólo se resolverán mediante la acción – conciente y organizada – del sujeto: el proletariado en alianza con los campesinos pobres o semiproletarios.

Gramsci dirá que en Lenin, su “filosofía” está en los escritos políticos y en su propia estrategia práctica. Lo mismo se puede decir de Trotsky, aunque ambos incursionaron en el plano filosófico, precisamente cuando corrientes partidarias – o fuera de ella – revestían su accionar con “ropaje” filosófico. El stalinismo pese a su aversión “natural” a la teoría, primero a través de Bujarin y luego por medio de la pluma del propio Stalin (recordar el capítulo 4 de su Historia del PCUS, sobre el “Materialismo histórico y el materialismo dialéctico”), se caracterizó por ejemplificar mejor que nadie lo que el italiano llamaba formas vulgarizadas del marxismo:

“Por ello ocurre que la misma filosofía de la praxis tiende a convertirse en una ideología en el sentido peyorativo, esto es, en un sistema dogmático de verdades absolutas y eternas; especialmente, cuando, como en el Ensayo popular,(N del A: texto de divulgación del marxismo escrito por Bujarin y “canonizado” en los veinte por la dirección del PCUS) ésta es confundida con el materialismo vulgar, con la metafísica de la materia que puede ser eterna y absoluta”. 13

Trotsky para la misma época, planteaba algo muy semejante y catalogaba de “comunistas fanfarrones” (recordando lo dicho por Lenin) a los que sostenían tales principios filosóficos/gnoseológicos:

“Por una cruel ironía de la historia el marxismo genuino se ha convertido en la más proscripta de todas las doctrinas en la Unión Soviética. En el terreno de la ciencia social, el pensamiento soviético encadenado se ha hundido en las profundidades de un escolasticismo patético. El régimen totalitario ejerce igualmente una influencia desastrosa sobre el desarrollo de las ciencias naturales”. “En cada uno de estos casos observamos un solo y mismo error fundamental: los métodos y realizaciones de la química o de la fisiología , violando todos los límites científicos, son transportados a la sociedad humana”. 14

Digamos como dato sugerente, que autores como Althusser – que no renegó nunca de su adhesión al DIAMAT, nombre con que se conocían las versiones manualísticas propias del stalinismo y continuadas por el maoísmo – no dudó en incluir a Trotsky y Gramsci (como al citado Korsch y el primer Lukács) en la “ultraizquierda” de su concepción del marxismo. Por eso – otra vez, no casualmente – hacía un corte entre un Marx hegelinanizado e ideologizado que corresponde a su juventud y un Marx antihegeliano y científico hacia su madurez. Algo que además de falso factualmente (en realidad es justamente al revés: el primer Marx es más feuerbachiano que hegeliano y para la época que empieza a pergeñar El Capital vuelve a la lectura de la Gran Lógica) lo llevó a erigir a Galileo (o en el mejor de los casos Spinoza) como los verdaderos científicos precursores del marxismo. Trotsky estaba en las antípodas de esa concepción, sin dejar de reconocer el valor inmenso de autores como Darwin que provenían de las ciencias naturales. Por ejemplo, supo decir:

“ La dialéctica de la conciencia (conocimiento) no es en consecuencia un reflejo de la dialéctica de la naturaleza, sino un resultadode la vívida interacción entre la conciencia y la naturaleza – y aún más – un método de conocimiento, surgido de esa interacción. Como el conocimiento no es idéntico al mundo (a pesar del postulado idealista de Hegel), el conocimiento dialéctico no es idéntico a la dialéctica de la naturaleza. La conciencia es más bien una parte original de la naturaleza, poseyendo peculiaridades y regularidades que están completamente ausentes en la parte restante de la naturaleza. La dialéctica subjetiva debe por esto ser una parte distintiva de la dialéctica objetiva, con sus propias formas especiales y regularidades. El peligro reposa en la transferencia – bajo el atuendo de objetivismo – de los dolores de nacimiento, los espasmos de la conciencia, a la naturaleza objetiva”. 15

Si bien la vinculación no es estrictamente necesaria, entre poseer una matriz filosófica conveniente y adoptar una política correcta (hay ejemplos adversos en uno y otro sentido), ésta existe y es concreta. Adherir a un marxismo anclado en el sujeto, que actúa en una realidad que lo condiciona y la cual es una totalidad abierta, dinámica, con relaciones articuladas; si bien no da garantías absolutas de llegar a una estrategia y comprensión política correctas, las posibilidades de que esto así sea son mayores. No es causal que Lenin hiciera hincapié en el método. Sus críticas al propio Trotsky y a Bujarin en una cuestión bien puntual (el problema de los sindicatos dentro de un estado obrero deformado, como lo llamaba) las realizaba desde la perspectiva de aprehender la realidad en forma dialéctica. De igual modo obraba otra gran marxista como Rosa Luxemburgo en su polémica contra la dirección de la socialdemocracia alemana. O el mismo Trotsky contra el stalinismo y contra corrientes de su propia organización. O Gramsci, contra la derecha y la ultraizquierda del PCI que colaboró a formar. Éste, en una formulación bien gráfica, señala:

“El concepto sobre el valor concreto (histórico) de las superestructuras de la filosofía de la praxis debe ser profundizado, vinculándolo al concepto soreliano de bloque histórico. Si los hombres adquieren conciencia de su posición social y sus objetivos en el terreno de las superestructuras, ello significa que entre estructura y superestructura existe un nexo vital y necesario(…) En el cuerpo humano no se puede decir que la piel (y también el tipo de belleza física históricamente predominante) sean meras ilusiones, y que el esqueleto y la anatomía sean la única realidad; sin embargo, durante mucho tiempo se ha dicho algo parecido. Sosteniendo el valor de la anatomía y la función del esqueleto, nadie ha querido afirmar que el hombre (y tanto menos la mujer) puedan vivir sin los primeros. Continuando con la metáfora, se puede decir que no es el esqueleto (en sentido estrecho) el que hace enamorarse de una mujer, pero sin embargo se comprende cuánto contribuye el esqueleto a la gracia de los movimientos, etc”. 16

En el apartado anterior decíamos que el concepto de bloque histórico en Gramsci tiene por lo menos, dos acepciones. Ésta es una de ellas: intenta hacer visual el nexo vital y necesario que existe entre estructura y superestructura. Y siendo en este segundo ámbito – en una original interpretación gramsciana del famoso Prólogo marxiano de 1859 – en donde el sujeto toma conciencia de sus intereses inmediatos e históricos pertenecientes a la estructura social; la filosofía de la praxis encarnada en el partido deviene fundamental. Esta conclusión – para la cual los Cuadernos de la Cárcel son pródigos en fragmentos, y sus adversarios supieron verlo muy bien: sólo hace falta leer al último Holloway para corroborarlo – es parte principalísima del legado gramsciano que hacemos nuestro y que conserva – pensamos – toda su actualidad.

IV Clase dominante… y dirigente

Dejamos para el final este aspecto, porque en él observaremos algunos distanciamientos en la percepción – y resolución – del problema, entre los dos marxistas que estamos desarrollando. En cuanto a que el proletariado es el sujeto revolucionario, el que se postula como clase dominante (por eso su meta es destruir el estado burgués y construir el estado obrero) y para ello debe además ser clase dirigente, en el sentido de confomar una alianza bajo su hegemonía político/cultural, con los sectores intermedios: campesinos, pequeña burguesía en general, etc; no hay diferencia alguna: es algo que abona el terreno común de Trotsky y Gramsci, como creemos – medianamente – haberlo puesto de manifiesto en el segundo apartado de este breve trabajo.

El distanciamiento entre ambos, va a estar expresado en relación a un sector que también pertenece a la pequeña burguesía, como es el de los intelectuales y a la necesidad que tiene el partido (el “intelectual colectivo” en términos del italiano) de desarrollar una política cultural que gane a una franja de éstos para la acción revolucionaria y colabore, a la vez, en la educación del sujeto emancipador. Para el italiano cada relación de hegemonía es una relación de pedagogía. Dejaremos de lado – a los efectos de no desviarnos del eje central del artículo – la caracterización y el rol que tanto Kautsky como el propio Lenin en el Qué hacer le asignaban a dicho sector. Será Gramsci entonces – quizás por su propio origen “crociano” – quien más enfásis ponga en resolver lo que para él era un vínculo clave en la formación del “Príncipe moderno”: la unión intelectuales/pueblo, que configura otra acepción de su ya citado bloque histórico. Vayamos por partes.

¿Cuál es la definición de intelectual que hallamos en él? Y ¿cuál es la tarea que la clase o la alianza de clases que disputa el poder, tiene para con ellos? Básicamente es la que sigue:

“Todos los hombres son intelectuales, podríamos decir, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales (…) Una de las características más relevantes de cada grupo, que se desarrolla en dirección al dominio, es su lucha por la asimilación y la conquista ideológica de los intelectuales tradicionales, asimilación y conquista que es tanto más rápida y eficaz cuanto más rapidamente elabora el grupo dado, en forma simultánea, sus propios intelectuales orgánicos”. 17

Una función, entre otras, de los intelectuales es pues la producción espiritual, la creación de ideología.18 En términos de Gramsci: construir hegemonía, obtener el consenso necesario para que el estado pueda ejercer su dominación social. Al italiano le gustaba insistir en que el llamado “sentido común”, en realidad tiene muy poco de espontáneo, sino que es una construcción que la clase dominante realiza para garantizar la efectiva reproducción de sus relaciones sociales (sirva como botón de muestra la “campaña mediática” lanzada actualmente para demonizar a los piqueteros, como en otros momentos se demonizó a los obreros que ocupaban fábricas, los comunistas y la izquierda en general, etc; y que pasa a ser un lugar común para amplios sectores de la población). Ese, entre otros, es el rol de los intelectuales tradicionales.19

Pero los grupos – y fracciones de clase – en ascenso, al crear sus propios intelectuales (muchos de los cuales también provienen de dicho sector) buscan la asimilación de aquéllos. Este pasaje de intelectuales tradicionales conquistados para los intereses históricos de la clase obrera, es algo que ya Marx y Engels habían previsto en el Manifiesto (los “ideólogos burgueses”), incluso – agregamos – sus propias biografías políticas así lo confirman. La pertenencia social como pequeños burgueses, su carácter de proto clase o clase en fluctuación constante, los predispone – o no, es una batalla a dar – para tal pasaje; en el momento en que la clase dominante (para con la cual guardan mayor afinidad) sufre una crísis o ve resquebrajada su hegemonía. Situación que un sociológo marxista contemporáneo denomina “hallarse en disponibilidad intelectual”.20 Mientras para Gramsci – como vimos – este pasaje era fundamental ¿qué decía Trotsky al respecto? En un texto temprano (1910) polemiza con Max Adler, viejo dirigente socialdemocráta que sostiene la conveniencia y la factibilidad casi natural para que los intelectuales lleguen al “campo”socialista, el ruso se muestra mucho más escéptico y sostiene:

“Si se excluye la capa de la intelliguentsia que sirve directamente a las masas obreras – médicos de los medios obreros, abogados laborales, etc que por lo general son los representantes menos sobresalientes de estas profesiones – la parte más relevante e influyente de la intelliguentsia vive a cuenta de la ganancia industrial, de la renta agraria y del presupuesto estatal, encontrándose en situación de subordinación directa o indirecta de las clases capitalistas, o del estado capitalista”.21

Y ese anclaje material – que obviamente todo el que se diga marxista debe tener en cuenta – le dificulta el pasaje a las filas del partido obrero:

“Si la conquista misma del aparato social dependiera de la previa adhesión de la intelliguentsia al partido del proletariado europeo, entonces las cosas no irían muy bien para la causa del colectivismo. Como nos hemos esforzado en demostrar, el paso de ésta al lado de la socialdemocracia, en los marcos del régimen burgués, se hace – en oposición a las esperanzas de Max Adler – tanto menos posible cuanto más tiempo pasa”. 22

La recomposición del propio partido bolchevique durante el año 1917 significó la confluencia de corrientes del movimiento obrero ruso y de intelectuales que individualmente o en bloque (el mismo Comité Interdistritos de donde provienen Trotsky y Lunacharski es un magnífico ejemplo) arriban a él. Existe una fusión orgánica entre ambas sujetos. La prensa partidaria en ese mismo período es prueba viviente de ello y de la realización de una política cultural en el más amplio sentido: se denuncia, se agita, al mismo tiempo que se realizan sesudos análisis de la coyuntura mediante un idioma claro y sencillo para que el obrero, el soldado y el campesino, comprendan lo que están haciendo. Es la traducción al terreno científico de lo que sienten y de las tareas que están llevando a cabo (en un reciente encuentro convocado por los trabajadores de subtes, más de un orador pidió la ayuda de técnicos, economistas, intelectuales en general para que ilustren y colaboren en la difusión de la consigna de las 6 horas de trabajo para todos, y expliquen que la misma es perfectamente factible dentro del capitalismo argentino). Creemos no forzar la interpretación si decimos que lo mismo aconsejaba Gramsci:

“El elemento popular siente, pero no siempre comprende o sabe. El elemento intelectual sabe pero no comprende o, particularmente siente. Los dos extremos son, por lo tanto, la pedantería y el filisteísmo por una parte, y la pasión ciega y el sectarismo por la otra (…) No se hace política-historia sin esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo-nación. En ausencia de tal nexo, las relaciones entre ambos son o se reducen a relaciones de orden puramente burocrático, formal; los intelectuales se convierten en una casta o un sacerdocio (el llamado centralismo orgánico). Si las relaciones entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes y dirigidos – entre gobernantes y gobernados – son dadas por una adhesión orgánica en la cual el sentimiento-pasión deviene comprensión y, por lo tanto, saber (no mecánicamente, sino de manera viviente), sólo entonces… se realiza la vida de conjunto, la única que es fuerza social . Se crea el bloque histórico”.23

Y aquí nos encontramos con la segunda acepción de bloque histórico: la constitucíón de una fuerza social. La fusión de lo que el italiano llama intelectuales y pueblo-nación. ¿Por qué es importante? Por una cuestión que no tiene nada de idealista, sino que es netamente materialista (en el sentido que le dabamos al término en el apartado anterior): porque los trabajadores, lo que sufren cotidianamente es la falta de tiempo. Tiempo para el estudio y la comprensión acabada de la realidad como totalidad. Entre las horas que se hallan en la fábrica u oficina y la militancia sindical aquél se acorta considerablemente. El intelectual pequeño burgués que sí cuenta con la posibilidad concreta para dicha función, puede acelerar la tarea de construcción del intelectual colectivo llevando a cabo una disputa en el ámbito de la teoría, que conforma también un momento más de la lucha de clases, como señalaron ya Engels y Lenin.

La necesidad de una política cultural está en estrecha relación con esto. Ésta refiere a la educación revolucionaria del propio partido como vanguardia dirigente de la clase. No para sustituirla, pero tampoco para meramente acompañarla. Se manifiesta en la divulgación pedagógica de los principios del marxismo, la presentación de la historia de cada país y su respectivo movimiento obrero, tanto a través del ensayo, la labor periodística, el trabajo científico o la obra artística. Por eso la escuela y la universidad – entre otros ámbitos – son lugares de disputa ideológica y donde debemos luchar por los propios contenidos educativos que se dictan y le inculcan a nuestros hijos. Esta construcción de hegemonía no culmina cuando la clase ya es dominante a nivel estatal sino que continúa luego de haber conformado el nuevo estado, para no dejar de ser también clase dirigente.

Trotsky que si bien nunca abandonó del todo su aprehensión y reticencia a la adhesión de los intelectuales – por eso hablábamos al comienzo de cierto distanciamiento entre ambos – bregó tanto como Gramsci por la erradicación de la ignorancia como herramienta revolucionaria y por la educación de los cuadros y militantes del partido con vistas a la conformación de la dictadura proletaria en transición al comunismo. En la política para con las corrientes que se acercaban a sus posiciones en España, no se cansó de insistir en dicho aspecto:

Una corriente política que tiene confianza en sus propias fuerzas no puede dejar de agrupar en torno

suyo a la mayor cantidad de gente que le sea posible (…) Naturalmente, al principio no serán bolcheviques leninistas convencidos y conscientes. Pero este hecho lo único que hace es imponernos seriamente la educación de nuestros seguidores” (…) “Una tendencia revolucionaria que no educa a la juventud, aborta. En el mundo actual, el comunismo es la única tarea de gran amplitud que exige varias generaciones para su completa realización”.24

Palabras Finales

Como afirmamos en la introducción, las que anteceden son sólo notas que se darán por más que satisfechas si impulsan el estudio y la revisión – no en el usual sentido peyorativo del término – del legado de Trotsky y Gramsci, que excede los ejes aquí abordados.25 Last but not least: la adscripción y la práctica de un marxismo alejado de todo dogmatismo inveterado y de neto cuño militante, como el que ellos sustentaron; nos permite contar con muchas herramientas que hoy, en la lucha global contra el capitalismo imperialista – o sea, en su etapa de senilidad y decadencia – se nos tornan en todo sentido, imprescindibles.

Notas:

1: AG: “La obra de Lenin” en Antología. Siglo XXI, México, 1971, pp 52-53.

2:LT: “Prólogo a La revolución permanente” en La teoría de la revolución permanente. Compilación. CEIP, Buenos Aires, 1999, p 409.

3: AG: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el estado moderno Nueva Visión, BsAs, 1995, p 54

4: LT: “Sobre el calendario revolucionario” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, pp 284-285.

5: AG: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el estado moderno Nueva Visión, BsAs, 1995, pp 57-58

6: LT: “Declaración a la agencia Havas” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, p 209.

7: AG: “La cuestión meridional”en Antología. Siglo XXI, México, 1971, pp 192-3.

8: LT: “El marxismo y la relación entre la revolución proletaria y la revolución campesina” en La teoría de la revolución permanente. Compilación. CEIP, Buenos Aires, 1999, p 399.

9: LT “La lección de España” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, p 202.

10: En una carta de julio de 1930 al grupo bordiguista, Trotsky afirma: “Ustedes dicen que en todo este tiempo no se han desviado en un ápice de la plataforma de 1925, a la que caractericé como un documento excelente en varios sentidos”. Cfr “Al Consejo de redacción de Prometeo” en Escritos (1929-1930) T 1, vol 4. Editorial Pluma. Bogotá, 1977, p 993. La plataforma a la que se refiere el dirigente bolchevique no es otra que la redactada por Gramsci y aprobada en el Congreso de Lyon del PCI celebrado en enero de 1926.

11: AG: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Nueva Visión, BsAs, 1995, p. 51.

12: En el marxismo – tanto aquél de cuño hegeliano como el que no reconoce esta raigambre – existen distintas posiciones en cuanto a la existencia de la dialéctica en la naturaleza y en la sociedad. Gramsci afirma que la “dialéctica está en todo lo real” pero admite gradaciones en los distintos ámbitos de ésta. Lo que lo lleva también a distinguir entre la metodología y la valoración de las ciencias que abordan cada uno de ellos, contrariamente a lo que hacía el bujaro-stalinismo: “ Pero el concepto de ciencia del Ensayo Popular, es el que hay que destruir científicamente; éste se halla totalmente prisionero de las ciencias naturales, como si éstas fueran las únicas ciencias o la ciencia por excelencia, según el concepto del positivismo”. AG: ibidem, pp. 143-144. Para un excelente tratamiento de este tema, consultar Beinsad, D: Marx Intempestivo. Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2003, en especial su tercera parte: “Marx crítico de la positividad científica”.

13: AG: Ibidem, p. 103.

14: LT: “Apéndice” en Literatura y revolución. Editorial Yunque, Buenos Aires, 1973, p. 260 y p. 273 respectivamente.

15: LT: Cuadernos de Trotsky (1933-1935) Escritos sobre Lenin, Dialéctica y evolucionismo. Mimeo aún inédito.

16: AG: Ibidem, p. 247.

17: AG: Los intelectuales y la organización de la cultura. Nueva Visión, BsAs, 1995, pp. 13-14.

18: La definición de ideología es más que compleja. Desde los primeros escritos marxianos en donde es considerada como falsa conciencia – obviamente reproductora del orden imperante – hasta la de Lenin que hablaba de dos ideologías (la burguesa y la proletaria), podemos hallar más de una decena de otras concepciones que intentan definirla. Uno de los mejores trabajos sobre el tema es el de Eagleton, Terry: Ideología.Una introducción. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998. Siguiendo a Gramsci entendemos como intelectual a un amplio abanico que incluye a filósofos, ideólogos, políticos, técnicos, especialistas en economía o leyes, etc.

19: El “sentido común”, como ciertas tradiciones y hábitos, tiene también – como lo reconoce Gramsci – un sustrato de verdad. Por eso, el proyecto de hegemonía proletaria tiene que partir desde allí. Brecht lo supo expresar magníficamente cuando hablaba de un pueblo y un concepto combativos de lo popular: “aquello que, de un modo inteligible para las masas, toma sus formas de expresión y las enriquece/ toma su punto de vista, lo afianza y lo corrige… / enlazando con la tradición, la continúa/transmite a la parte del pueblo que aspira a la dirección las conquistas de la parte ahora dirigente”. Brecht, B: El compromiso en literatura y arte. Ediciones Península, Barcelona, 1973, p. 237.

20: Veáse: Lowy, M: La teoría de la revolución en el joven Marx. Siglo XXI, México, 1972.

21: LT: “La intelligentsia y el socialismo” en Literatura y revolución. Editorial Yunque, Buenos Aires, 1973, p. 184.

22: LT: Ibidem, p. 190.

23: AG: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Nueva Visión, BsAs, 1995, pp. 123-4

24: LT: “Carta a Nin” y “A los Editores de Joven Espartaco” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, pp. 122 y 139 respectivamente.

25: Un eje temático que ellos abordaron ya desde su juventud, fue la relación del marxismo con el arte. El acuerdo aquí también es amplio. Incluso en la primera edición rusa del citado libro de Trotsky: Literatura y Revolución en 1923, se incluían las cartas que ambos se cruzaron en relación a la tendencia artística italiana denominada futurismo, de la cual el ruso le pedía a Gramsci información y opinión. Las diversas ediciones posteriores – obviamente ya dentro del movimiento trotkista – también omitieron dicha correspondencia.

Bibliografía de Antonio Gramsci:

Antología. Siglo XXI, México, 1971

Escritos políticos. Siglo XXI, México, 1983.

Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el estado moderno Nueva Visión, BsAs, 1995

Los intelectuales y la organización de la cultura. Ibidem .

El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Ibidem.

Literatura y vida nacional. Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1956

Cartas desde la cárcel. Ibidem

El Risorgimento. Juan Pablos Editores, México, 1986

Pasado y Presente. Editorial Gedisa, Barcelona, 1984

Cuadernos de la Cárcel. Edición a cargo de Valentino Gerratana. ERA, México, 1982

Bibliografía sobre Antonio Gramsci:

AAVV: Gramsci y las ciencias sociales. Cuadernos de Pasado y Presente 19, Córdoba, 1973

Anderson. P: Las antinomias de Antonio Gramsci. Editorial Fontamara, Barcelona, 1978

Kohan, N: Gramsci para principiantes. Longseller, Buenos Aires, 2003

Portelli, H: Gramsci y el bloque histórico. Siglo XXI Editores, México, 1983

Bibliografía de León Trostsky:

La teoría de la revolución permanente. Compilación. CEIP, Buenos Aires, 1999

Historia de la revolución rusa. Editorial Galerna, Buenos Aires, 1972

Literatura y revolución. Editorial Yunque, Buenos Aires, 1973

¿A dónde va Francia? Juan Pablos Editores, México, 1977

Escritos sobre Alemania y el fascismo. Juan Pablos Editores, México, 1977

España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004

Escritos (1929-1940). Editorial Pluma. Bogotá, 1977

Bibliografía sobre León Trostsky:

AAVV: El marxismo de Trotsky. Cuadernos de Pasado y Presente 15, Córdoba, 1972.

Brossat, A: En los orígenes de la revolución permanente. El pensamiento político del joven Trotsky. Siglo XXI Editores, España, 1976.

Mandel, E: Teoría y práctica de la revolución permanente. Siglo XXI Editores, México, 1984